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viernes, 16 de mayo de 2025

La palabra como campo minado: poética del colapso en Carlos E. Luján Andrade

La propuesta poética de Carlos E. Luján Andrade en Soundtrack y Miles de Misiles configura una arquitectura bifronte en el sentido más literal y simbólico del término. No se trata solamente de un libro dispuesto en dos caras físicas, sino de dos registros líricos que encarnan formas antagónicas y complementarias de abordar el desgaste del sujeto contemporáneo. Por un lado, Soundtrack articula una estética de la melancolía íntima, filtrada por referencias musicales, cinematográficas y urbanas; por otro, Miles de Misiles despliega una imaginería bélica, industrial y feroz, donde el poema es proyectil, es grito, es destrucción de la lengua domesticada. 

Ambos poemarios deben leerse como piezas que configuran una sola cosmovisión: la de un sujeto postrado frente a las ruinas del siglo XXI, buscando en el lenguaje, no la redención, sino el testimonio áspero y fragmentario de un derrumbe sin final. 

En Soundtrack, el autor elige el tono confesional, íntimo, pero despojado de sentimentalismo. En Do you realize??, poema que abre el lado A, la cita de The Flaming Lips ("Do you realize that everyone you know someday will die") es el punto de partida para una reflexión sobre la fugacidad del instante artístico, de la performance vital, que se presenta como "mi momento, este momento / extraño a la lírica que el cuerpo reclama". Este extrañamiento del yo, esta escisión entre el cuerpo y la canción, entre el lenguaje y la experiencia, es una constante a lo largo del libro. La música aquí no es solo un referente cultural, sino una banda sonora agónica de la pérdida, un ruido de fondo que acompaña la caída.

Poemas como La Vigilia o Pleasant Dreams articulan esa dialéctica del insomnio, la espera y el deseo del sueño como fuga. En La Vigilia, la metáfora del castillo conquistado y derrumbado es una imagen clara del yo poético como territorio invadido: "¿A un monarca incorruptible e imperturbable / que con castillo conquistado y derrumbado / aún borbotee en él la pasión de su imperio?". Luján Andrade pone en evidencia aquí que no queda imperio alguno, solo el eco de su caída. 

El lirismo en Soundtrack es un lirismo de la decepción, del amor derrotado y la infancia traicionada, como se evidencia en Congoja (El estante vacío), donde la imagen de los juguetes abandonados funciona como símbolo de una infancia irrecuperable: "Ellos contemplaron el obscurecimiento / de visiones iridiscentes / en almas ajenas taciturnas". 

Sin embargo, este lirismo no es lánguido ni contemplativo; es una lucha por sostener una voz que sabe de antemano la inutilidad de su canto: "¿Por qué el sueño y no la muerte? / ¿Dormir y no vivir?", se pregunta en Pleasant Dreams, enunciando la lógica paradojal que atraviesa todo el poemario. 

El lado B, Miles de Misiles, introduce un cambio radical de tono y registro. Aquí, el sujeto ya no dialoga consigo mismo, sino que lanza sus versos como misiles contra un blanco que sabe inexistente. En El desencanto de la libertad, el poema se presenta como una autopsia de la modernidad petrificada: "La pura libertad demuele con fiereza la estatua robótica viva, / una vida que no comprende". La poética se vuelve industrial, mecánica, hiriente. 

El poema Sacrificio empuja esta poética hacia el terreno de lo visceral: "Degollado sobre sangre violeta / la cabeza encalla en rocas azules". Las imágenes violentas, de cuerpos desmembrados, devorados, transforman al sujeto en despojo orgánico, en nutriente inútil para un mundo de cuervos irónicos: "Ser proteína, / Ser caloría, / Ser lágrima, / Ser humano." 

La poética de Luján Andrade en esta sección es profundamente iconoclasta, cercana al expresionismo, pero filtrada por una ironía ácida que destruye cualquier resquicio de mística revolucionaria. En Miles de Misiles, no hay victoria posible, solo la conciencia lúcida de la derrota: "Palabras temblorosas / sollozan al espacio lácteo, sin forma / lanzando miles de misiles a un blanco inexistente". 

El poemario Miles de Misiles asume el lenguaje como campo de combate estéril, mientras que Soundtrack acepta la derrota como estado permanente. Esta tensión entre el estallido y la resignación, entre la furia y la melancolía, es la fuerza vertebral del libro bifronte. Ambos registros no buscan complementarse, sino evidenciar la fractura irreparable del sujeto, tanto en su dimensión pública como íntima.

La propuesta estética de Luján Andrade, que podríamos inscribir dentro de una poética del desencanto radical, se distancia de cualquier épica contemporánea. Sus poemas no ofrecen salidas, ni siquiera en el plano simbólico. En esa renuncia a las ilusiones está, precisamente, su potencia ética y estética. 

Se trata, en suma, de una poesía que rehúye la complacencia, que apuesta por la incomodidad del lenguaje desgarrado, por la imagen como esquirla, por el poema como espacio de una violencia que ya no es exterior, sino interna, encarnada, asumida como única posibilidad de supervivencia en un mundo que ha pulverizado toda certeza. (SM)

domingo, 24 de junio de 2018

Aproximaciones a Memoria de Felipe. Novela de Miguel Ildefonso.




Aproximaciones a Memoria de Felipe.
Novela de Miguel Ildefonso. (*)


Por Carlos E. Luján Andrade


 “Algunos dicen y cantan y callan y andan y siente y duermen su nostalgia,
tan persistente como inútil. Algunos creen que la nostalgia pierde su contenido
con el tiempo,  que arde a fuego lento y se torna en verdad devoradora
porque ya no guarda relación alguna con un hogar concreto.
Yo soy de los que piensan así.”

