La idea de la muerte no está en
ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo
aquello que reflexionamos o imaginamos sobre la idea de morir se origina en la
vida misma. La angustia existencial, la misma energía que nos impulsa a vivir,
es la que construye la idea de la muerte. Se puede morir antes que la muerte
misma.
Y es que ella se halla en cada
instante: la presencia del término de nuestra vida está inoculada en la misma forma
del ser orgánico. Como sabemos, el ser humano es el único animal consciente de
su muerte, por lo que estamos conectados orgánica y psicológicamente a esa
idea. Y el arte, en todas sus manifestaciones, no ayuda a tolerar esa idea. Por
eso buscamos explicarla, imaginarla, suponerla, anticiparla o metaforizarla,
siendo, a veces, una tarea ardua y dolorosa. Nos hace indagar en cada aspecto
de nuestra experiencia y batallamos con el lenguaje para descifrar aquella idea
angustiante.
El libro Descansan bajo la arena,
de Edward Chauca, está construido sobre esas bases. Dividido en tres partes,
primero nos muestra la génesis de la idea de nuestro fin trágico; luego, cuando
somos conscientes de lo inevitable que es; para finalmente aprender a convivir
con ella.
El título es evocador, pues
¿quién descansa bajo la arena? ¿Es aquel o aquella que se deja vencer por el
peso de la existencia y cae en medio de un desierto? ¿Y el tiempo se encarga de
cubrirlo como para olvidarlo con todo y sus recuerdos? ¿Es la aceptación de un
hecho inevitable y se descansa para olvidar? Siendo sinceros, el autor nos
prepara para comprender el universo de su poemario. Porque, desde cada episodio
poetizado, declara que la muerte viene poco a poco.
Porque ella se mimetiza en la
cotidianeidad. Lo declara de forma cruda en el poema El mercado: “Mi madre coge
un pollo tibio con vísceras / Los rostros de la muerte terminan en los dientes
de los perros”. “Allí estaban en jaulas gritando su destino a oídos sordos /
¿Ahora dónde están sus gritos?” o “La casera continúa su mañana de producción
económica / envuelve cadáveres con los últimos acontecimientos políticos”. La
muerte se muestra cotidiana, cruda y como mercancía.
Aunque también nos ofrece, en
imágenes, la senda que nos lleva hacia ahí: la vida como un destino legado en
el que estamos condicionados. Y que la libertad se encuentra delimitada, que,
sin saberlo, ya conocemos dónde seremos enterrados. Así, también crea un
concepto de la memoria no nostálgica, sino activa y presente. Es recordar sin
terminar de asimilar qué significa aquello para la memoria. Sobre lo primero,
hallamos en poemas como Las bodas de la madre y la hija: “Tu cuerpo vaga atado
al destino de tu apellido”, “Te preguntas por tu apellido / el mismo de tu
madre”; en La solidez de las dunas: “Cada paso que se hundía en la arena /
cruzaba lotes donde un día niños se sentarían a estudiar…”; en El camino a la
guerra: “A ti te escogieron para morir / para que no quedara ni tu nombre ni tu
apellido”. Y, en lo segundo, leemos en La novena el recuerdo del trauma: “Por
un segundo cierra los ojos / y su hermano vuelve a ahogarse bajo el cerro de
Yungay”; en Regreso a Shirac se resigna a saber que el recuerdo no evoca, sino
confirma la pérdida: “Los pronunciaba porque estábamos ausentes / Aún lo
estamos” o “La ausencia volvía a sus ojos / llenaba su corazón de memoria”; y
en El eterno retorno a la muerte se pregunta: “Será que los ríos llaman a la
muerte”. Como una manera de resignificar el símbolo del río, como imagen del
fluir, hacia una que evoca el fin.
