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viernes, 17 de noviembre de 2023

Destacable solidez. "El Romántico" de Carlos E. Luján Andrade

Por Alonso Rabí Do Carmo 

El cuento ha sido casi siempre un género en el que los experimentos formales han tenido escasa fortuna y, al menos desde que Poe firmó la casi eterna forma del cuento moderno, sus características —estilos más, estilos menos— se han mantenido intactos. Un eje dramático que privilegia el sentido de la tensión, la brevedad y un final sorpresivo, de efecto variado, especialmente irónico, continúan siendo ingredientes centrales, acaso invariables, en un relato. 

Luego de leer los relatos que componen El romántico de Carlos Luján Andrade, uno encuentra que esas lecciones han sido tomadas con provecho. Pero hay que añadir también unas depuradas maneras de afrontar el realismo, haciendo un doble movimiento: mirando hacia la tradición y construyendo un lenguaje personal. 

La mirada a la tradición en estos relatos tiene sin duda una impronta ribeyriana: un vasto catálogo de personajes atrapados en alguna obsesión, empeñados en derrotar al destino inexorable de sus vidas. La lucha es desigual e inútil; de ellas surge un conmovedor sentido heroico, de varias tonalidades, que es el que traslucen muchas de las criaturas que pueblan las páginas de este libro de Luján Andrade. 

La construcción de un lenguaje personal tiene que ver con la gama de sentimientos que van suscitando los cuentos en relación con sus escenarios y vertientes: si se trata del ámbito urbano, el relato se decanta por una expresión de descreimiento; los textos de tono cercano al fantástico, en cambio, muestran una proclividad a lo libresco y ofrecen un singular reto interpretativo; sus incursiones en el mundo rural amplifican sensaciones perturbadoras. 

El cuento inicial, titulado «La noticia», presenta algunos aspectos singulares, sin alejarse demasiado de lo dicho aquí sobre la práctica realista. Es de interés que el narrador emplee el vocativo en su relato: «No quería que se lo dijeras, era todo lo que te pedía» (p. 13), dicen las primeras líneas. En adelante, el sentido del cuento es la confrontación de un personaje y en un verdadero giro argumental. Luego de enumerar profusamente las malas acciones cometidas por el personaje, se suma el sarcasmo: este es, ni más ni menos, un sacerdote. Una variante creativa de la antigua lucha entre el ser y el parecer (la apariencia). 

El cuento siguiente, «Siete moscas», se ubica en la orilla de lo extraño, de lo insólito. Combina la superstición y recuerda, como intertexto remoto, a un cuento de hadas en el que el personaje mata siete moscas de un solo golpe —«El sastrecillo valiente»—, quien gracias a esta hazaña viaja por el mundo enfrentando diversos peligros y combatiendo con seres sobrenaturales. Luján Andrade plantea este esquema, pero lo coloca en el contexto social: matar siete moscas decidirá el rumbo de una negociación entre una empresa minera y la comunidad. 

Otro cuento destacable es «Selección de personal», de trasfondo kafkiano, pues propone situaciones en las que la lógica se torna difusa, las cosas se acercan cada vez más al absurdo, y en el final brilla la ironía, considerando el trabajo, visto como práctica de dominación, como un verdadero tesoro. 

Estos tres relatos, de alguna forma, marcan el tono del libro y las posibilidades de estilo y significado descritas anteriormente. 

El libro se divide en dos partes, y en la segunda se encuentran logros tan destacables como en la primera. El cuento «¿Recuerdas el fútbol peruano?», por ejemplo, juega con un referente popular ineludible en nuestro país, pero en un relato de corte futurista: «El fútbol ha dejado de ser un deporte popular hace muchos años, y él, un hombre de noventa y cinco años, era el último sobreviviente del último título nacional del ya extinto club Alianza Lima» (p. 119).