(Herta Müller)


Cuando somos infantes, nuestros padres hacen un juego donde esconden objetos o a ellos mismos detrás de una manta o de sus manos. El bebé al no ver dichos objetos o no vernos, comienza a sentir el miedo al abandono al creer que aquello visto ha desaparecido para siempre. Sin embargo, este juego aparte de desarrollar otras capacidades del niño, nos ayuda a saber que existen objetos que no están a la vista. Ese ejercicio también nos ayudará a enfrentar la llamada crisis de los ocho meses en la que sentiremos la ausencia de los padres. Así, nosotros de alguna forma ya tendremos una idea acerca de lo que es la memoria y los recuerdos. Imaginando que aquello que ya no percibimos aún existe. Y la existencia la podemos definir no solamente con lo visto en el presente, sino tanto en la proyección del futuro como del pasado. En la novela Memoria de Felipe de Miguel Ildefonso, vemos dicho ejercicio tan personal como único. La reconstrucción de un mundo que ya no vemos o que nunca lo hemos percibido, sin embargo, sufrimos las consecuencias de dicha existencia. Es entonces que el personaje, Felipe, busca los porqués. El principal, el de su miedo. Es así que el mismo nos dice que en el fondo la memoria es una lucha contra el miedo. Y es por eso que en todo este viaje literario que nos presenta el libro, nos muestra la inquietud de Felipe por escribir sobre la violencia política de nuestro país siguiendo el consejo de un onírico Bukowski en el que le dice que se combate el miedo a la muerte con la literatura.

Nos enteramos de la memoria de Felipe en sus retazos de vida. Sus experiencias intermitentemente contadas a su amigo Bernardo, nos ayuda a entender su exploración. Y que si bien nos narra hasta lo más sentimental de cada experiencia, sólo podemos tomar cada una e intentar armar un rompecabezas aun faltándonos muchas piezas. Y es que la vida de Felipe es esa figura imaginada al que solo unos rastros nos pueden dar una seña de lo que es o fue.

El origen de la identidad de nuestro personaje es producto de una desgracia. Recogido por una mujer amorosa luego del terremoto en Yungay hace que tal evento marque lo que será una vida llena de destrucciones y construcciones. Lo narrado por Felipe está repleto de sentimientos complejos e intensos, de aprendizaje y desencuentros.  El espíritu errante lo separa de todo aquello de lo que quisiera aferrarse. La relación con la enigmática e inquieta Daniela, las tertulias claustrófóbicas con Serafín o ese huir constante de cada episodio de su vida, lo hacen  colmarse de recuerdos y melancolía. Cada episodio concluye con un abrupto término, apasionado, que lo hacen abrir más la brecha entre lo que busca y lo que él es. Vive, explora, camina por tierra firme de la realidad y aquello que no puede ver, lo sueña, porque hallamos mucho de Felipe tanto en lo que nos cuenta como en lo que sueña.

Y con Serafín, sus testimonios también tienen un valor supremo para Felipe, en él espera hallar respuestas pues comprende que la realidad violenta vivida lo sobrepasa y más aún, sabe que, parafraseando a Ricoeur, citado por Elizabeth Jelin: “Nunca estamos solos” – uno no recuerda solo sino con la ayuda de los recuerdos de otros y con los códigos culturales compartidos aun cuando las memorias personales son únicas y singulares. Esos recuerdos personales están inmersos en narrativas colectivas…”

Sus raíces fueron sepultadas por un terremoto, sus primeros recuerdos son de una niña que nunca más vio haciéndolo comprender que de todo aquello que recuerda, eso es lo más cierto y que con ella empezó su vida. Y es que en el ejercicio de la memoria sentimos la inquietud por hallar una identidad ya como lo dijo Michael Pollack, también citado por Elizabeth Jelin: “La memoria es un elemento constitutivo del sentimiento de identidad, tanto individual como colectivo, en la medida en que es un factor extremadamente importante del sentimiento de continuidad y de coherencia de una persona o de grupo en su reconstrucción de sí mismo”. Felipe batalla por encadenar los recuerdos como eslabones que lo permitan sujetarse a un origen. Es en esa exploración que tanteamos la realidad y la forzamos, porque al vivir para recordar creamos otros recuerdos y si estos tienen esa carga sentimental, la tarea por hallarnos se hace más pesada y frustrante donde al final solo deseemos tirar todos los pertrechos de emociones y tragedias para andar deambulando por un desierto hasta que la sed nos desplome sobre la arena, porque como diría Ricouer: “la memoria es el presente del pasado”.

En Memoria de Felipe, Ildefonso representa un fondo real, uno que hemos visto y sentido. La dictadura de los noventas, los abusos del poder, las injusticias sociales, la pobreza y la fauna urbana que sirven de un trasfondo que se respira y que también ahoga. La destacada experiencia poética del autor hace inevitable la representación de una época violenta para el país como el sufrimiento personal del personaje principal. Es así que la estructura del libro me hizo recordar en muchos pasajes al texto confesional de Hiperión a Belarmino de Hölderlin o también a sus evocaciones a Daniela, las que lanzaba hacia Diótima casi al final de tan entrañable obra. Y es aquí donde también quisiera compartir un pasaje de este libro que en parte lo identifico con la búsqueda de Felipe, que en su recordar lo lleva más allá de lo que desea encontrar:

“¡Oh error eterno! Pensaba para mí “¿cuándo escapará el hombre de tus cadenas?”
Hablamos de nuestro corazón, de nuestros planes, como si fueran nuestros, cuando es una potencia extraña la que nos abate y nos echa a la tumba a su gusto, y de la que no sabemos ni de dónde viene ni adónde va.
Quereos crecer y extender hacia arriba nuestros troncos y ramas, pero son el suelo y la tormenta los que nos conducen en otra dirección, y cuando el rayo cae en tu copa y te hiende de arriba abajo hasta la raíz, ¡pobre árbol!,¿qué puedes hacer?
Así pensaba yo. ¿No te gusta quizás, Belarmino?
Pues tendrás aún que oír otras cosas.
¡Esto, por ejemplo, amigo mío!: lo triste es que nuestro espíritu toma tan de buen agrado la forma del corazón extraviado, conserva tan a gusto la tristeza fugaz, que el pensamiento mismo, que debía ser quien sanara los dolores, se pone él también enfermo, que el jardinero se rasga a menudo la mano en los rosales que debía plantar.”

Felipe inicia una travesía en su memoria, encalla, se hunde, se reincorpora una y otra vez. Se lanza a lo desconocido, viaja por nuestro país, en el que uno tiene que andar por lugares casi ignotos para llegar a lo conocido. Y es que su inquieto corazón lo llevaba a navegar en la oscuridad tal como lo decía su amigo Bernardo, que él vivía en un “laberinto ciego” que pugnaba por escapar, porque al igual que Hiperión, dice a su amada que todo se ha vuelto oscuro a su alrededor. En Felipe no hay una patria que nazca en un solo lugar, él sabe que esta se encuentra en todos lados y que en esas partes existe un todo inteligible, poético y real. En una marcha contra la dictadura, en la prisión y los recuerdos del presidiario, en las calles lúgubres de ciudades pisoteadas por el olvido donde solo puede reconocerse en el amor pasajero de una mujer también olvidada. Porque nuestro personaje va solo con su ímpetu y sus ansías de reconocerse a sí mismo. No lleva más que sus recuerdos y sus sueños, parafraseando a Herta Müller, todo lo que tiene, lo lleva consigo.

