domingo, 23 de enero de 2011
X / Y sobre los limeños y la identidad nacional (diálogo)
sábado, 9 de octubre de 2010
Lima, Post Nobel

Luego de mi recorrido obligatorio por el centro de la ciudad de Lima, no dejo de pensar en que un escritor peruano haya recibido el Premio Nobel de Literatura tan solo hace unos días, un novelista criado en un país casi estancado en el medio del mapa de evolución que toda sociedad desarrollada se esmera en trazar –y si es que el nuestro lo decide continuar siempre lo hace a trancas y barrancas-. Porque es sintomático que este autor comience una de sus más representativas novelas justamente haciendo que su personaje principal critique a su país que lo ve degenerado reflexionando sobre cuándo todo se fue al traste.
Reflexionando en base a esa idea me pregunto ¿Qué puede representar el Premio Nobel de Literatura para un individuo como uno, que pasea por las viejas calles limeñas en la búsqueda del cumplimiento de las obligaciones diarias?, pues como una camioneta llena de víveres que llega a un pueblo hambriento, así ha sido recibido este reconocimiento internacional, puesto que de alguna manera la mayoría de personas se sienten parte de este inmenso laurel ante la falta de una corroboración latente de que sí vale la pena ser peruano después de todo. Nos hemos sentido incluidos recordando nuestras primeras lecturas en el colegio donde nos aprendíamos de memoria los títulos de sus obras o siendo los espectadores en la mejor fila, de las adaptaciones cinematográficas de ellas, porque nos es gratificante sentir la cercanía y la familiaridad de aquel que ha triunfado por nosotros.
Y ese es el aire enrarecido que deja este Premio Nobel, sobre todo para aquellos que amamos las letras, los libros, la lectura y el poder de las ideas. El reconocimiento hecho a un autor que escribió sus mejores obras sobre este país, nos involucra directamente con tamaña gloria (así nos haya criticado ferozmente en cada uno de sus relatos), revaloriza una sociedad y una cultura que por centurias ha sido relegada, donde potencias culturales nos ningunearon por tener una cosmogonía distinta a la de ellos.
Esta premiación no es un evento más así algunos deseen rebajarlo a un simple evento individual y antojadizo que ha estado lleno de vicios y conveniencias en el pasado; y puesto que sería sensato respetar dicha opinión porque el Nobel lo obtuvo Mario Vargas Llosa a título personal con puro trabajo e inspiración; sin embargo, para aquellos que sienten que este es un galardón que se comparte, tienen derecho a percibir la estela intensa que dejará en la psiquis del país.
El que los reflectores mundiales se concentren en iluminar la existencia de nuestra sociedad y de las que derivamos, al ser incluido uno de sus ciudadanos dentro de los máximos representantes del primer y más evolucionado mundo, hace que esta sea reivindicada. De tal manera que en este hecho reside un acto de justicia, no sólo para el escritor que desde hace 30 años debió de haber recibido este reconocimiento, sino para toda la mixtura de culturas que abarcó y abarca esta región, para los distintos tipos de pensamientos y formas de concebir la creación.
Nuestra región tuvo una variedad importante de culturas que representaban lo mejor de su civilización, a la vez engendró un imperio majestuoso que fue arrasado por la barbarie y la codicia del ser humano. Y a pesar de eso, la no existencia como país representativo a nivel intelectual y mundial era una afrenta que todos los habitantes de este país lo sentían como un atropello, haciéndonos sentir culpables de tan devastadora degradación cultural.
Luego de este laurel no será lo mismo andar por las calles y pisar un suelo que engendró un Premio Nobel Literatura, al menos así yo lo siento, creyendo también que para los dichosos esta será una gran oportunidad de comprender que después de tanta ofensa, la justicia llega de manos inesperadas. Bienaventurados quienes reciban esta certificación de existencia intelectual de su país como una tarima, como un impulso innato que nos permita olvidarnos de un Perú mal hecho y nos posibilite desterrar de nuestra idiosincrasia las ganas de volver a escribir otra novela en la que nos preguntemos cuando se echó a perder el Perú.
