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miércoles, 5 de octubre de 2016

Regreso a ser semilla


La expresión de la propia idea es comprometerse con uno mismo, depender de los conocimientos adquiridos para crear algo personal y si es posible, original. La universidad, definitivamente, no es un lugar para ello. Sin embargo, dentro de esta existen espacios donde se puede experimentar tales propósitos, y quizás luego de esos intentos se pueda obtener algo digno de ser compartido. Uno de los espacios hallados fue el Taller de Narrativa de la Universidad de Lima, que por ese entonces era una isla creativa emergiendo de un bloque corporativo de cemento, donde uno decía lo que quería y que con algo de suerte podría trasladarlo al papel. Es en ese lugar donde conocí al escritor Cronwell Jara que por ese entonces lo dirigía. Llegar ahí fue un descubrimiento tan grande como la primera feria del libro que visité (y no voy a negar que al entrar me emocioné hasta casi lagrimear), y digo grande porque los pocos años que había dedicado a la lectura hasta ese entonces los había hecho en soledad y en mi ignorancia no sabía la existencia de talleres de ese estilo. En esa primera sesión sólo estuvimos el profesor Cronwell y yo, así que pude hablar largamente lo que durante mucho tiempo pensé de la literatura y que no había dicho a nadie, me escuchó pacientemente y con dedicación me habló sobre autores latinoamericanos que conocía sólo nominalmente producto de una educación elemental paporretera. Así, al final de dicha reunión, me acompañó a fotocopiar unos cuentos que me dio y que serían de necesaria lectura si en algún momento  quería escribir un buen relato (aún conservo esas hojas) También fue en ese taller en el que leí mi primer cuento escrito en mi época escolar y yo, creyendo que existía la posibilidad de mejorarlo, el profesor Cronwell lo sentenció lapidariamente con un: “está bien como ejercicio”. Durante ese periodo de aprendizaje fui un oyente dedicado de aquel taller de narrativa (como en muchos otros luego de este), donde iba a escuchar de autores y libros, y sobre todo, ver cómo era la construcción de nuevas obras que unos compañeros compartían con orgullo y otros con vergüenza y recelo.  Aprendí demasiado en ese taller, comprendí con agrado y alivio que la creación literaria no era sobrehumana y más aún, que no estaba sólo en dicha labor. Y que en ese literario primer paso se marcaba el descomunal viaje hacia el encuentro con uno mismo.


Hacerle llegar mis libros al profesor que me develó con generosidad el espíritu y el organismo de la escritura ha sido una experiencia gratificante.


                                       Carlos Luján Andrade / Cronwell Jara Jiménez

lunes, 15 de agosto de 2016

El Comedio del Breñal de Carlos E. Luján Andrade por Iván Fernández-Dávila

El Comedio del Breñal 
de Carlos E. Luján Andrade



Es cierto
es cierto que este mundo en que nos falta el aire
solo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del diario.
Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el postrer instante santifica la vida.
Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.

Michel Houellebecq


Carlos Luján Andrade propone un libro extraño desde el título —que el narrador se encargará de esclarecer—, fuera de lugar, ajeno a la tendencia actual de la narración autobiográfica y sustraído también a la tendencia anterior; es decir, textos basados en los años del conflicto armado interno, aunque hay unas líneas más o menos veladas que parecen incluirse no sin cierta culpa. Es un libro en el que no sucede prácticamente otra cosa que la reflexión compulsiva del protagonista: Julián Farkas. Ese pensamiento neurótico anegado en su finitud y las vueltas y torceduras del mismo en la búsqueda de sentido a su existencia.

Luján Andrade ha creado un personaje difícil: exmillonario, con formación universitaria, taxista, barbudo, poeta. De soterrado e involuntario humor. A ratos conmovedor en su inocencia y en su angustia existencial. Repulsivo en su arrogancia y ceguera. Exagerado, conservador, atribulado, fascistoide, religioso cercano al fanatismo, perdido en una ciudad que percibe vulgar e injusta. Desearía ser un cruzado, vivir en los días de los grandes relatos, aferrarse a un sentido de existencia más grande que la vida individual, ser un guerrillero, un mártir cristiano devorado por los leones, un fanático en misión suicida, morir por algo. Incapaz de salir de sí, no sabemos si amó o fue amado. Mutismo acerca de cualquier afecto maduro; sí muy breves evocaciones a la infancia, anhelando esa «patria del hombre», así llamada por Rilke.