La patria de uno mismo está en la memoria, viviendo con la esperanza de poder hacerse una idea de qué fue aquello que generaron las cicatrices de nuestro pasado, pero el corazón de Felipe también se llega a cansar. Él renuncia a su novela, renuncia a lo que buscaba. El autor le increpa:

“Te abandonaste en esta costa, y para obtener esa libertad total de tu anarquismo, contemplabas la curvatura terrestre, la libertad a medias; en otras palabras, dejaste atrás, tú también el pasado, sepultando tu memoria. Y por eso querías ir más allá, sin detenerte, como huyendo, anotando en tu débil memoria que queda -¡o sea esto!- la ruta de un camino que ya no existía, pero tratando de ser un buen navegante justamente para perderte  (perderte de mí, perderte de todos). ¿Con qué fuerzas te movías?...”

Sin embargo, tampoco importa el destino de su travesía, en su trayecto descubrimos el escape del origen, del desastre, de su naufragio y también del olvido. El espíritu de Felipe se eleva sobre la materia, como la luz, al igual que el bien, carente de cuerpo, como lo mencionaba nuestro personaje. Y es que la historia de ese cuerpo no es trascendente. Al igual que el Hans Castorp de la Montaña Mágica: “Las aventuras de la carne y el espíritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el espíritu lo que no podrás sobrevivir con la carne”.

Lo que nos muestra Memoria de Felipe es que la historia personal es nuestra historia sentimental y confesional. Dejada en testimonios de lo que fue su existencia, y que esa existencia es para nosotros el tronco vital movido por los azares del destino y que nos enrumba hacia la desventura o hacia los placeres ignotos. Finalmente, sabemos que algo encontraremos y que no nos extraviaremos, y si bien Felipe se pierda en el olvido, “sabemos que este no es ausencia o vacío, sino es la presencia de esa ausencia” (Elizabeth Jelin). Lo extrañaremos como un buen recuerdo, pues no se perderá, ya que al igual que Hiperión, esto es imposible, y hallará el camino hacia el amor, imaginando que Felipe dirá sus mismas palabras: “recorreré los astros durante milenios, adoptaré todas las formas, todos los lenguajes de la vida, para volver a encontrarte una sola vez. Pero pienso que lo que es semejante no tarda en encontrarse”.



(*) Texto leído el día de la presentación del libro.




miércoles, 11 de julio de 2012

Un encuentro cultural: La Papa Cósmica



Los espacios de expresión cultural siempre serán necesarios en las sociedades que pretendan manifestar la cultura viva que las nutre. En ella podemos medir la temperatura y la efervescencia creativa de un medio, de tal manera que hallarlos es un descubrimiento intenso y revelador. La Papa Cósmica es uno de estos espacios, uno itinerante, casi gitano en el transcurrir de su primer año de existencia y que ha buscado con romanticismo crear ambientes poéticos donde antes no los habían, pues están convencidos de que la poesía y la música siempre serán bien recibidos. Su pretensión es promover y difundir las creaciones artísticas de quienes se acerquen a ellos. En cada recital se puede encontrar personas que por primera vez recitan o escriben un poema como también a los que han hecho de la poesía una manera de vida. La experiencia de cada encuentro es diferente, quizás llevada por los lugares distintos en los que se realiza ,pues la religiosidad con la que se celebra, los 21 de cada mes, crea un público constante y fiel.

Los recitales de la Papa Cósmica no caen en lo rutinario, los organizadores son conscientes que los participantes hacen el evento, no hay convencionalismos ni una estructura rígida, solo esta es una guía pues tanto poetas, músicos y público asistente tienen un pacto tácito que consiste en escuchar y ser escuchados.

En un año de existencia se han realizado más de diez recitales, visitando diferentes espacios como el Centro Cultural de España, así como casas y locales del centro de Lima, Miraflores, Barranco y Villa el Salvador, conociendo públicos distintos con exigencias y pretensiones dispares. Eso le ha dado a estos recitales una dinámica peculiar, ya que se percibe la necesidad de adaptarse tanto de los artistas como de los asistentes en los lugares en donde se realizan.

La Papa Cósmica busca concentrar en una noche de cada mes diferentes propuestas artísticas, vengan de donde vengan, sin importar cuáles sean sus referentes, preferencias u origen; no vemos parámetros en las presentaciones, la libertad de mostrar la creación es importante para mantener la vitalidad de este evento. Y no podemos olvidar el tan importante núcleo gastronómico que han creado, haciéndolo como una característica casi única en los recitales existentes, que son las llamadas “papitas cósmicas” que pueden ser degustadas por los asistentes donde en este compartir se genera un ambiente de camaradería íntimo, ese que solo se crea cuando comemos de la misma mesa y del mismo plato, que en este caso, de la misma olla de donde todos se sirven.

Tutti Tudela, José Carlos Botto y José Ignacio López Ramírez–Gastón, sus organizadores, han creado no sólo un nuevo evento sino una manera de promover el arte, dándonos una visión de hacerlo de una manera amable, integradora y democrática tan necesaria para acercar la cultura a todos.

Ellos ahora con la pretensión de llevar más allá de Lima su visión, visitan el Festival de Poesía de Chepén Chepén para compartir su experiencia y quizás animar a algún interesado en el arte a expandir sus recitales.

domingo, 1 de mayo de 2011

La Sinceridad Poética *

* Exposición con motivo de la presentación del libro "Poéticas", Casa Raúl Porras Barrenechea, 29 de abril de 2011.

Cuando los editores me pidieron formular algunas reflexiones sobre el libro Poéticas, me resultó inevitable evocar lo pensado cuando me invitaron a escribir un poema sobre el Arte Poética:


Para quienes escriben Poesía, resulta complicado escribir sobre lo que ésta significa, tanto así como le resultaría a un loco hablar del origen de su locura, o más aún, de lo que para él significa la Locura. Un individuo poético no conoce otro universo que no sea el que la misma poesía le otorga, escribir sobre ella es solicitarle que abarque los sentimientos que le produce el vivir, un sentir tan vasto que no puede caber en un lenguaje cuyos significados y significantes han sido creados justamente para delimitar.  La tarea de escribir sobre lo que es el arte poética no hace sino expresar justamente la imposibilidad de referirse a ella.

