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viernes, 17 de noviembre de 2023

Destacable solidez. "El Romántico" de Carlos E. Luján Andrade

Por Alonso Rabí Do Carmo 

El cuento ha sido casi siempre un género en el que los experimentos formales han tenido escasa fortuna y, al menos desde que Poe firmó la casi eterna forma del cuento moderno, sus características —estilos más, estilos menos— se han mantenido intactos. Un eje dramático que privilegia el sentido de la tensión, la brevedad y un final sorpresivo, de efecto variado, especialmente irónico, continúan siendo ingredientes centrales, acaso invariables, en un relato. 

Luego de leer los relatos que componen El romántico de Carlos Luján Andrade, uno encuentra que esas lecciones han sido tomadas con provecho. Pero hay que añadir también unas depuradas maneras de afrontar el realismo, haciendo un doble movimiento: mirando hacia la tradición y construyendo un lenguaje personal. 

La mirada a la tradición en estos relatos tiene sin duda una impronta ribeyriana: un vasto catálogo de personajes atrapados en alguna obsesión, empeñados en derrotar al destino inexorable de sus vidas. La lucha es desigual e inútil; de ellas surge un conmovedor sentido heroico, de varias tonalidades, que es el que traslucen muchas de las criaturas que pueblan las páginas de este libro de Luján Andrade. 

La construcción de un lenguaje personal tiene que ver con la gama de sentimientos que van suscitando los cuentos en relación con sus escenarios y vertientes: si se trata del ámbito urbano, el relato se decanta por una expresión de descreimiento; los textos de tono cercano al fantástico, en cambio, muestran una proclividad a lo libresco y ofrecen un singular reto interpretativo; sus incursiones en el mundo rural amplifican sensaciones perturbadoras. 

El cuento inicial, titulado «La noticia», presenta algunos aspectos singulares, sin alejarse demasiado de lo dicho aquí sobre la práctica realista. Es de interés que el narrador emplee el vocativo en su relato: «No quería que se lo dijeras, era todo lo que te pedía» (p. 13), dicen las primeras líneas. En adelante, el sentido del cuento es la confrontación de un personaje y en un verdadero giro argumental. Luego de enumerar profusamente las malas acciones cometidas por el personaje, se suma el sarcasmo: este es, ni más ni menos, un sacerdote. Una variante creativa de la antigua lucha entre el ser y el parecer (la apariencia). 

El cuento siguiente, «Siete moscas», se ubica en la orilla de lo extraño, de lo insólito. Combina la superstición y recuerda, como intertexto remoto, a un cuento de hadas en el que el personaje mata siete moscas de un solo golpe —«El sastrecillo valiente»—, quien gracias a esta hazaña viaja por el mundo enfrentando diversos peligros y combatiendo con seres sobrenaturales. Luján Andrade plantea este esquema, pero lo coloca en el contexto social: matar siete moscas decidirá el rumbo de una negociación entre una empresa minera y la comunidad. 

Otro cuento destacable es «Selección de personal», de trasfondo kafkiano, pues propone situaciones en las que la lógica se torna difusa, las cosas se acercan cada vez más al absurdo, y en el final brilla la ironía, considerando el trabajo, visto como práctica de dominación, como un verdadero tesoro. 

Estos tres relatos, de alguna forma, marcan el tono del libro y las posibilidades de estilo y significado descritas anteriormente. 

El libro se divide en dos partes, y en la segunda se encuentran logros tan destacables como en la primera. El cuento «¿Recuerdas el fútbol peruano?», por ejemplo, juega con un referente popular ineludible en nuestro país, pero en un relato de corte futurista: «El fútbol ha dejado de ser un deporte popular hace muchos años, y él, un hombre de noventa y cinco años, era el último sobreviviente del último título nacional del ya extinto club Alianza Lima» (p. 119).