Anuncio de Mario Vargas Llosa como Premio Nobel de Literatura de 2010
jueves, 10 de junio de 2010
"Todo lo sólido se desvanece en el aire" * consideraciones y reflexiones

Por Carlos Luján Andrade
Modernidad, palabra con muchas connotaciones a través del tiempo y que conlleva a una inevitable asimilación de la época que nos toca vivir. Marshall Berman nos habla en su libro “Todo lo sólido se desvanece en el aire” de los cambios a nivel social, político, individual y sobre todo cultural que remesen las creencias en las que se han sostenido nuestras tradiciones por siglos. El autor propone una crítica a la modernidad impuesta, la que ocasiona el apartamiento de nuestro pasado y origen. Él desea que la veamos a esta como una constante, un proceso empezado hace doscientos años y que aún nos mantiene en conflicto por las transformaciones que acarrea, nos la muestra como parte del devenir histórico y que el “trauma de la modernización” siempre ha sido experimentado por sociedades y culturas distintas y con consecuencias diversas. Sin embargo, rescata de ellas el análisis de sus experiencias para permitirnos nutrir y fortalecer la “nueva” modernidad experimentada y a la que nos dirigimos.
Marshall Berman, para lograr este objetivo se ha valido de obras de autores como Goethe, Marx, Baudelaire y del análisis de la evolución de ciudades como San Petersburgo y Nueva York. Comienza tomando el caso de Goethe, mencionando a su llamado “hombre faústico” haciendo clara referencia a su obra más conocida “Fausto”: el individuo que tiene el deseo frenético e insaciable del cambio hacia mundos mejores pero que finalmente se ve arrastrado hacia la destrucción. La idea de progreso constante e infinito le abre las posibilidades de realizar grandes descubrimientos científicos y tecnológicos haciéndole modificar su entorno natural a costa de la propia ruina del hombre donde él mismo es devastado por la idea de desarrollo. Esta autodestrucción genera una mutación de todo el mundo físico, social y moral de su época.
Otras de las precisiones con respecto a la modernidad las hace citando el Manifiesto Comunista de Karl Marx, en él nos habla de una cierta “admiración” por la sociedad burguesa pujante que debido a su afán de expandir los poderes humanos, de crear medios de producción impresionantes para su tiempo, se generan unas “potencias infernales” que no las puede contener; no obstante, estas fuerzas son vacías y sin profundidad mística, producto de la racionalidad y la ilustración que deriva en el “desguarnecimiento” del hombre: “… desgarrando el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero”. Esta transformación moderna lo alejó de un pasado histórico que es ahora calificado como “falso” e ilusorio, por lo que ahora (en los tiempos modernos) el mundo físico y social es el verdadero. Así, el hombre es liberado de su devoción a “superiores naturales” y aprenden a pensar por y para sí mismo.
Esta nueva forma de sentir sus posibilidades muestra una transformación de los valores, mercantilizándolos y dándoles un precio, por ejemplo: “cualquier forma de conducta humana se hace moralmente permisible en el momento en que se hace económicamente posible y adquiere un ´valor´”. Es así que todo “lo sagrado es profanado”, se desacraliza las profesiones que eran valoradas como venerables y respetadas por todos, re-definiéndose toda actividad en función al capital que es pagado para que estas se realicen.