Entonces, qué decir  sobre una publicación que contiene más de una treintena de poemas que justamente tratan de esto.

Y eso me lleva a observar luego de su lectura una constante: la sinceridad. Estos poemas se encuentran concatenados únicamente por el deseo de ser una comunidad libre, conformadas por figuras literarias de múltiples sonidos y rostros,  donde la belleza resalta la autenticidad de lo escrito, la autenticidad del hombre que vive para el verso.  Aclarando que no debemos creer que todo aquello que se hace llamar poesía es franco y más aún, no confundir la buena poesía o mala con lo que se pretende exponer, Pessoa tiene una observación al respecto, él explica:

“Para poder juzgar el mérito de un poeta, o de cualquier artista, hay que preguntarse, sucesivamente, tres cosas: 1) ¿Qué pretende expresar? 2) ¿Expresa de verdad lo que pretende? 3) ¿Expresa solamente lo que pretende? Si estas tres circunstancias se dan en un artista, puede desde luego asegurarse  que se trata de un artista de mérito; el grado o nivel de mérito es otra cuestión, más difícil de probar o definir…”



La mala poesía puede ser auténtica, en ella puede haber sinceridad de sentimiento pero la que no tiene, posee lo que Johannes Pfeiffer llamaba “falsedad de tono”.  Refiriéndose al no hablar en serio, en donde se fabrican sentimientos desesperados o creencias no experimentadas. Ejemplificándonos la manera de diferenciar entre la fabricación literaria y una auténtica expresión esencial; en la primera existe la impura afectación, la impertinente insistencia, jactancia y arrogancia, en el segundo está la casta sinceridad, la gravedad hermosa, firme y viril. En la falsa se descubre la trivialidad de los ritmos y de las rimas, lo barato de las imágenes, en ello hay una expresión de un impostado horror y tristeza no sentida, a la vez se puede descubrir que en este tipo de poesía se utiliza a la vida como justificación de los versos del poema, un simulacro poético que nos hace cómplice de un sentir irreal, derivándonos hacia una fantasía lejana paralela a la vida real. El desvergonzado impostor fabrica, crea, finge, se burla del fervor auténtico imponiendo una “fingida desesperación”.

En los poemas presentes en esta edición de Poéticas, la autenticidad se encuentra inoculada en la misma génesis del libro, ya que como señala Raúl Allaín, su editor, la creación de la presente publicación, surge en el periodo otorgado para la elección del texto sin que el editor haya tenido injerencia en la selección. Y qué más autenticidad que la reflejada por la voluntad de cada poeta para elegir entre toda su obra, o para escribir, lo que para ellos es su poesía. En tal sentido me pregunto: ¿Algún impostor poético podrá hacerlo sin ruborizarse?

Poemas que muestran las rutas tomadas desde diferentes puertos, convirtiéndose para unos, en una aventura interestelar hacia los más lejanos infinitos, mientras que para otros resulta más bien un viaje al centro del cuerpo, con la esperanza, quizás, de encontrar dentro de ellos mismos su propia alma. Poemas que en caravanas van acompañados de las mismas motivaciones, como es el sentimiento amoroso, dispersándose en su momento con sus propios versos, intentado cada uno arribar a algún destino esperado. El sentimiento poético es el combustible de la poesía, la autenticidad de todas estas voluntades nos permite confiar en que cada uno de estos escritos nos hará llegar hacia donde sus autores nos guíen. Porque confío en que tal franqueza no nos llevará al naufragio. Pero no nos equivoquemos, esta autenticidad de la que hablo no debe confundirse con la Verdad, ya que si bien puede existir la falsa poesía, no por ello debemos considerar a la poesía verídica como su antagónica. Edgar Allan Poe, manifestaba que se ha impuesto la herejía de La Didáctica, suponiendo tácita y expresamente como objeto último de toda Poesía, la Verdad, objetando que para buscarla se necesita severidad, sencillez, precisión, laconismo, frialdad y desapasionamiento, el reverso de lo Poético. Afirmando así que la Poesía se nutre del Gusto, la que le hace la guerra al Vicio, continente de la deformidad y la desproporción que atentan contra la Belleza; porque eso es lo poético, el sentido de lo Bello. Un instinto inmortal profundamente enraizado en el espíritu del hombre, no siendo una mera apreciación de la Belleza que hay en nosotros, sino el desaforado esfuerzo por alcanzar a la que está por encima, y en ese intento es posible percibir la placentera elevación o entusiasmo del alma que se reconoce como el Sentimiento Poético. De ahí la diferencia con la Verdad, que es la satisfacción de la Razón y de la Pasión, que es la satisfacción del corazón, y de existir aquéllas deberán ser sometidas a la Belleza, atmósfera y real esencia del Poema.

¿Y qué podemos encontrar en la sinceridad poética? Si bien en la falsa poesía hallamos pre- experiencias, descripciones de emociones no vividas y la imposibilidad de conocer al mismo poeta, en la sincera percibimos al individuo real, no al fabricado, al hombre que está muy cerca de las tentaciones mundanas y a los vicios del orgullo. Y si bien la poesía destaca por ser pura, no olvidemos lo que decía el poeta cubano Virgilio Piñera: la mitad de toda pureza es impureza, lucha, espanto, tinieblas y horror. A veces tenemos la necesidad de fabricar detrás de este género un halo de excelsitud y admiración exagerada por la creencia de que algún espíritu supremo solicita nuestro verso para trasladar la inspiración proveniente de una inmaterialidad desconocida. Sin embargo, tras bambalinas, a todas estas palabras las preceden graves errores, desengaños bestiales, días pugnando con los días, fatales desenlaces, tristeza honda y quizás punitivas decisiones. La libertad poética nos desprende de la sanción terrenal, permite que nos arroguemos una demencia justificable, denunciando con versos edulcorados las más terribles emociones.

No obstante en aquélla también realzamos la vida, le damos una nueva dimensión a lo creído desolador, odiamos con encanto, creamos dioses tristes o viejos en contraste con la impuesta felicidad y juventud del poeta viviente en nuestros versos, respondemos todas las preguntas angustiantes con imágenes únicas y somos diferentes entre todo aquello que vemos igual.