El monólogo inicial lo pincela resueltamente: un histrión, pero herido. Se acerca al narrador en una sala de espera del seguro social, quien por alguna razón no lo evade o tilda de loco de buenas a primera. Hastiado y vacío, Farkas declara haber regalado casi toda la fortuna que había logrado obtener a temprana edad y sin esfuerzo. La razón la esboza así: despertó enajenado escuchando dentro de sí el debate de cientos de espíritus discutiendo indignados su predilección por lo inservible. Gregorio Samsa esquizofrénico. Cita poemas, va de un lado a otro. Ha encontrado al espectador (el narrador) y realiza su papel esforzadamente antes de entregarle un mamotreto con sus escritos alegando que está perdiendo la memoria; luego, desaparece.

En sus textos, Farkas nos resulta familiar. Es uno de los hombres de nuestro tiempo, ese que se encuentra escindido en la concepción dualista de la existencia; que, siguiendo a Platón, piensa en términos de cuerpo y espíritu en pleno Postmodernismo. Arrojado en un mundo sin Dios, se debate entre aceptar el nihilismo que repudia y que lo tienta y el deseo desesperante por alcanzar una fe que le resulta esquiva. Ni pensar en acomodar la idea de Dios en la vida contemporánea, un Dios más accesible a la cotidianidad, como el propuesto por John Caputo con su «Dios débil». Esto es no divinizar al hombre, si no humanizar a Dios. Para alguien como Farkas es inadmisible. Imposible vivir sin el dogma férreo, sin la fidelidad a la escritura, sin la fantasía de la batalla contra los infieles. Le urge una estructura que justifique sus días y en la cual guarecerse. Necesita un amo, una promesa, un sentido para responder la pregunta existencial.

Como no lo consigue, no soporta ser; de modo que intenta ser otro, prueba nuevas máscaras, ensaya vidas distintas y fracasa irremediablemente. La primera de estas, según lo que se puede desprender de sus escritos, es la del exceso. Fue Blake quien escribió: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría». También fue él quien dejó escrito en uno de sus impresionantes grabados: «Busqué el placer y solo encontré un dolor inexpresable». 

Farkas se entrega a experiencias diversas, aparentemente vive un período de «sensation seeker»; como resultado arruina su cuerpo y empieza a pensar en su desaparición, lo que le produce miedo. «El temor a desaparecer (…) me deja en un estado de miedo constante obligándome a replantear cuestiones ideológicas o cotidianas». Es entonces que inicia su reflexión obsesiva a partir del cuerpo, siendo un dualista sin remedio. «En esta condición de “ser en el cuerpo” es que aprendemos más del espíritu».

Farkas proclama la fatuidad e injusticia del mundo del que no puede escapar. Harto de los límites del cuerpo y de la razón, acaricia la posibilidad de la desaparición voluntaria. De la mano de Heidegger y el ser para la muerte, comprende que la vida es un camino hacia la nada. Demuestra otra fisura en su supuesta condición cristiana: no tiene fe en la vida posterior, mucho menos en la resurrección, sabe que le espera el vacío. «Debería existir una filosofía del suicidio, no de la muerte», escribe, desconociendo a Cioran. Olvida también y, sobretodo, El mito de Sísifo de Camus: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio».

Farkas propone ubicarnos en «sensaciones eternas» que podemos encontrar en la literatura, la música, la religión, «para crear la abstracción mental que nos reciba luego de la autoeliminación». Volvemos a Camus: «La belleza, que ayuda a vivir, también ayuda a morir»; sin embargo, hace lo contrario a lo propuesto por el francés y se aferra a la irracionalidad, lo que el autor de La Peste denominó el «suicidio filosófico» —solo de ese suicidio será capaz Farkas—. No alcanza la dicha de Sísifo porque no le es posible aceptar el absurdo y, a pesar de esto, construir una vida con alegría. Por ello, desesperado y culposo, abandona sus reflexiones al respecto y clama: «¡Dios!, ¿quién será el ejecutor? ¿Una ley y un Estado puro tan infalibles como tú? ¿Acaso es imposible? Tortuosa tarea el imponer tu ley en manos del hombre».