A esa segunda parte pertenece también «El lenguaje», un relato que intenta retratar una situación primigenia: el nacimiento del lenguaje, el nacimiento de un mundo, tema que tiene, sin duda, reminiscencias borgianas (recordemos, por ejemplo, «Las ruinas circulares»). El personaje es expuesto a las fuerzas de la naturaleza y el paisaje, sus sentidos van aprehendiendo todo con rigurosa curiosidad y apetito, así descubre sonidos, formas, secretas armonías. Se trata del cuento con un lenguaje más cercano a lo poético y, por momentos, con un aliento de ensayo filosófico: «Tétricas eran las noches, ya no podía ver mucho por la escasa claridad y me consolaba con el recuerdo de lo creado y visto en el transcurso del día. Mi memoria era frágil pues no podía recordar más allá del día que había despertado sobre unas hojas secas. Era tal mi desconcierto que asumí que ese fue mi nacimiento, mi primera vez sobre la vida y lo visto no era otra cosa que una primera experiencia» (p. 109). 

El conjunto de diecinueve relatos que dan forma a El romántico es bastante parejo, aunque, por supuesto, destacan algunos cuentos sobre otros, como los que se han detallado líneas arriba. El conjunto muestra una solidez destacable y deja en los lectores la sensación de que el cuento es uno de los mejores vehículos expresivos de la experiencia humana. Sus personajes, atormentados por sus deseos, por su pasado, por su presente o marcados por un destino ante el cual se saben derrotados de antemano, forman un mosaico en el que podemos reconocer muchas de las ansiedades, los miedos, los espantos que ensombrecen la vida contemporánea. En eso radica, creo, el aporte de este libro, que considero de lectura necesaria.


Texto aparece originalmente en: https://proyecto-leer-es-vivir.blogspot.com/2023/07/

lunes, 26 de noviembre de 2018

Memorias Habaneras




Memorias Habaneras
Denisse Santisteban Valle

por Carlos E. Luján Andrade

El planeta alimentado por la luz
de una luciérnaga que no tarda en morir
(Preludio a la decepción / Julián Farkas)

Ante la pregunta sobre por qué uno debe interesarse por la poesía, múltiples respuestas vienen a nuestra cabeza. Sin embargo, la más sincera y sencilla es para poder expresar nuestro mundo interior. Ese que sucede en la oscuridad del silencio, la realidad interna que comprime el pecho cuando se hace más compleja y angustiante. Un universo que crece al interior sin tener otro escape que el arte y en el caso de la poesía, la palabra. Así, las imágenes poéticas irán a nuestro auxilio cuando el lenguaje corriente nos asfixie con sus significados.  Ahí encontraremos el testimonio, la bitácora metafórica de sentimientos intensos, de estados orgiásticos que son la búsqueda por intentar aplacar el estado de separación que el ser humano experimenta cuando se aleja de sus sentimientos primarios. En la poesía vemos la anatomía de esa travesía. El amar es una forma de entregarse a buscar nuevamente unirse con el mundo, con todo aquello que esto implique. El mismo romanticismo lo  lleva a asumir los riesgos de vivir al borde de tales pasiones. Se sufre como se goza en el límite del delirio, pues como dice Byron, debemos sentir en el dolor.

Memorias Habaneras es una declaración tardía de amor, el mirar hacia atrás para revivir lo ido intentando que aún permanezca, porque como dijo Juana de Ibarbourou “hay una verdadera embriaguez en volver andar entre los propios trigos y elegir nuevas gavillas”. Denisse Santisteban retorna a la isla -qué metáfora tan fuerte para hablar de los sentimientos perdidos- y reconstruye el amor que no le es ajeno porque vuelve a la persona y la hace suya. Derrumba la barrera que existía entre dos desconocidos para vivir la experiencia explosiva del enamorarse, tal como lo dijo Erich Fromm para distinguirlo del amor mismo. Y es que así también declara que el enamorarse es de corta duración.

La estructura de Memorias Habaneras retiene esa explosión, detiene la pasión con un anticipo de lo que vendrá. Las especulaciones que los seres humanos fabricamos cuando estemos cerca de sentir la consumación del deseo. Ella nos dice en el poema “Emoción”: “Cuando mis labios te toquen / cuando mis ojos se pierdan / cuando mis dedos te rocen / y se fundan ardientes / con tu volcán en erupción; / Y el dolor ya no duela / y el placer nos inunde / en un diluvio emocional / como una bomba anatómica/ estallando en el instante preciso.” Más aún, no solo reconstruye la sensación personal, sino también crea un mundo donde vuelva a arraigarse y el objeto amado se transforma en una estrella vital de su planeta, así en los versos de Paraíso leemos lo siguiente: “Deja que tu primavera sobre mi invierno / se pose y lo envuelva en calma, / que tu sol inyecte ternura a mi luna descarriada”. No solamente ya está situada en su planeta personal, sino que en la vivencia de dicha pasión también determina su ser y su lugar, define la propia existencia en la presencia y vida del otro. El poema “Donde te quiero”: “Tú estás donde te quiero, / en el espacio en que habito, / en el lugar que me conecta / con el instante en que te miro. / Estás y no estás / y aunque no estés, existes siempre…”