Durante buen tiempo creí que la poesía contenía una tristeza innata, el peso de las emociones del hombre, el lamento de un aprisionado gigante que lucha por salir de una pequeña y oscura cueva, sin embargo, tal estremecimiento no debe ser patético porque la Belleza no lo es, más bien en ella se enaltece a la melancolía, o como hace unos días escuché decir al escritor chileno Antonio Skármeta, la poesía es encontrar la victoria en la derrota.

Los poemas agrupados en este libro me dan una lección acerca de eso, de encontrarme con la necesidad de todos ellos de salir a flote, estirando el cuello sobre la marea en busca de un respiro, así tengamos, como los icebergs, el descomunal peso de las confundidas emociones bajo el mar. En ese deseo de trascendencia, de instinto de supervivencia podemos hallar la sinceridad poética que la poesía reclama para sí misma.

Concluiré esta breve exposición con la lectura de un pequeño poema de Fernando Pessoa:

Dicen que finjo o miento
En todo lo que escribo. No.
Yo simplemente siento
Con la imaginación.
No uso el corazón.

Lo que sueño y todo lo que me pasa,
Lo que me falta o lo que finaliza,
Es como una terraza
Que da a otra cosa todavía.
Esa cosa sí es linda.
Por eso escribo en medio
De lo que está en pie,
Libre de mi atadura,
Serio de lo que no lo es,
¿Sentir? ¡Sienta quien lee!




Muchas Gracias.


Carlos Luján Andrade



“POÉTICAS”



El día viernes 29 de abril a las 7:00 pm (hora exacta) se presentará el poemario: POÉTICAS – Artes Poéticas por poetas contemporáneos peruanos, editado por Raúl Allain.


La presentación del libro estará a cargo de Héctor Ñaupari, Carlos Eduardo Luján Andrade, Raúl Allain e Iván Fernández-Dávila.


Se ofrecerá una lectura poéticas con textos de los poetas participantes:


JULIO ATENCIO, MERIAM BENDAYAN, THALÍA TUMES, CARLOS LUJÁN ANDRADE, CLAUDIA INCHÁUSTEGUI, ESTEFANÍA CUESTAS, JULIO CARMONA, NONATO RUFINO CHUQUIMAMANI VALER, VALERIA SEMINARIO, FRANSILES GALLARDO, SEBASTIÁN ARAGÓN, MIGUEL AGURTO SILVA, ROSINA VALCÁRCEL, JORGE CORDOVA, MOSHENGA VIII CABANILLAS PEREZ, FRANK HERNÁNDEZ, FABRIZIO ALVAREZ LOBATO, ALEX VALENZUELA ROMERO, KAREN CARBONE ROJAS, GABY ARCE MUÑOZ, HÉCTOR ÑAUPARI, PARIX CRUZADO, UMBERTO TOSO, JUAN ESTEBAN YUPANQUI, PAUL CAÑAMERO ÁLVAREZ, JAVIER CUSQUISIBÁN MOSQUERA, LIZANDRO VARGAS PACAYA, ZOILA CAPRISTÁN, ELMER ARANA, NÉSTOR MÁLAGA CARPIO, LENA LUNA, JIMMY CALLA, LENAR MAR, MARIA ALEJANDRA CASTELLANOS, LEYDY LOAYZA, DIANA LIZETH BENITEZ, PAUL TORRES.


Fotografías del evento:

Raúl Allaín, Iván Fernandez - Dávila, Hector Ñaupari, Carlos Luján A.

















martes, 9 de noviembre de 2010

La Poesía y su Función Social*


Por Carlos E. Luján Andrade

En los últimos decenios el desarraigo de la poesía peruana con respecto de nuestra realidad se ha vuelto frecuente. Esto puede observarse en aquella poesía donde la naturaleza del entorno es más una justificación para las disquisiciones personales del poeta que una motivación que desencadena una intensa y auténtica necesidad de criticar los cambios de su época. La modernidad, como nos dice Abelardo Oquendo, ha ocasionado la dificultad de hallar poetas integrados a su sociedad y poseedores de una postura ideológica fuerte. Esto ha llevado al conformismo del género, minando la intensidad del mensaje poético, el que más se enfoca en lo estético y lo individual.