Y es que Farkas exige exactamente eso: una ley divina, una teología fuerte. Exige una sociedad comprometida desde un espacio-tiempo sepultado en el relativismo de un mundo salvaje en el que grandes muchedumbres humanas pugnan devorándose entre sí y la única exigencia es sobrevivir un día más. Es evidente que Farkas encontraría justificación existencial en una teocracia pero, por otro lado, no soporta a las personas, es un misántropo y no sabe cómo vivir en comunidad. Se siente abandonado, incomprendido. Piensa en Cristo, se aferra a la idea que tiene de él, la posibilidad de un amor real y grande: «En las palabras de Jesús podemos encontrar algo de verdad: la grandeza que le dio al significado del amor. Su actitud transgredió lo venerado hasta ese entonces en donde la fuerza romana y el fervor imperial validaban las leyes de los dioses». De acuerdo a su estado de ánimo, oscila entre los genocidios del Antiguo Testamento y el poner la otra mejilla del Nuevo Testamento. Vive fuera de sí, en entelequias y solo si el hombre es una abstracción, lo acepta, jamás al individuo, jamás al otro. «Sí, yo amo a la humanidad mas no a los hombres». Y no tiene el menor interés, no sabría cómo, de anular esa distancia. «No deseo comprender a los demás, fatiga al entendimiento, retiene al espíritu en una caja e impone la voluntad ajena en nuestra conciencia. Es preferible caer en la necedad libre, fresca, pura y auténtica a declinar el parecer propio ante argumentos engañosos y potencialmente erróneos». Ególatra, cree poseer la verdad a ultranza y prefiere no arriesgarse a no tenerla, descarta el diálogo y se abraza en soledad. Totalmente aislado de los hombres, mísero y meditabundo, en su profunda desolación delira: «He comprendido el orden del cosmos». Por ello, no sorprende que llegando al final de sus escritos emprenda, sin sustancias externas de por medio, un viaje interior a las profundidades de su cuerpo en el que observa pasajes del universo. Y, otra vez, al igual que no se atreve a ir al límite en sus reflexiones tampoco se deja llevar en sus alucinaciones.

Finalmente, considerando que estos viajes introspectivos lo dejan ad portas de una nueva vida, discurre por el centro de Lima «buscando la necesidad de nutrirse de sueños fértiles» y halla un texto perdido que, para cerrar el juego de espejos y máscaras, apareció en la revista El Círculo de Tiza, que el autor Carlos Luján Andrade dirigió. «Contra los impíos» es un texto vesánico en el que Farkas consigue correspondencia y alivio, allí revive su fantasía de ser un guerrero de Dios, ansioso por derramar la sangre de quienes considera impuros ante lo divino. Bastan unas líneas para observarlo: «¡Ahí vamos infieles, les espera la más sangrienta muerte! Los mensajeros de la razón nos dicen que tienen armaduras de cartón y espadas de papel, nos triplicarán en número, pero el coraje espartano está en la embriaguez del alma. ¡Porque llegaremos, sí, lo juramos ante Dios y ante la razón! ¡Ahora, serán desangrados canallas, para que nuestros sueños fluyan en sus venas!».

Inmediatamente después, asqueado, deambula por las calles de Lima, apretado en una cola del seguro social o reclamando en voz alta que le sirvan un café. Barbudo y dividido, este taxista con estudios superiores, se diluye en un mundo que le es absolutamente ajeno: «Así me alejo, entre la muchedumbre callejera vestida con trajes de lino y cólera».
A pesar de todo, después de leer y pensar en sus escritos, uno se pregunta: ¿no tendrá razón Farkas en su desprecio por el hombre? El problema es que no encuentra contrastes, no ve algo que le haga creer que la vida vale la pena ser vivida. Nada le interesa, nada le atrae. Carece de vívida experiencia humana. Su fe es débil y su religiosidad no le alcanza, porque es además equivocada. Habla de una «cristiana soledad» cuando el cristianismo verdadero implica necesariamente al prójimo, al amor y el perdón. La incapacidad de comunicarse con el resto lo hunde en su egoísmo. No tiene ni siquiera la amistad, mucho menos el amor, que hacen llevadera la existencia. Aspectos en los que podría encontrar momentos de solaz, significado y belleza. Ignora que el sentido que exige a los días no existe y que es justamente en el transcurso del tiempo que uno cree conseguirlo a través de un oficio, de un compromiso, de una vocación. Y por eso no es posible en soledad, sino en la existencia del otro que justifica la nuestra. Su concepción de la mujer, si es que la ve, es la de un entomólogo. No llega a creer en nada ni siquiera en «no creer en nada» y así, al menos, regodearse en su nihilismo. Lo único que tuvo fueron sus libros y como Peter Kien, el protagonista pergeñado por Canetti en Auto de fe, de buena gana se prendería fuego rodeado por estos si no lo frenara el pavor a desaparecer.