En Descansan bajo la arena, el
autor nos muestra otro desafío: el lenguaje, ya que lo asume como una forma no
certera para abarcar lo que evoca la idea de la muerte. Este es incompleto,
inseguro, porque es desbordado. El poema apenas rodea, con imágenes, el centro
de la angustia total. No obstante, esa limitación motiva a Edward Chauca a
construir imágenes potentes y evocadoras, siendo consciente de que escribir
sobre la muerte no basta. Así que vamos a hallar en su lectura no solo lo que nombra,
sino lo que deja entrever. Lo podemos apreciar en Aeropuerto: “La metáfora
existe sí y solo sí aquello de lo que hablo no está allí”, para complementar:
“En los versos finalmente se desaparece al sujeto”. Y lo afirma con claridad en
el siguiente verso: “El poema es una forma inútil”. El lenguaje, a pesar de sus
límites, nombra aquello para que no desaparezca del todo. Ya que, para el
poeta, es vital el recuerdo, porque quizás sean las letras el último vestigio
de la existencia. Chauca dialoga con introspección: “Qué harán con mi memoria.
Qué importa. Dónde descansará mi cuerpo. Dónde dormirán mis cenizas. Qué
importa. Quién limpiará la lápida. Quién prenderá una vela. Quién traerá
flores. Quién limpiará la urna. Qué importa. Quién me llevará en sus oraciones.
Quién me dejará en su recuerdo”. Aquí vemos la total consciencia de la nada que
precede a la muerte, pero nos deja la pregunta: si no importa, ¿a quién van
dirigidos estos versos? Es que también el poema es trayecto, existencia,
vitalidad, parte del ser. No abarca más allá del espacio que le dan las hojas
de un libro y la mano que surca las líneas en símbolos que apenas significan
para el hombre.
Apreciamos en su poesía también a
la vida, pero como deterioro y debilitamiento, pues pasamos por imágenes que
proyectan el trabajo sacrificado, el hambre, los largos viajes y a quienes, a
pesar de eso, no llegan a su destino. Es como si el fulgor de la vida se fuera
apagando en una existencia calculada, de profunda resignación hacia la
oscuridad silenciosa y pasiva.
La segunda parte del poemario se
llama Espacios para pensar la muerte. Considero que este título condensa lo que
apreciamos en la obra. Chauca batalla con el lenguaje no para decirnos su idea,
sino para mostrarla, para que, al leer sus poemas, no podamos ignorar aquello
que está presente desde el día en que nacemos. Sí, pensamos en la muerte, pero
también la transpiramos, la vivimos y la hollamos. Nuestra muerte fluye por el
organismo y nos fundimos con ella. Eso me trae a la mente una cita de Bachelard,
citando a Rilke: “Nos fundimos en ese fluido del pasado. Rilke ha conocido esta
intimidad de fusión. Dice esa fusión de ser en la casa perdida: ‘No he vuelto a
ver nunca esta extraña morada… Tal como la encuentro en mi recuerdo
infantilmente modificado no es un edificio; está toda ella rota y repartida en
mí; aquí una pieza, allá una pieza y acá un extremo de pasillo que no reúne a
estas dos piezas, sino que está conservado en cuanto que fragmento. Así es como
todo está desparramado en mí; las habitaciones, las escaleras, jaulas estrechas
subiendo en espiral, en cuya oscuridad se avanzaba como la sangre en las
venas’”. La meditación en la que nos sumergen los poemas de Descansan bajo la
arena no se acaba nunca; al contrario, propaga la inquietud: al leer los
versos, también construimos, en la melancolía propia, aquello que nos llama la
muerte.
En el presente libro, el trágico
destino se muestra humano, real y cotidiano. El poeta nos confiesa su visión
íntima de la mortalidad, el universo entero personal que llegará a su fin,
porque, como dice también Gaston Bachelard: “Un poema con la marca de una
sinceridad directa e inmediata es un germen del universo; detenta también una
sabiduría, una sólida sabiduría; es una humanidad condensada”.
Carlos Luján Andrade