A través del tiempo, la poesía ha generado innumerables interrogantes sobre su función en la sociedad. Pero, más allá de preguntarse ¿para qué sirve?, lo central es saber qué es lo que ésta genera y la responsabilidad que posee, aunque se corra el riesgo de caer en una búsqueda infructuosa, tal como lo admitió alguna vez T.S. Eliot, quién decía que los mismos poetas explicarían el porqué de la poesía justificando lo que ellos escribían.
Nosotros, en el afán de identificar los efectos de la poesía en el individuo y la sociedad, planteamos una modesta definición personal de lo que puede ser la poesía, y decimos modesta puesto que cada creador o lector debe poseer al menos una idea del porqué de la misma, y es que la poesía es mucho más que la expresión de sentimientos, es también un arte.
La poesía es un género popular que durante mucho tiempo se empleó para comunicar experiencias e instruir a los hombres. Desde sus orígenes cumplió una función social, ejemplo de esto fue la Grecia clásica, donde la poesía era utilizada para difundir conocimientos, T.S. Eliot nos recuerda que ella era incluida en ritos religiosos. Esto también se daría en Roma, con Virgilio y sus poemas que transmitían conocimientos de agricultura, o con otros poetas dramáticos como Esquilo y Aristófanes que buscaban transmitir ideologías al dar a conocer su posición sobre cómo debería ser la actitud del individuo en la sociedad. Por lo tanto, la poesía tuvo una participación social y política de acuerdo a la época en la que se desarrolló.
El género poético fue el medio de comunicación por excelencia para la transmisión de ideas y de instrucción hasta que la prosa la hizo a un lado por su eficiencia en comunicar directamente los conocimientos. Desde ese momento fue criticada por su naturaleza ambigua para expresar con claridad y eficacia las experiencias e ideas, una cualidad controvertida entre los amantes de la confrontación, pero a la vez un detalle preferido por los evocadores y contemplativos. En esta forma de expresión se canalizaba la necesidad de expresar emociones producto de una sensibilidad sobre ciertos hechos producidos en el entorno social. La principal motivación partía de llegar a la meta de todo arte que es “… el actuar de modo evocador y despertar emociones y estímulos para la acción o la oposición en los espectadores, en el auditorio o los lectores” (A. Hauser).
La poesía también fue usada como propaganda de normas y valores que se deseaban establecer para compartir, desde una perspectiva ideológica, una concepción del mundo, y hacer así de la obra artística y la actitud política un solo cuerpo. Arnold Hauser sostiene que artistas como Virgilio, Dante, Rousseau, Voltaire, Dickens, Dostoievski, Goya, David y Daumier, buscaron hablar de forma cruda y directa de propaganda, tesis y tendencias en el arte, formulando sus convicciones políticas, diferenciándose y alejándose de elementos estéticos en sentido estricto y separados de su obra. Por otro lado, autores como Shakespeare, Cervantes, Goethe, Balzac y Flaubert introdujeron al interior de su obra una ideología encubierta e integrada total o parcialmente a ella.
Con estos ejemplos queremos destacar que la expresión artística es producto de un impulso primario determinado por el entorno, manifestado de forma inconsciente y con capacidad para ejercer una influencia sentimental, ideológica y de acción sobre aquellos que ven en estas obras de arte la expresión de una perspectiva particular.
Ahora bien, la poesía, tiene una ventaja sobre las diferentes maneras de expresar las ideas, ya que al carecer de una imposibilidad intrínseca de ser directo y descarnado hace de su naturaleza artística una forma de inocular ciertas ideas que, en su carácter de inofensiva lírica, llega con mayor libertad a los lectores que bajan la guardia al intentar aprehender algo de ella.
Pues bien, muchas veces el debate sobre la naturaleza de la poesía se ha ceñido sobre si ésta debe ser “pura”, es decir alejada de todo elemento que pervierta el fin estético que ella busca, o si puede –y debe- comprometerse socialmente. Sartre lo escribió así alguna vez: “…el poeta se ha retirado del golpe del lenguaje-instrumento; ha optado por la actitud poética que considera a las palabras como cosas y no como signos”, esa falta de “domesticación” de las palabras explica porqué el poeta no las puede usar como instrumento, …ellos no hablan ni callan, sino que se niegan a utilizar el lenguaje”, debido a que han optado por quitar a este el carácter instrumental.
Esta visión idealizada del poeta, planteada por Sastre no toma en cuenta los efectos que la poesía puede provocar, entre ellas el efecto producido en el lector. Tenemos que tomar en cuenta que gran variedad de poetas han buscado dialogar con el lector, generar una comprensión y complicidad en sus descubrimientos espirituales, sean auténticos o no, para finalmente buscar no la lejanía emotiva y sentimental de sus imágenes, sino un acompañamiento constante en cada leída del poema, una diferente comprensión, elaborándose nuevas interpretaciones.
Esta ambigüedad aspirada por los vates, genera varios cuestionamientos. Entre ellos, la concepción de discursos que plantean ideas que repercuten en el sentir de muchos de una sola manera (léase una influencia que vaya más allá de la estética). Al respecto, Johanes Pfeiffer elabora una definición en función al estado de ánimo con el que se ejecutan los poemas y afirma que éste no puede ser considerado como la razón de la no necesidad de su plena comprensión: “…El estado de ánimo, al considerarse como algo externo, que cambia de hora en hora, de momento en momento, de manera incontrolable y premeditada… hace que la poesía, en cuanto poetización de los estados de ánimo humanos, se considere una y otra vez como un encanto que no compromete. Como pura cáscara… una cobertura inesencial… y en cambio lo objetivo, el conocimiento científico… es el núcleo sólido, la verdadera sustancia de la poesía…” , siendo lo demás, que no cuenta con este fondo, vano y engañoso. J. Pfeiffer señala al existencialismo como el que hizo posible descartar esta concepción, recordando que tanto Heidegger y Jaspers fueron los que nos hablaron de la fuerza reveladora del “temple de ánimo”, el que posee una virtud iluminadora que nos revela lo que sucede en lo más profundo de nuestro ser y que este “temple de ánimo” nos coloca ante nosotros mismos y se convierte en una “verdad interior”.
Las cosmovisiones planteadas en función de lo que la poesía significa para muchos, surge de la motivación de obtener la más cercana competencia que tiene este género en la necesidad de utilizarla como un medio eficaz y a la vez artístico de ofrecer pareceres distintos, motivados por una sensible percepción de los cambios en uno mismo y su entorno. Pero estas percepciones y pareceres, expresadas “naturalmente” por un espíritu poético, no son del todo románticos, ya que la poesía como género es una sola.
La poesía no es ni su contenido ni su forma. Pfeiffer dice: “…no importa el contenido que una poesía pueda ofrecernos, ni las ideas que exponga, ni la ideología que profese, lo que importa es la realización verbal…se puede hablar de la piedad y revelar que no somos piadosos, sino mas bien cínicos… y al hacerlo descubrir justamente cuán irremediablemente extraños somos a todo eso”, pero esto no implica la falsedad del sentimiento, no es buscar el embuste premeditadamente, porque no pueden crearse los sentimientos, no obstante, sí disfrazarse. Existe mucha poesía conservadora de tales detalles, sin embargo, hay algo que J. Pfeiffer llama “falsedad de tono”, descubridora de nuestro no hablar en serio, en la que se refleja la imitación como si fuésemos desesperados o creyentes. Esa falsedad de tono se manifiesta porque es imposible engañar al lenguaje, y es que, para el citado autor, éste posee una fuerza sentenciadora. Es de esta manera en que el estado de ánimo verdadero de la creación poética, su ética y valor, se descubren.
Descubrir la falsedad de tono es riesgoso, sobre todo en una realidad como la actual, y tenemos que ser precavidos para no caer en la arbitrariedad y la actitud grotesca al determinar la autenticidad de una poesía, alguna escuela poética o “generaciones” de poetas.
Se puede tentar algunas ideas para encontrar esta falsedad de tono. Es preciso aclarar que una de los principales objetivos de la poesía es la búsqueda del placer, así como expresar sentimientos o experiencias nuevas de una forma original o algo ya vivido, pero con nuevas imágenes que le den a la vivencia una renovada intensidad, así como evocar al lector situaciones que por sí solo no hubiese podido lograr. De este modo, la poesía tiene un poder evocador, en el cuál el mundo abstracto que emerge en nuestras conciencias nos hace consolidar o fortalecer creencias, anhelos y deseos. Por lo tanto, descubrir de dónde parten ciertas “inspiraciones poéticas” puede servir de iluminación a los depositarios de versos y estrofas.
Entendamos que el asunto no es distinguir una mala poesía de otra que no lo es -la buena poesía puede ser falsa (anacrónica o descontextualizada)-, sino cuál es el tipo de poesía que se comunica más con nosotros, la que, como se dijo líneas arriba, dialoga con cercanía. J. PFeiffer, ejemplifica una manera de “descubrir” esta falsedad, mostrándonos dos ejemplos entre la fabricación literaria y una auténtica expresión esencial; en el primero existe la impura afectación, la impertinente insistencia, jactancia y arrogancia, en el segundo está la casta sinceridad, la gravedad hermosa, firme y viril. En lo falso se descubre la trivialidad de los ritmos y de las rimas, lo barato de las imágenes, en ello hay una expresión de un horror falso y una tristeza no sentida, a la vez se puede descubrir que en este tipo de poesía se utiliza a la vida como justificación de los versos del poema, un simulacro poético que nos hace cómplices de un sentir irreal, derivándonos en una fantasía lejana y tal vez paralela a nuestro pesar por la vida real. El desvergonzado impostor fabrica, crea, finge, se burla del fervor auténtico, imponiendo una “fingida desesperación”.
Esta impostada poesía atrofia e impide la posibilidad de exigencia de conocernos a nosotros mismos y nos volvemos incapaces de percibir una “real” autenticidad humana e incorruptible, alejándonos de lo propio y cercano, como es nuestra sensibilidad social y personal. La actual trivialidad del espíritu puede estar arraigada a esta situación.
Los debates sobre la innovación, los ritmos, las rimas, etc. abundan, convirtiendo a un medio de expresión artística en pura forma, tal vez con la idea que la poesía solo está al acceso de elites intelectuales que consideran que el pueblo no necesita de la poesía para comunicar o expresar su sentir. Nuestro reclamo entonces parte del imperativo despertar de un género que está convirtiéndose en la sociedad peruana en un fósil estético.
La poesía, como sentimiento vital, tiene la fuerza de “abarcar de una aletazo la totalidad existente, conjurar lo más cercano y lo más lejano” (Pfeiffer), generando colectividades poderosas que se unen para crear sociedades sólidas en creencias y anhelos, para así en sus himnos y alegorías mostrar el coraje y respeto por lo bello y lo auténtico. La poesía es entonces “… una manifestación de amor como vía de unificación amorosa entre los individuos y la entera sociedad”.
Al respecto, José Martí reclama la función unificadora de la poesía, la que es necesaria y fértil para los pueblos. El poeta se pregunta: “¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos?”. Y luego se responde: “La poesía congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma pues ésta le proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla da la fuerza y la vida”.
De este modo, la visión de la poesía como propia y plena del espíritu individual y colectivo nos muestra el deseo de legitimar nuestra propia perspectiva del orden social y político, en la que nos reconocemos intrínsecos a las manifestaciones artísticas que engloban la variedad de estamentos que existen en la sociedad. Es decir, esta poesía social y comprometida nos permite buscar imaginarios que reafirmen nuestra identidad, para no solamente quedarnos en el “otro imaginario”, creador del arte favorecedor de los intereses de la clase social poseedora del monopolio de la concepción del mundo, de los valores a respetar y de lo que se considera como “aceptable”.
La falta de autenticidad poética, la existencia de una poesía vana, superficial, extraída de la necesidad de propaganda y de la reafirmación de expresiones ajenas a nuestro deseo de comunicar el propio sentir, incrementa el peligro de acabar a mediano plazo con el género poético. Marcelino Menéndez Pelayo nos decía sobre la poesía romana que su decadencia llegó rápida y fatalmente como le sucede a todo arte que no es espontáneo ni popular, pues no echó raíces en la fantasía colectiva y sólo se contentó con halagar los oídos de muy pocos y selectos jueces; así, la literatura latina fue la de más breve desarrollo y producción que la historia recuerde.
La poesía existe y existirá aún sin la conciencia de que ésta tiene una función en lo pueblos. Es de aquellas manifestaciones que surgieron como una necesidad de comunicación y aprendizaje pero terminó “cosificada”, lejos de su función primaria. La búsqueda de una nueva poesía no es planificada ni forma parte de un plan de desarrollo cultural, ésta se genera a través de una relectura espontánea de la realidad, de un deseo de autentificar nuestra necesidad de comunicar los anhelos de una sociedad, enalteciendo el espíritu primero y luego la razón, yendo de la mano de una belleza en la palabra y la voz. Lo hermoso de la poesía no está en las palabras ni en sus construcciones gramaticales, sino en lo que se dice en ellas, en sus silencios, en el impacto que genera y en la capacidad de descarnar nuestra sensibilidad para acercarnos a lo verdaderamente humano.