Al final, cabe recordar las palabras de Víctor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: «El hombre se destruye no por sufrir, sino por sufrir sin sentido». Esa es la tragedia de Farkas —y la de casi todo el mundo—: sufre en vano y está a punto de desaparecer.

Farkas, en un acto final antes de perder su memoria y su humanidad del todo, obtiene la posibilidad de una esperanza. La entrega «al otro». Se entrega. ¿Qué somos sino nuestra memoria? En el momento en que deja de autocontemplarse, de desmenuzarse cavilando, vislumbra la posibilidad de ser. No refugiándose en guerreros medievales ni en viajes en astronaves alucinadas hacia el interior de su cuerpo, sino que es un simple paciente esperando en un hospital por ser atendido. Un extraño, un cualquiera. El infierno es el otro solo cuando no hay compasión. No sabemos cuál fue el destino de Julián. Es a través de la figura del narrador y la decisión de este por publicar sus escritos que Farkas consigue el sentido que tanto persiguió. No en uno mismo, sino en los demás. En la solidaridad y en la compasión su tormento encuentra significado.



sábado, 9 de octubre de 2010

Lima, Post Nobel

Mario Vargas Llosa, cuando fue candidato presidencial en 1990 por el Frente Democrático (FREDEMO)

Luego de mi recorrido obligatorio por el centro de la ciudad de Lima, no dejo de pensar en que un escritor peruano haya recibido el Premio Nobel de Literatura tan solo hace unos días, un novelista criado en un país casi estancado en el medio del mapa de evolución que toda sociedad desarrollada se esmera en trazar –y si es que el nuestro lo decide continuar siempre lo hace a trancas y barrancas-. Porque es sintomático que este autor comience una de sus más representativas novelas justamente haciendo que su personaje principal critique a su país que lo ve degenerado reflexionando sobre cuándo todo se fue al traste.

Reflexionando en base a esa idea me pregunto ¿Qué puede representar el Premio Nobel de Literatura para un individuo como uno, que pasea por las viejas calles limeñas en la búsqueda del cumplimiento de las obligaciones diarias?, pues como una camioneta llena de víveres que llega a un pueblo hambriento, así ha sido recibido este reconocimiento internacional, puesto que de alguna manera la mayoría de personas se sienten parte de este inmenso laurel ante la falta de una corroboración latente de que sí vale la pena ser peruano después de todo. Nos hemos sentido incluidos recordando nuestras primeras lecturas en el colegio donde nos aprendíamos de memoria los títulos de sus obras o siendo los espectadores en la mejor fila, de las adaptaciones cinematográficas de ellas, porque nos es gratificante sentir la cercanía y la familiaridad de aquel que ha triunfado por nosotros.

Y ese es el aire enrarecido que deja este Premio Nobel, sobre todo para aquellos que amamos las letras, los libros, la lectura y el poder de las ideas. El reconocimiento hecho a un autor que escribió sus mejores obras sobre este país, nos involucra directamente con tamaña gloria (así nos haya criticado ferozmente en cada uno de sus relatos), revaloriza una sociedad y una cultura que por centurias ha sido relegada, donde potencias culturales nos ningunearon por tener una cosmogonía distinta a la de ellos.

Esta premiación no es un evento más así algunos deseen rebajarlo a un simple evento individual y antojadizo que ha estado lleno de vicios y conveniencias en el pasado; y puesto que sería sensato respetar dicha opinión porque el Nobel lo obtuvo Mario Vargas Llosa a título personal con puro trabajo e inspiración; sin embargo, para aquellos que sienten que este es un galardón que se comparte, tienen derecho a percibir la estela intensa que dejará en la psiquis del país.