A esa segunda parte pertenece también «El lenguaje», un relato que intenta retratar una situación primigenia: el nacimiento del lenguaje, el nacimiento de un mundo, tema que tiene, sin duda, reminiscencias borgianas (recordemos, por ejemplo, «Las ruinas circulares»). El personaje es expuesto a las fuerzas de la naturaleza y el paisaje, sus sentidos van aprehendiendo todo con rigurosa curiosidad y apetito, así descubre sonidos, formas, secretas armonías. Se trata del cuento con un lenguaje más cercano a lo poético y, por momentos, con un aliento de ensayo filosófico: «Tétricas eran las noches, ya no podía ver mucho por la escasa claridad y me consolaba con el recuerdo de lo creado y visto en el transcurso del día. Mi memoria era frágil pues no podía recordar más allá del día que había despertado sobre unas hojas secas. Era tal mi desconcierto que asumí que ese fue mi nacimiento, mi primera vez sobre la vida y lo visto no era otra cosa que una primera experiencia» (p. 109). 

El conjunto de diecinueve relatos que dan forma a El romántico es bastante parejo, aunque, por supuesto, destacan algunos cuentos sobre otros, como los que se han detallado líneas arriba. El conjunto muestra una solidez destacable y deja en los lectores la sensación de que el cuento es uno de los mejores vehículos expresivos de la experiencia humana. Sus personajes, atormentados por sus deseos, por su pasado, por su presente o marcados por un destino ante el cual se saben derrotados de antemano, forman un mosaico en el que podemos reconocer muchas de las ansiedades, los miedos, los espantos que ensombrecen la vida contemporánea. En eso radica, creo, el aporte de este libro, que considero de lectura necesaria.


Texto aparece originalmente en: https://proyecto-leer-es-vivir.blogspot.com/2023/07/

domingo, 24 de junio de 2018

Aproximaciones a Memoria de Felipe. Novela de Miguel Ildefonso.




Aproximaciones a Memoria de Felipe.
Novela de Miguel Ildefonso. (*)


Por Carlos E. Luján Andrade


 “Algunos dicen y cantan y callan y andan y siente y duermen su nostalgia,
tan persistente como inútil. Algunos creen que la nostalgia pierde su contenido
con el tiempo,  que arde a fuego lento y se torna en verdad devoradora
porque ya no guarda relación alguna con un hogar concreto.
Yo soy de los que piensan así.”

(Herta Müller)


Cuando somos infantes, nuestros padres hacen un juego donde esconden objetos o a ellos mismos detrás de una manta o de sus manos. El bebé al no ver dichos objetos o no vernos, comienza a sentir el miedo al abandono al creer que aquello visto ha desaparecido para siempre. Sin embargo, este juego aparte de desarrollar otras capacidades del niño, nos ayuda a saber que existen objetos que no están a la vista. Ese ejercicio también nos ayudará a enfrentar la llamada crisis de los ocho meses en la que sentiremos la ausencia de los padres. Así, nosotros de alguna forma ya tendremos una idea acerca de lo que es la memoria y los recuerdos. Imaginando que aquello que ya no percibimos aún existe. Y la existencia la podemos definir no solamente con lo visto en el presente, sino tanto en la proyección del futuro como del pasado. En la novela Memoria de Felipe de Miguel Ildefonso, vemos dicho ejercicio tan personal como único. La reconstrucción de un mundo que ya no vemos o que nunca lo hemos percibido, sin embargo, sufrimos las consecuencias de dicha existencia. Es entonces que el personaje, Felipe, busca los porqués. El principal, el de su miedo. Es así que el mismo nos dice que en el fondo la memoria es una lucha contra el miedo. Y es por eso que en todo este viaje literario que nos presenta el libro, nos muestra la inquietud de Felipe por escribir sobre la violencia política de nuestro país siguiendo el consejo de un onírico Bukowski en el que le dice que se combate el miedo a la muerte con la literatura.

Nos enteramos de la memoria de Felipe en sus retazos de vida. Sus experiencias intermitentemente contadas a su amigo Bernardo, nos ayuda a entender su exploración. Y que si bien nos narra hasta lo más sentimental de cada experiencia, sólo podemos tomar cada una e intentar armar un rompecabezas aun faltándonos muchas piezas. Y es que la vida de Felipe es esa figura imaginada al que solo unos rastros nos pueden dar una seña de lo que es o fue.