* Artículo publicado en la revista de ideas Lanceros Nro.1

sábado, 3 de octubre de 2009

¿Por qué no se consume poesía?



Hace algún tiempo, leí un artículo del intelectual peruano Abelardo Oquendo, en dicho texto reflexionaba en torno a la poca acogida de la lectura de poesía en Lima y en general, en el Perú. Pero él no se refería a la lectura de los autores conocidos como Santos Chocano, Vallejo o Eguren y ni qué decir de los clásicos españoles, sino más bien nos hablaba de los contemporáneos, de la poesía producida actualmente en nuestro país. Él mencionaba que se pierde de mucho ya que se escribe buena poesía en estos días, dando nombres y títulos que uno no puede encontrarlos con facilidad en las librerías debido a su corto tiraje y mala distribución.

Más aún, en otro pertinente texto Oquendo critica a la Pontificia Universidad Católica del Perú por haber editado sólo mil ejemplares del poemario ganador de su Primer Concurso Nacional de Poesía (2005), un concurso que distingue con 10 mil dólares a la obra ganadora (el mayor premio dado a un concurso de poesía actualmente), mencionando de que cómo es posible que en un país de 27 millones de habitantes sólo se edite esa minúscula cantidad. Y en otra posterior columna se preguntaba sobre cómo puede haber poesía peruana si ella no es leída, si se puede hablar de poesía peruana en un país en el que no se sabe nada de sus autores y obras, entonces ¿para quién existe esta?

Y nos encontramos ante una situación preocupante si unimos que la necesidad de escribirla no es la misma que de leerla, en la última convocatoria del Premio Nacional de Literatura organizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú (2009), de los 800 trabajos presentados, 640 eran poemarios, ¿entonces? ¿Qué es lo que está sucediendo?