El que los reflectores mundiales se concentren en iluminar la existencia de nuestra sociedad y de las que derivamos, al ser incluido uno de sus ciudadanos dentro de los máximos representantes del primer y más evolucionado mundo, hace que esta sea reivindicada. De tal manera que en este hecho reside un acto de justicia, no sólo para el escritor que desde hace 30 años debió de haber recibido este reconocimiento, sino para toda la mixtura de culturas que abarcó y abarca esta región, para los distintos tipos de pensamientos y formas de concebir la creación.

Nuestra región tuvo una variedad importante de culturas que representaban lo mejor de su civilización, a la vez engendró un imperio majestuoso que fue arrasado por la barbarie y la codicia del ser humano. Y a pesar de eso, la no existencia como país representativo a nivel intelectual y mundial era una afrenta que todos los habitantes de este país lo sentían como un atropello, haciéndonos sentir culpables de tan devastadora degradación cultural.

Luego de este laurel no será lo mismo andar por las calles y pisar un suelo que engendró un Premio Nobel Literatura, al menos así yo lo siento, creyendo también que para los dichosos esta será una gran oportunidad de comprender que después de tanta ofensa, la justicia llega de manos inesperadas. Bienaventurados quienes reciban esta certificación de existencia intelectual de su país como una tarima, como un impulso innato que nos permita olvidarnos de un Perú mal hecho y nos posibilite desterrar de nuestra idiosincrasia las ganas de volver a escribir otra novela en la que nos preguntemos cuando se echó a perder el Perú.


Anuncio de Mario Vargas Llosa como Premio Nobel de Literatura de 2010

martes, 21 de septiembre de 2010

El Ocaso de la Lectura *

Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano hay que ser capaz de leer humanamente, con toda el alma”
Harold Blomm


“Debemos comprender y sentir lo bello en todas las cosas y cultivarlo como ideal en la vida”
Cicerón (106 A.C. al 43 A. C.)



Por Carlos Luján Andrade


Uno de los elementos más importantes de la comunicación, utilizado como medio para obtener los conocimientos generados por siglos, y que nos da la oportunidad de llegar a ser más que simples espectadores de la evolución del hombre, está siendo derivado al olvido, al desconocerse la verdadera naturaleza de su uso, corriendo el riesgo de ser llevado a la más ilustre ruindad.


Desde la educación elemental nos enseñan a valorar la lectura como el principal medio de aprehender nuestro entorno cultural, y, al mismo tiempo, a ver en ella el proceso por el que podemos alcanzar el conocimiento de nuestra civilización, y, en todo caso, como un camino que, con su práctica, nos llevará a la reflexión y nos permitiría desarrollar nuestras capacidades tanto individuales como sociales. De este modo, el ejercicio de la lectura (al menos en concepto) ha sido internalizado como la fórmula que nos liberará de la ignorancia con que venimos al mundo. La importancia que la humanidad ha dado a esta idea, nos ha llevado a creer que su práctica es algo implícito a nuestra condición de seres humanos, haciéndonos llevar la vida en función a esta aparente certeza. Al punto que en todo intento de culturizar a una sociedad se recurre al ejercicio de la lectura como la herramienta indispensable para lograrlo. Sin embargo, la responsabilidad de que una sociedad tome la senda de la verdadera civilización depende de la voluntad de cada individuo, sin olvidar que, en general, todos desean llegar a un nivel de raciocinio que pueda socorrerlos ante cualquier problema – material o filosófico – que se les presente en su vida diaria.

Pero al observar una sociedad en la que el ideal de la lectura es lo último que se persigue, se pone de manifiesto la contrariedad existente entre la imagen casi divina que durante centurias han forjado los hombres de esta herramienta –utilizada para indagar en sus almas sobre sus verdaderas posibilidades – y la pavorosa indiferencia que se tiene frente a ella. A pesar de ello, no podemos estar de acuerdo con quienes señalan el fracaso de la lectura como herramienta culturizadora. Porque esta actividad constituye un fenómeno que va más allá de la mera función social, pues implica, antes que nada, la necesidad de conocer su motivación personal. Explicarnos la naturaleza del acto de leer se nos presenta desde el momento en que se abre un libro y en el cual, letras agrupadas en diverso orden, nos permiten explorar acerca de nuestra propia condición.