Aquí situada en esa naturaleza, nos ha recreado un mundo que se ha independizado de la carga terrenal aunque no la abandona, ya que como veremos en los versos citados más adelante, la posesión corporal consuma aquello que hace de esta pasión algo real. Pero sigue especulando, convenciendo de que con su afecto ha construido un paraíso perfecto. Le dice en “SI” : “Si me amaras/ habrías descubierto el paraíso bajo la lluvia (…) Si me eligieras / seríamos compañeros y artífices de una nueva revolución / revolucionaríamos el concepto de amor-pasión /llevándolo a niveles desconocidos, (…)”

Sin embargo, no pierde la noción de humanidad del desencadenante de su afecto que a pesar de ser avasallador, lo frena solo como la autora de tales versos lo puede hacer, con un juego de palabras que usa como inteligente freno de mano pasional. Así es “Viceversa”: (…) Me gustas solitario, / te quiero imperfecto, / te quiero insurrecto, / me gustas libertario. / Me gustas así, idealista, /te quiero en mí albergado, / Te quiero total y extasiado, / me gustas humano y artista…”

Y luego vuelve a invocarlo no como el  que sostiene su existencia ni creador de esa realidad pasional, conmovedoramente construida en base a su fe en esa pasión, sino invitándolo a que sea parte de él: “Me gustas cielo profundo, / te quiero mar adentro, / te quiero en mi centro, / me gustas en mi mundo.” Es en ese tránsito donde Santisteban va más allá, trasciende y pide no solamente su presencia a su lado, sino también desea la unión, la conquista absoluta de aquello que sabe que en un momento desaparecerá. Así, el poema “Con Ganas de” lo manifiesta: “Con ganas de tomar tu mano / y caminar sin rumbo, (…) / improvisar filosofías / de sueños y atardeceres, / de la vida y la muerte / y de la lucha día a día / sentirnos sobrevivientes / creernos semidioses / sabernos intensos y arrebatados /saberte, sí, saberte mío, / aunque esa eternidad  dure un segundo.”

Aquí el poemario tiene su punto de inflexión. Lo efímero se hace presente. Ya nos da las señales del instante eterno, y la vuelta a la sensación de separación. El advenimiento del desmembramiento de ese ser unificado que despierta y se sabe ajeno, que ahora en realidad son dos y que la ilusión de la unidad era un espejismo, que la fusión de los dos amores estaban sostenidos en la intensidad de un impacto de emociones de seres solitarios. Porque como nos dice Eric Fromm en El Arte Amar: “Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso –es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para esa promesa de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede desaparecer.”

Santisteban sabe que dicho mundo se está extinguiendo, que el gran asteroide ya le sobrevuela, no lo ve directamente, solo de soslayo, el resplandeciente brillo que trae el calor de la destrucción le avisa de lo inminente. “¿Qué haremos cuando se acabe? / ¿Qué sucederá cuando no te recuerde más? / La eternidad se habrá ido, / para volver a mi mortalidad cotidiana”.  Y el desvanecimiento de dicha realidad también conlleva a la existencia de su ser pasional creado: “a mi yo que ya no es yo, / ni un poco que yo siquiera, / porque me desvanecía con tu recuerdo.”

Es así, que ya abandonando esa isla – mundo, rememora con melancolía los rezagos del éxtasis vivido, como todos aquellos que hemos sido expulsados de nuestros paraísos personales. Y que desorientada rebusca en lo que queda de aquello, los sentimientos perdidos. “Fuera de amor”: “Qué buscar / en la infinita nada, / en tu hoy distante mirada, / de color – contraste mar, /mar que ahora desierto / no me inyecta vida y va abriendo herida. / (…) Qué esperar / de mi memoria nostálgica, / de tu sonrisa ya borrada / de mi antigua felicidad (…)”