Cuando estuve en un Taller de Poesía dirigido por un poeta reconocido, ganador del Premio Copé de Oro (el concurso más prestigioso de literatura que existe en el Perú), le pregunté ¿qué cree usted que se necesita para ganar un concurso nacional de poesía? Y el sinceramente me respondió que los trabajos deben de reflejar cierta cultura literaria e histórica, referenciar a autores conocidos y respetados, tal vez escribir sobre un tema vanguardista actual, mencionar localismos pero sin dejar de mostrar un estilo depurado, y si uno puede agregar algo de inglés o francés, mejor, mencionó otros detalles que ahora no los recuerdo pero que iban por esa tendencia.

Es así, que todo lo dicho por Oquendo tenía un sentido para mí, el problema no era la poesía, sino la idea que se tiene de ella, por eso cuando hablamos de poesía se vienen a la cabeza un lenguaje exquisito, metáforas complejas y temas extraterrenales, sin olvidar mencionar las idealizaciones amorosas. Ya la idea preconcebida que se maneja del género poético es de distancia con respecto a los intereses de la mayoría de lectores, un detalle importante que no hay que olvidar ya que el interés de la gente es el principal criterio que un editor considera para publicar un libro y las librerías para venderlo. La Narrativa tiene un campo mucho más atractivo, las historias bien contadas con lenguaje sencillo (una característica de todo aquello que obtiene acogida comercial en estos tiempos) y sobre todo exóticos, son fijos éxitos de venta. Los medios de comunicación escritos también están más dispuestos a colaborar en publicitar ese género porque puede hallar una conexión inmediata con sus lectores.

No creo que sea pertinente referirnos al nivel educativo ni la capacidad de comprensión lectora de las personas, ni en la propuesta de que mejorando tales habilidades les harán ser receptores más aptos para la buena literatura, porque tales afirmaciones no son útiles para abordar la falta de interés actual en la poesía. Sino que una vez conscientes de ese universo lector, es necesario buscar alternativas que se puedan explotar.

Menciono a los concursos literarios en esta problemática, porque ellos son los que ahora llevan la voz directora en lo referido a la valorización de las obras literarias, un galardón es un sello de garantía para las personas que lo consumen y atractivos para los medios de comunicación. Editoriales como Planeta o Alfaguara han optado en sus jugosos premios literarios, por premiar lo sencillo, inmediato y atractivo, de lenguaje casi colegial pero bien tratado, de esta manera hacen de las obras premiadas una excelente inversión. Las editoriales norteamericanas van por esa tendencia, sin menoscabar su tradición, dan cobertura a lo que puede ser un best sellers. Eso augura ingentes cantidades de dinero a empresas que son conscientes que la literatura de hoy es un buen negocio.

A pesar de tales experiencias, en el Perú, aún el concepto de que la literatura es un género orientado a un público culto y reducido ocasiona la poca rentabilidad de ella. Más sensatas han sido las revistas, que en pocos años han logrado capturar una interesante cantidad de lectores obteniendo rentables ingresos por la publicidad que muestran en sus ediciones. El contenido de estas revistas es variado y especializado y en muchos casos de gran nivel literario.

Los culpables del desinterés por el consumo de la poesía parte principalmente de aquellos que “certifican” el valor y dan el significado que este género debería poseer. Requerir un contenido depurado y de estilo académico consensuado para obtener un galardón literario aparta al público común perdiéndose una gran oportunidad de popularizarlo. Es comprensible la intención de estos concursos si son financiados por altruistas fundaciones o universidades que poco saben de las posibilidades comerciales de la literatura y están en todo su derecho de hacerlo de esa forma, pero debemos entender también que no es la única manera de darle cabida.

Es preciso hacer una comparación con la popularización de la música rock a fines de los años setenta, el género musical punk fue un fenómeno que congregó a muchos jóvenes que tenían algo que decir pero sabían poco de música. Eran las épocas del rock progresivo, música bien elaborada por intérpretes y compositores duchos en su arte, las expresiones musicales de ese entonces y las de vanguardia era compuesta exclusivamente por aquellos que poseían profundos conocimientos musicales. Esa circunstancia aminoró el entusiasmo de los jóvenes por acercarse a ella. No obstante, el punk fue una respuesta a ello, tres acordes bien tocados, riff de guitarra estridentes, letras sencillas pero cargadas de contenido social o de alaridos emotivos adolescentes, constituyeron el combustible del motor musical que se estaba apagando de a pocos en ese entonces. La música punk, musicalmente no representaba nada, sólo fue el vehículo para que una generación de jóvenes sintiera que la música servía para expresar los sentimientos más sencillos, posteriormente los ochenta con su variopinta propuesta musical y el nacimiento de MTV, dan prueba de ello.

Un fenómeno musical que debería repetirse en la poesía, una poesía punk puede ser una opción (hay algunos que dicen que la detentan pero sólo se percibe de ellos más que su auto denominación), pero con matices comerciales, hacer de ella una alternativa de consumo, enfocarse no en aquellos que ven a este género como el parnaso de las letras, sino a los que quieran expresarse con sensatez y sin tanta pomposidad académica. Un amigo me explicaba que se escribe poesía en grandes cantidades porque en ella se pueden ocultar muchas deficiencias sintácticas y de redacción, entonces, qué mejor oportunidad para que esta pueda ser la alternativa de expresión colectiva inicial.

El apoyo de empresas editoriales es fundamental, empezar por convocar concursos de poesía con pretensiones comerciales, de esta manera desterrar la idea equivocada de que ella, por su naturaleza, no es comerciable. Insistir en ello es pensar como los académicos que desean alejar lo popular de una actividad que imaginan exclusiva.

El enfoque debe de centrarse en identificar las expresiones poéticas más atractivas a la lectura de la gente de a pie y no en las obras en donde uno necesiten un postgrado en literatura para comprender alguna de sus complejas metáforas.

No es reinventar la poesía, porque hay escritores desperdigados por la Internet o en los recitales y publicaciones casi clandestinos que ya escriben este tipo de poesía. Entonces, el tema principal y primordial es la difusión y publicación, ganarle la batalla al esteticismo académico poético con el mayor número de lectores y de ingresos.

Hoy, la literatura es un negocio, toda actividad seria termina siéndola y la poesía no tiene porque ser la excepción y para eso tenemos que hacerla primero popular y luego comercial, un negocio rentable.


Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...