domingo, 19 de abril de 2026

Descansan bajo la arena de Edward Chauca


La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o imaginamos sobre la idea de morir se origina en la vida misma. La angustia existencial, la misma energía que nos impulsa a vivir, es la que construye la idea de la muerte. Se puede morir antes que la muerte misma.

Y es que ella se halla en cada instante: la presencia del término de nuestra vida está inoculada en la misma forma del ser orgánico. Como sabemos, el ser humano es el único animal consciente de su muerte, por lo que estamos conectados orgánica y psicológicamente a esa idea. Y el arte, en todas sus manifestaciones, no ayuda a tolerar esa idea. Por eso buscamos explicarla, imaginarla, suponerla, anticiparla o metaforizarla, siendo, a veces, una tarea ardua y dolorosa. Nos hace indagar en cada aspecto de nuestra experiencia y batallamos con el lenguaje para descifrar aquella idea angustiante.

El libro Descansan bajo la arena, de Edward Chauca, está construido sobre esas bases. Dividido en tres partes, primero nos muestra la génesis de la idea de nuestro fin trágico; luego, cuando somos conscientes de lo inevitable que es; para finalmente aprender a convivir con ella.

El título es evocador, pues ¿quién descansa bajo la arena? ¿Es aquel o aquella que se deja vencer por el peso de la existencia y cae en medio de un desierto? ¿Y el tiempo se encarga de cubrirlo como para olvidarlo con todo y sus recuerdos? ¿Es la aceptación de un hecho inevitable y se descansa para olvidar? Siendo sinceros, el autor nos prepara para comprender el universo de su poemario. Porque, desde cada episodio poetizado, declara que la muerte viene poco a poco.

Porque ella se mimetiza en la cotidianeidad. Lo declara de forma cruda en el poema El mercado: “Mi madre coge un pollo tibio con vísceras / Los rostros de la muerte terminan en los dientes de los perros”. “Allí estaban en jaulas gritando su destino a oídos sordos / ¿Ahora dónde están sus gritos?” o “La casera continúa su mañana de producción económica / envuelve cadáveres con los últimos acontecimientos políticos”. La muerte se muestra cotidiana, cruda y como mercancía.

Aunque también nos ofrece, en imágenes, la senda que nos lleva hacia ahí: la vida como un destino legado en el que estamos condicionados. Y que la libertad se encuentra delimitada, que, sin saberlo, ya conocemos dónde seremos enterrados. Así, también crea un concepto de la memoria no nostálgica, sino activa y presente. Es recordar sin terminar de asimilar qué significa aquello para la memoria. Sobre lo primero, hallamos en poemas como Las bodas de la madre y la hija: “Tu cuerpo vaga atado al destino de tu apellido”, “Te preguntas por tu apellido / el mismo de tu madre”; en La solidez de las dunas: “Cada paso que se hundía en la arena / cruzaba lotes donde un día niños se sentarían a estudiar…”; en El camino a la guerra: “A ti te escogieron para morir / para que no quedara ni tu nombre ni tu apellido”. Y, en lo segundo, leemos en La novena el recuerdo del trauma: “Por un segundo cierra los ojos / y su hermano vuelve a ahogarse bajo el cerro de Yungay”; en Regreso a Shirac se resigna a saber que el recuerdo no evoca, sino confirma la pérdida: “Los pronunciaba porque estábamos ausentes / Aún lo estamos” o “La ausencia volvía a sus ojos / llenaba su corazón de memoria”; y en El eterno retorno a la muerte se pregunta: “Será que los ríos llaman a la muerte”. Como una manera de resignificar el símbolo del río, como imagen del fluir, hacia una que evoca el fin.

En Descansan bajo la arena, el autor nos muestra otro desafío: el lenguaje, ya que lo asume como una forma no certera para abarcar lo que evoca la idea de la muerte. Este es incompleto, inseguro, porque es desbordado. El poema apenas rodea, con imágenes, el centro de la angustia total. No obstante, esa limitación motiva a Edward Chauca a construir imágenes potentes y evocadoras, siendo consciente de que escribir sobre la muerte no basta. Así que vamos a hallar en su lectura no solo lo que nombra, sino lo que deja entrever. Lo podemos apreciar en Aeropuerto: “La metáfora existe sí y solo sí aquello de lo que hablo no está allí”, para complementar: “En los versos finalmente se desaparece al sujeto”. Y lo afirma con claridad en el siguiente verso: “El poema es una forma inútil”. El lenguaje, a pesar de sus límites, nombra aquello para que no desaparezca del todo. Ya que, para el poeta, es vital el recuerdo, porque quizás sean las letras el último vestigio de la existencia. Chauca dialoga con introspección: “Qué harán con mi memoria. Qué importa. Dónde descansará mi cuerpo. Dónde dormirán mis cenizas. Qué importa. Quién limpiará la lápida. Quién prenderá una vela. Quién traerá flores. Quién limpiará la urna. Qué importa. Quién me llevará en sus oraciones. Quién me dejará en su recuerdo”. Aquí vemos la total consciencia de la nada que precede a la muerte, pero nos deja la pregunta: si no importa, ¿a quién van dirigidos estos versos? Es que también el poema es trayecto, existencia, vitalidad, parte del ser. No abarca más allá del espacio que le dan las hojas de un libro y la mano que surca las líneas en símbolos que apenas significan para el hombre.

Apreciamos en su poesía también a la vida, pero como deterioro y debilitamiento, pues pasamos por imágenes que proyectan el trabajo sacrificado, el hambre, los largos viajes y a quienes, a pesar de eso, no llegan a su destino. Es como si el fulgor de la vida se fuera apagando en una existencia calculada, de profunda resignación hacia la oscuridad silenciosa y pasiva.

La segunda parte del poemario se llama Espacios para pensar la muerte. Considero que este título condensa lo que apreciamos en la obra. Chauca batalla con el lenguaje no para decirnos su idea, sino para mostrarla, para que, al leer sus poemas, no podamos ignorar aquello que está presente desde el día en que nacemos. Sí, pensamos en la muerte, pero también la transpiramos, la vivimos y la hollamos. Nuestra muerte fluye por el organismo y nos fundimos con ella. Eso me trae a la mente una cita de Bachelard, citando a Rilke: “Nos fundimos en ese fluido del pasado. Rilke ha conocido esta intimidad de fusión. Dice esa fusión de ser en la casa perdida: ‘No he vuelto a ver nunca esta extraña morada… Tal como la encuentro en mi recuerdo infantilmente modificado no es un edificio; está toda ella rota y repartida en mí; aquí una pieza, allá una pieza y acá un extremo de pasillo que no reúne a estas dos piezas, sino que está conservado en cuanto que fragmento. Así es como todo está desparramado en mí; las habitaciones, las escaleras, jaulas estrechas subiendo en espiral, en cuya oscuridad se avanzaba como la sangre en las venas’”. La meditación en la que nos sumergen los poemas de Descansan bajo la arena no se acaba nunca; al contrario, propaga la inquietud: al leer los versos, también construimos, en la melancolía propia, aquello que nos llama la muerte.

En el presente libro, el trágico destino se muestra humano, real y cotidiano. El poeta nos confiesa su visión íntima de la mortalidad, el universo entero personal que llegará a su fin, porque, como dice también Gaston Bachelard: “Un poema con la marca de una sinceridad directa e inmediata es un germen del universo; detenta también una sabiduría, una sólida sabiduría; es una humanidad condensada”.


Carlos Luján Andrade


Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...