El origen de la identidad de nuestro personaje es producto de una desgracia. Recogido por una mujer amorosa luego del terremoto en Yungay hace que tal evento marque lo que será una vida llena de destrucciones y construcciones. Lo narrado por Felipe está repleto de sentimientos complejos e intensos, de aprendizaje y desencuentros.  El espíritu errante lo separa de todo aquello de lo que quisiera aferrarse. La relación con la enigmática e inquieta Daniela, las tertulias claustrófóbicas con Serafín o ese huir constante de cada episodio de su vida, lo hacen  colmarse de recuerdos y melancolía. Cada episodio concluye con un abrupto término, apasionado, que lo hacen abrir más la brecha entre lo que busca y lo que él es. Vive, explora, camina por tierra firme de la realidad y aquello que no puede ver, lo sueña, porque hallamos mucho de Felipe tanto en lo que nos cuenta como en lo que sueña.

Y con Serafín, sus testimonios también tienen un valor supremo para Felipe, en él espera hallar respuestas pues comprende que la realidad violenta vivida lo sobrepasa y más aún, sabe que, parafraseando a Ricoeur, citado por Elizabeth Jelin: “Nunca estamos solos” – uno no recuerda solo sino con la ayuda de los recuerdos de otros y con los códigos culturales compartidos aun cuando las memorias personales son únicas y singulares. Esos recuerdos personales están inmersos en narrativas colectivas…”

Sus raíces fueron sepultadas por un terremoto, sus primeros recuerdos son de una niña que nunca más vio haciéndolo comprender que de todo aquello que recuerda, eso es lo más cierto y que con ella empezó su vida. Y es que en el ejercicio de la memoria sentimos la inquietud por hallar una identidad ya como lo dijo Michael Pollack, también citado por Elizabeth Jelin: “La memoria es un elemento constitutivo del sentimiento de identidad, tanto individual como colectivo, en la medida en que es un factor extremadamente importante del sentimiento de continuidad y de coherencia de una persona o de grupo en su reconstrucción de sí mismo”. Felipe batalla por encadenar los recuerdos como eslabones que lo permitan sujetarse a un origen. Es en esa exploración que tanteamos la realidad y la forzamos, porque al vivir para recordar creamos otros recuerdos y si estos tienen esa carga sentimental, la tarea por hallarnos se hace más pesada y frustrante donde al final solo deseemos tirar todos los pertrechos de emociones y tragedias para andar deambulando por un desierto hasta que la sed nos desplome sobre la arena, porque como diría Ricouer: “la memoria es el presente del pasado”.

En Memoria de Felipe, Ildefonso representa un fondo real, uno que hemos visto y sentido. La dictadura de los noventas, los abusos del poder, las injusticias sociales, la pobreza y la fauna urbana que sirven de un trasfondo que se respira y que también ahoga. La destacada experiencia poética del autor hace inevitable la representación de una época violenta para el país como el sufrimiento personal del personaje principal. Es así que la estructura del libro me hizo recordar en muchos pasajes al texto confesional de Hiperión a Belarmino de Hölderlin o también a sus evocaciones a Daniela, las que lanzaba hacia Diótima casi al final de tan entrañable obra. Y es aquí donde también quisiera compartir un pasaje de este libro que en parte lo identifico con la búsqueda de Felipe, que en su recordar lo lleva más allá de lo que desea encontrar:

“¡Oh error eterno! Pensaba para mí “¿cuándo escapará el hombre de tus cadenas?”
Hablamos de nuestro corazón, de nuestros planes, como si fueran nuestros, cuando es una potencia extraña la que nos abate y nos echa a la tumba a su gusto, y de la que no sabemos ni de dónde viene ni adónde va.
Quereos crecer y extender hacia arriba nuestros troncos y ramas, pero son el suelo y la tormenta los que nos conducen en otra dirección, y cuando el rayo cae en tu copa y te hiende de arriba abajo hasta la raíz, ¡pobre árbol!,¿qué puedes hacer?
Así pensaba yo. ¿No te gusta quizás, Belarmino?
Pues tendrás aún que oír otras cosas.
¡Esto, por ejemplo, amigo mío!: lo triste es que nuestro espíritu toma tan de buen agrado la forma del corazón extraviado, conserva tan a gusto la tristeza fugaz, que el pensamiento mismo, que debía ser quien sanara los dolores, se pone él también enfermo, que el jardinero se rasga a menudo la mano en los rosales que debía plantar.”