Al referirse al poeta francés del siglo XIX Charles Baudelaire, nos expone la relación del individuo moderno con un entorno –valga la redundancia- moderno; según Berman, Baudelaire tiene visiones contradictorias. En la primera, la llama la visión Pastoral, donde hace un elogio al progreso humano infinito, adulando a la burguesía francesa por su inteligencia, fuerza de voluntad y creatividad en la industria, el comercio y las finanzas, en el que sus propósitos de desarrollo poseen fines elevados (cultural y políticamente hablando) planteando la posibilidad que esta visión de la modernidad presenta la apertura a la creatividad intelectual y artística. Pero después el mismo autor, en un ensayo llamado “El pintor en la vida moderna”, califica la vida de su tiempo como un desfile de modas, anhelante ferviente de la pompa y los vestidos brillantes, alejados de su propio mundo; a esto es lo que llama lo Contrapastoral. El poeta francés plantea en esta contradicción la confusión entre el progreso material y espiritual, presentando a las “creaciones” del desarrollo -la fotografía por ejemplo- como una nueva forma de conceptuar la creación y el arte.
Baudelaire, según Berman, expone que los cambios del entorno del individuo -es decir su espacio- transforma las almas, “modernizándolas”, dándonos una muestra en su libro “Spleen de París”; ahí nos relata con prosa poética la aparición de los pobres en los nuevos boulevares diseñados y construidos por Haussman en la década del 1850, en las que dichas transformaciones urbanísticas que atravesaban la ciudad, descubren los barrios miserables hasta ese entonces ocultos ya que por primera vez abría la urbe a los habitantes excluidos. De esta manera la aparición de las luces brillantes que trae consigo la modernidad, ilumina los escombros y la pobreza de gentes antes negadas.
Estas transformaciones urbanas de los boulevares en el siglo XIX, emblemas del cambio, fueron reemplazados en el siglo XX por un nuevo símbolo de modernidad: las autopistas, donde el tráfico de los automóviles tomaban las calles, mutándolas; desalojando a los individuos para ser sustituidos por los autos. Tales cambios sucedieron en la ciudad de Nueva York donde Robert Moses, con sus obras públicas en los años 50, demostró que una ciudad puede cambiar plenamente no sólo para satisfacer necesidades políticas o económicas sino también para servir de muestra de cómo puede llegar a ser la vida moderna, así haya tenido que desaparecer parte del barrio del Bronx para lograr dicho objetivo en donde la destrucción y construcción era su bandera, invocando a la renovación de ciudades enteras sin tomar en cuenta que en ellas vivirían individuos, asunto que finalmente llevó al fracaso de su proyecto.
Finalmente, Berman cita a San Petersburgo, ciudad rusa de gran historia y connotación social, política y cultural de la modernidad. Esta fue una ciudad creada en función al ideal de lo moderno; es decir, a la ilusión de hacer de ella una ciudad que manifieste renovación, algo que finalmente no se logró debido al subdesarrollo en la que estuvo envuelta durante su propia evolución. En ella sucedieron modificaciones revolucionarias donde el espacio público llamado la Nevski Prospekt representó, para muchos autores como Gogol, Pushkin, Dostoievski; un lugar donde el hombre “oficinista, culto y sensible pero pobre y vulgar” estaba enfrentado al sentimiento de exclusión y discriminación, sirviéndoles para replantearse el tema de la desigualdad hasta idealizar una sociedad en donde los hombres no tengan porque ser diferentes. San Petersburgo, a través de toda su convulsa historia, representó la sociabilidad y comunicación entre sus habitantes, a la vez mostró un mundo desigual donde unos se imponían sobre otros desde la forma de andar hasta la vestimenta que llevaban. El subdesarrollo vivido en esta ciudad frente a los cambios que quedaron inconclusos nos brinda la posibilidad de entender las dificultades del individuo que se ha formado con la ilusión del desarrollo y que sin embargo aún no la ha podido alcanzar, una situación que hasta en las ciudades más desarrolladas está presente.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire” es un libro revelador, debido a que concatena una serie de experiencias literarias en busca de una identidad que refleje la actitud del ser humano con respecto a su tiempo y entorno. La búsqueda de ejemplos literarios para explicar su posición con respecto a nuestro innegable pasado con lo actual, hace que el libro linde con lo subjetivo y lo literario. Suponemos que la principal intención fue indagar en la sensibilidad artística del individuo para explicar los cambios reales y coherentes que las ciudades de occidente han sufrido en busca de ese “camino infinito” que Marshall Berman llamó modernidad.
