Cuando el poder opresor y confeso cae, la alegría del pueblo es efervescente, potente y honesta. No obstante, luego la ambivalencia y el cinismo invaden al nuevo régimen porque las ansias de poder no se disipan cuando uno abusivo cae, sino que esta busca maneras menos francas para subsistir. Es ahí cuando el pueblo confundido no sabe cómo zafarse de él porque ya no es tan evidente como el anterior. La peor lección sería aceptar un abuso de poder cínico y moderado porque lo comparamos con el abusivo y sincero desterrado.
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