Felipe inicia una travesía en su memoria, encalla, se hunde, se reincorpora una y otra vez. Se lanza a lo desconocido, viaja por nuestro país, en el que uno tiene que andar por lugares casi ignotos para llegar a lo conocido. Y es que su inquieto corazón lo llevaba a navegar en la oscuridad tal como lo decía su amigo Bernardo, que él vivía en un “laberinto ciego” que pugnaba por escapar, porque al igual que Hiperión, dice a su amada que todo se ha vuelto oscuro a su alrededor. En Felipe no hay una patria que nazca en un solo lugar, él sabe que esta se encuentra en todos lados y que en esas partes existe un todo inteligible, poético y real. En una marcha contra la dictadura, en la prisión y los recuerdos del presidiario, en las calles lúgubres de ciudades pisoteadas por el olvido donde solo puede reconocerse en el amor pasajero de una mujer también olvidada. Porque nuestro personaje va solo con su ímpetu y sus ansías de reconocerse a sí mismo. No lleva más que sus recuerdos y sus sueños, parafraseando a Herta Müller, todo lo que tiene, lo lleva consigo.

La patria de uno mismo está en la memoria, viviendo con la esperanza de poder hacerse una idea de qué fue aquello que generaron las cicatrices de nuestro pasado, pero el corazón de Felipe también se llega a cansar. Él renuncia a su novela, renuncia a lo que buscaba. El autor le increpa:

“Te abandonaste en esta costa, y para obtener esa libertad total de tu anarquismo, contemplabas la curvatura terrestre, la libertad a medias; en otras palabras, dejaste atrás, tú también el pasado, sepultando tu memoria. Y por eso querías ir más allá, sin detenerte, como huyendo, anotando en tu débil memoria que queda -¡o sea esto!- la ruta de un camino que ya no existía, pero tratando de ser un buen navegante justamente para perderte  (perderte de mí, perderte de todos). ¿Con qué fuerzas te movías?...”

Sin embargo, tampoco importa el destino de su travesía, en su trayecto descubrimos el escape del origen, del desastre, de su naufragio y también del olvido. El espíritu de Felipe se eleva sobre la materia, como la luz, al igual que el bien, carente de cuerpo, como lo mencionaba nuestro personaje. Y es que la historia de ese cuerpo no es trascendente. Al igual que el Hans Castorp de la Montaña Mágica: “Las aventuras de la carne y el espíritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el espíritu lo que no podrás sobrevivir con la carne”.

Lo que nos muestra Memoria de Felipe es que la historia personal es nuestra historia sentimental y confesional. Dejada en testimonios de lo que fue su existencia, y que esa existencia es para nosotros el tronco vital movido por los azares del destino y que nos enrumba hacia la desventura o hacia los placeres ignotos. Finalmente, sabemos que algo encontraremos y que no nos extraviaremos, y si bien Felipe se pierda en el olvido, “sabemos que este no es ausencia o vacío, sino es la presencia de esa ausencia” (Elizabeth Jelin). Lo extrañaremos como un buen recuerdo, pues no se perderá, ya que al igual que Hiperión, esto es imposible, y hallará el camino hacia el amor, imaginando que Felipe dirá sus mismas palabras: “recorreré los astros durante milenios, adoptaré todas las formas, todos los lenguajes de la vida, para volver a encontrarte una sola vez. Pero pienso que lo que es semejante no tarda en encontrarse”.



(*) Texto leído el día de la presentación del libro.




Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...