Tal vez, al recurrir a las expresiones artísticas, como los manifiestos, poesías y cuentos intenta escudriñar la sensibilidad humana del hombre de la calle que de por sí no tiene una conciencia histórica ni comprometida con su tiempo. Estos individuos intentaron expresar lo que en su ensoñada realidad deseaba la gente expresar. A nuestro parecer Berman acierta al elegir esta forma para plantear sus ideas ya que logra alejarse de posturas filosóficas o sociológicas que más pretenden exponer el cambio que adentrarse en él. Al acercarse de esta manera al individuo, cuando cita los ejemplos del “Spleen de Paris” o los cuentos de Gogol o Pushkin ofrece una visión de la interioridad del individuo que en ese instante se enfrentan a su tiempo y que en muchos casos es percibido como una tragedia que trastoca todo lo que ha creído como “sólido” y verdadero.
Los cambios espirituales y culturales que se ven obligados a recomponer los hombres que viven esta transición producto de un cambio drástico de su entorno, haciendo de sus personalidades seres contradictorios y conflictivos consigo mismos. Esta naciente modernidad les permite verse a sí mismos en nuevas situaciones que antes ni siquiera las habían considerado como dignas de ser analizadas.
La recomposición de estas creencias, les da la oportunidad de ser testigos de un cambio que en muchos casos fue catastrófico para sus tradiciones pero les permitió adquirir una nueva cosmovisión sobre sus posibilidades como individuo: el de convertirse en un ser que podía construir su destino con su técnica y acción. Es así que se le abrió un mundo lleno de opciones haciéndole conocer que su poder se encontraba en su capacidad de transformar lo que había erigido, que podía desaparecer un mundo creado por ellos declarándolo obsoleto tan sólo proponiendo uno mejor o diferente.
La enajenación del hombre de su propia condición es su tema, pero observando de esta época su diferencia de otras y que las concepciones del mundo moderno se están expandiendo existiendo cada día mayores referentes culturales que podrían ser tomados en cuenta. El autor encuentra en el análisis de los inicios de estos procesos de modernización puntos referenciales para decir que a pesar de kilómetros de distancia que nos separan, todos igualmente sufrimos los cambios que construyen y destruyen mucho de lo que ya creíamos bien asentado.
Consideramos que el deseo de Berman de sistematizar los cambios producidos por la modernidad usando ejemplos lúcidos y coherentes, le da a su análisis un carácter de verdad y de un referente importante para elaborar nuestro propio análisis sobre los cambios de un país, como el Perú, que haya sufrido o que lo esté sufriendo.
Nosotros podríamos situarnos en el ejemplo de San Petersburgo, con las diferencias políticas y sociales del caso debido a que es una ciudad que fue condenada al subdesarrollo cuando el fantasma del desarrollo invadía occidente y que los habitantes de ella ya empezaban a sentir.
Lima, nuestra capital, es un ejemplo claro que las ideas de Berman pueden estar vigentes, a pesar de la distancia con las ciudades de occidente. En ella podemos observar la apertura de la ciudad a todos sus ciudadanos con su discriminación de clase y delimitación de espacios públicos por parte de algunos sectores de la sociedad, la imposibilidad de negar la pobreza, la desacralización de las artes y las profesiones, la comprensión que el cambio viene de la acción y no del “verbo”.
Definitivamente, una ciudad como Lima nos puede ofrecer muchos de estos “vicios” de la modernidad escudriñando en nuestro pasado y presente, ofreciendo una visión más clara del rumbo que toma (el caos, la enajenación y la alienación), en donde la modernidad llega de a pocos y que afecta considerablemente a la idiosincrasia de un pueblo que se sostiene en su pasado y que se resiste a rehacerse con lo nuevo que le da su presente.
*Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad / Marshall Berman, Impreso en México, D.F. Editorial / Siglo Veintiuno, 2006 , 386 p
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