La lectura como aparente herramienta culturizadora

La intención de toda sociedad moderna es forjar en cada uno de sus miembros una conciencia cultural que refleje sus elementos materiales y espirituales, logrando que se identifiquen con el lugar en que se desenvuelven. Ésta es la principal tarea culturizadora de una sociedad. Sin embargo, sólo mediante un desarrollo sostenido y sistemático que permita conocer sus diferentes manifestaciones –tales como la lengua, la ética, el arte, las ciencias – se podrá alcanzar el auge cultural. Si bien esta idea aparece como la más deseable, sólo se cumple a cabalidad en la educación elemental, pues sólo en la primera formación se parte del supuesto de la total ignorancia del individuo acerca de todo conocimiento elevado. La enseñanza está destinada a llenar dicha brecha, pero la responsabilidad de seguir el camino educativo (culturizador) se encuentra en nuestras manos. Consideramos que el primer y fundamental error sobre la labor de la lectura, radica en creer que ésta, por sí misma y en toda circunstancia puede culturizar a un hombre en el que no exista la necesidad de continuar su propio desarrollo, en otras palabras, que si una persona no tiene la intención de proseguir su formación, no puede ser obligada a buscar la condición de quien persigue la cultura, a ser un individuo culto.

Lo que puede ser explicado más claramente de la siguiente manera: las manifestaciones culturales del hombre –entre las que se encuentran las artes: la pintura, la música, la escultura y la escritura – aunque son generadas por sus propias manos, siempre son precedidas de un impulso primario sin el cual no sería posible realizarlas. A nadie se le ocurriría exigir a un ser humano sin dotes artísticas que, por ejemplo, elabore una escultura, ya que, de realizarla, la haría mal o simplemente nunca la terminaría, con la lectura sucede lo mismo. No se puede pretender que por el simple hecho de conocer las conjugaciones de los verbos o el uso de adverbios y sustantivos, cualquier individuo se encuentra en condiciones de leer correctamente, ya que al mero hecho mecánico le hace falta la parte más importante para su verdadera práctica, vale decir, la propia disposición individual. Por lo que, si la lectura ha fallado como herramienta culturizadora, no es por falencias propias, sino por las de aquellos que la practican.


El carácter esencial de la Lectura:

Para evitar que ello suceda, la realización de esta actividad requiere que una constante preparación continúe lo que un primer impulso llevó a iniciar individualmente. Ahora bien, en cuanto a la pregunta de ¿para qué se lee?, me cuidaré mucho de caer en el común error que pretende encontrar la finalidad de la lectura en su capacidad para estimular la imaginación o distraer la mente con un momento de fantasía; argumento con el que insistentemente creen dar respuesta a la mencionada interrogante cuantos han tratado este tema. Por mi parte, sostengo que es necesario replantear la pregunta y ampliar su contenido con la siguiente fórmula: ¿por qué y para qué se debe leer?

En primer lugar, no debemos dar a la lectura el carácter de entretenimiento, pues, de lo contrario, el primer texto dificultoso o ajeno a nuestros intereses que se nos presente lo rechazaremos, creyendo que esta práctica sólo debemos ejercerla cuando nos otorgue placer o, en el peor de los casos, cuando nos brinde una utilidad práctica con lo cual se desvaloriza su ejercicio y se pierde la razón de ser de esta actividad. El conocimiento debe ser nuestra única motivación para leer, cualquier otra invalidaría su ejercicio. Con esta afirmación no se pretende negar la libertad de las personas a elegir la forma en que realizan sus actividades. Sólo se quiere señalar que quienes realizan esta práctica tienen la responsabilidad de impedir que se haga un uso equivocado de una herramienta que fue diseñada para comunicar lo más excelso que se ha dado en la evolución humana. Por ello hacíamos hincapié en que sólo su constante práctica puede desarrollar en nosotros la suficiente capacidad de abstracción que nos permita acceder a los pensamientos más elevados de nuestra civilización. El que se haya hecho de ella una tarea complicada se debe a que la lectura, así como la escritura, es un artificio creado por nuestra necesidad de comunicarnos, que, al no formar parte de nuestros instintos, origina el natural rechazo de algo que no es visto como una extensión de nuestro ser, sino más bien como un obstáculo que podemos evitar. De ahí que sociedades en las que lectura y escritura son prácticamente nulas, pueden sobrevivir perfectamente, pues no forman parte de sus necesidades fisiológicas, lo que nos demuestra que, a través del tiempo, el hombre en general ha podido prescindir de ambas.

Se entiende de estas afirmaciones que la lectura, si bien en un primer momento se práctico por el carácter comunicativo e indagador del hombre, conforme el pensamiento fue evolucionando a través de las épocas, sus exigencias para ejercerla fueron cada vez mayores. Sobre todo a partir del Renacimiento y de la Ilustración, el conocimiento transmitido es esa época, mediante la escritura, ocupa la posición más importante en la historia de Occidente. De esta manera, las reflexiones teológicas, filosóficas, políticas, y artísticas de los grandes pensadores de la época, debido a la gran proliferación de textos escritos, se encontraron por primera vez al acceso de las masas, con lo que el conocimiento de tales pensamientos se halló sometido a la libre interpretación de cada lector. A esto se debe que los ideales y los mundos utópicos concebidos por pensadores de todas las épocas, jamás fueron concretados en la realidad. Se cree explicar este fracaso en el hecho de que la realidad es incompatible con semejantes pensamientos, sin tomar en cuenta la posibilidad de que tales propuestas reflexivas, al ser generadas por hombres de elevada intelectualidad, entrañen una visión de la realidad mucho más profunda que la de la mayoría de hombres, quienes difícilmente podrían comprenderlas a cabalidad. Tal confusión tiene su origen en que, siendo para pensadores y para quienes no lo son y se usa el sistema único para expresarse (el lenguaje) –ya sea al escribir o al hablar– todo hombre se cree en la posibilidad de manifestar su opinión con respecto a cualquier idea.

No se pretende en este texto excluir a quienes tienen el deseo de leer y que lo hacen con la mejor voluntad. Sólo se quiere dejar en claro que la lectura no es una práctica mecánica; antes bien, su aprendizaje debe seguir el siguiente orden: primero, aprender a pensar y hablar, luego, a leer y escribir. Importante principio que debe tenerse en cuenta antes iniciar una tarea que, si es ejercida con respeto, nos permitirá conocer lo más excelso del conocimiento humano, excluyendo, por supuesto, la literatura perjudicial e improductiva.


El devenir de la lectura:

Aunque pueda parecer algo absurdo es posible preguntarse si, de hecho, la actividad de la lectura tiene futuro. Considerando las actuales condiciones sociales puede asegurarse que esta práctica se realizará aún por mucho tiempo bajo las mismas características; por ejemplo, se preferirá la inmediatez a la profundidad en la comprensión de los textos, así como la brevedad y la banalización de los contenidos. Insistir en la idea de que la lectura tiene el futuro asegurado puede hacer que su práctica sea cada vez menos visible en las actividades del hombre. El caso extremo se presenta en el llamado hombre des-culturizado –condición ya socialmente reconocida – que, sin entender la real dimensión de esta actividad, se conforma con repetir que la lectura es imprescindible para el desarrollo individual y social del ser humano, transformando un real y válido mensaje en pura retórica con la única intención de ocultar su pobreza intelectual y una realidad que se muestra involutiva.

No puede esperarse que con sólo difundir y luego abandonar esta práctica en manos de la mayoría de seres humanos se ha asegurado su permanencia dentro de las necesidades humanas, porque, como anteriormente anotábamos, lo único que con ello puede asegurarse es que esta actividad se repliegue a los estratos culturales en los que se realiza. Así como se maneja un discurso sobre recursos naturales, medio ambiente o especies en extinción, si no es debidamente cuidada la práctica de la lectura podría extinguirse y desaparecer irremediablemente de las actividades del hombre, para, finalmente, perderse como un episodio más en la larga e infame historia de la civilización humana.

¿Qué nos lleva a dar crédito a tan rufianesca predicción? Solamente el observar que de la etapa de la letra impresa, iniciada en el siglo XV, pasamos a otra que se basa en medios visuales y orales, que exalta lo tecnológico en desmedro de lo tradicional. Nos referimos a que si aún estamos muy lejos de dominar la práctica de la lectura y de la escritura, ¿por qué intentamos sustituirlas con elementos que no contribuyen a alcanzar dicho dominio? Los seres humanos ya no se conmueven al leer un poema o una novela, ninguna idea les evoca la lectura de un buen ensayo, ya que prefieren las imágenes de los documentales cinematográficos o bien saciar su vana curiosidad con la realidad virtual, pues se dicen: “¿para qué abstraerme si puedo materializar lo que quiero?”, con lo cual la expresión de sus emociones queda limitada a lo existente. Asentando su conocimiento sólo en lo percibido por los sentidos, el hombre regresa a la primaria necesidad de sentir estímulos para poder vivir.

Con espeluznante indiferencia, el hombre está dejando a la lectura en un estado calamitoso, en ruinas una práctica destinada a imponerse como el bastión más fuerte de la cultura humana. Cuando se comprendió la real intensidad de su poder persuasivo se abusó despiadadamente de ella. La historia nos muestra etapas en las que se prohibió la lectura de libros considerados peligrosos o tendenciosos; y otras etapas, como la nuestra, en las que la abundancia de libros ociosos lleva al hombre a su inevitable perdición intelectual. En efecto, el hombre se ha dado a sí mismo tan bajo golpe, que será muy difícil su recuperación.

Lo complicado del asunto nos ha llevado a resaltar un punto de vista que generalmente omiten los escritos que tratan sobre el fenómeno de la lectura, que es el referido a la dimensión estrictamente personal de su ejercicio, importante consideración que es soslayada siempre que se parte de la premisa de que estamos entrando a una fase posterior a la del ejercicio de la lectura.


Consideraciones Finales:

Estando al lado de tantos libros nos preguntamos si la vida nos alcanzará para leerlos. La verdad es que no lo creemos. Pero el saber que existieron y existen hombres que expresaron y expresan sus ideas con mucha pasión, tristeza, indignación, alegría y fe, nos lleva a la conclusión de que debemos dar lo mismo al leerlas; este es nuestro deber como hombres civilizados.

No perdamos el tiempo leyendo cosas que no motiven nuestros corazones y que no nos impulsen a alcanzar nuestra verdad. No permitamos que nos engañen y nos hagan creer que el tiempo en que vivimos es producto de un elevado desarrollo espiritual del hombre. Antes bien, las presentes son páginas que debemos pasar de largo para poder llenar las siguientes con algo que sea verdaderamente digno de posteridad.



Cita complementaria:

“Si leemos, piensa otro por nosotros; sólo repetimos su proceso mental. Es como si el discípulo trazara con la pluma los rasgos escritos con lápiz por el maestro. La lectura nos quita en gran parte el trabajo de pensar. Así nos sentimos aligerados al pasar de nuestros propios pensamientos a la lectura. Pero durante la lectura es nuestra naturaleza realmente el campo de batalla de pensamientos extraños. Así sucede que pierde poco a poco la capacidad de pensar por sí mismo, aquél que lee mucho y casi todo el día, distrayéndose con pensamientos irreflexivos en los intervalos, igual que pierde la manera de andar quién siempre está montado a caballo. Es el caso de muchos sabios: se han leído antes. Porque la lectura continua reanudada en todo momento libre, atrofia intelectualmente, más aún que el continuo trabajo manual, porque éste permite al menos algunos pensamientos propios. Como un resorte pierde elasticidad por la presión de un cuerpo extraño, así el espíritu pierde la suya por constante presión de ideas extrañas, y como el exceso de alimentación corrompe el estómago, perjudicando al cuerpo, también llena y ahoga el espíritu el exceso de alimento intelectual. Cuanto más lee, menos huellas de lo leído quedan en el espíritu; es como una pizarra sobre la cual están escritas muchas cosas, las unas sobre las otras. Así no se llega a similar, y no se consigue el propio de lo leído. Si se lee siempre sin reflexionar sobre ello, no arraiga y se pierde. En general sucede con el alimento espiritual como con el corporal: apenas se asimila la cincuentava parte de lo que se come.

El resto desaparece por evaporación, respiración, etc. Los pensamientos puestos en el papel no son, en general, más que las huellas de un paseante de arena; se ve el camino que ha tomado; pero para ver lo que ha visto hay que emplear sus propios ojos”

Arthur Shopenhauer



*Texto originalmente publicado en la revista "El Círculo de Tiza" n° 2, 2003, Lima - Perú; también aparece en la sección La Columna de Loscuentos.net

Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...