Y en esa exploración, en esa espeleología emocional, hace un último intento de reconocerse en aquello que va desapareciendo. Observa el entorno describiendo lo que queda, el cascarón de las ilusiones ya vacías. Los poemas finales poseen la misma intensidad de los primeros, aunque las palabras ya dominan los versos porque la experiencia sensual se va desvaneciendo, no sin antes declarar que existen otros mundos por habitar, que el relevo no está en la presencia sino en el sentir porque el poeta ama una vez y con el transcurrir de los años solo cambia el nombre de ese amor. Leemos en el poema “Deshabitada”: “Las lunas transcurren / en estas noches deshabitadas, / sobreviven fuera de ti / sin sus estrellas solitarias, (…) / Te sobreviviré / como te he sobrevivido siglos y vidas pasadas / a cada guerra, a cada pacto, / a cada acuerdo de paz, a cada sueño roto, / a cada leyenda, / a cada latir / que tras miles de existencias / nos reencontró una vez más / tal como siempre, / para darme la certeza / de que aún me quedan fuerzas / para seguir sobreviviendo…te.”

Memorias Habaneras nos da en su lenguaje una realidad inequívoca,  donde traslada lo bello de una vivencia, de la experiencia de la autora,  hacia auténticas imágenes profundas que buscan invadirnos con la expansión de su alma poética. Cuando hablamos de las memorias, es también referirnos a la contemplación, al descanso después de la tormenta. Visitar, quizás por última vez, aquella vieja satisfacción, volver a las fuentes, pues como dijo Romain Rolland: “Cada cual lleva en el fondo de sí mismo un pequeño cementerio de los que ha amado.” o como Blanca Varela: “tras la rosa, sombra.”

Este poemario es la declaración de una pasión pasada, ida, en el que se muestra esa necesidad de invocar la nostalgia, reconstruir el placer y el sufrimiento, aunque quizás todo aquello esté disipado y se vuelva a armar metafóricamente con imágenes de poesía. Un regreso a la isla donde lo inmenso del mar como del tiempo no sea óbice para volver a visitarla. Aunque veamos cierta resistencia a seguir habitándola e impedir el regocijo en lo que no llegó a ser. Evitando ser como lo dicho por Alice Munro  acerca de las miradas de ciertas personas, abandonadas en islas elegidas por ellos mismos, penetrante, satisfecha. La memoria es imperativa, vuelve sin permiso y uno la poetisa dando un testimonio de lo que se disipa, aunque esta ande dormida por mucho tiempo, esta retorna. Alice Munro también no dice en Demasiada Felicidad: “Durante mucho tiempo te desprendes del pasado con facilidad y de una forma que parece automática y adecuada. Las escenas del pasado, más que desvanecerse, dejan de tener importancia. Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que está acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salte a la vista que no se puede hacer nada.” Memorias Habaneras es un intento más de que se pueda hacer algo, así sea con el verso.

domingo, 24 de junio de 2018

Aproximaciones a Memoria de Felipe. Novela de Miguel Ildefonso.




Aproximaciones a Memoria de Felipe.
Novela de Miguel Ildefonso. (*)


Por Carlos E. Luján Andrade


 “Algunos dicen y cantan y callan y andan y siente y duermen su nostalgia,
tan persistente como inútil. Algunos creen que la nostalgia pierde su contenido
con el tiempo,  que arde a fuego lento y se torna en verdad devoradora
porque ya no guarda relación alguna con un hogar concreto.
Yo soy de los que piensan así.”

(Herta Müller)


Cuando somos infantes, nuestros padres hacen un juego donde esconden objetos o a ellos mismos detrás de una manta o de sus manos. El bebé al no ver dichos objetos o no vernos, comienza a sentir el miedo al abandono al creer que aquello visto ha desaparecido para siempre. Sin embargo, este juego aparte de desarrollar otras capacidades del niño, nos ayuda a saber que existen objetos que no están a la vista. Ese ejercicio también nos ayudará a enfrentar la llamada crisis de los ocho meses en la que sentiremos la ausencia de los padres. Así, nosotros de alguna forma ya tendremos una idea acerca de lo que es la memoria y los recuerdos. Imaginando que aquello que ya no percibimos aún existe. Y la existencia la podemos definir no solamente con lo visto en el presente, sino tanto en la proyección del futuro como del pasado. En la novela Memoria de Felipe de Miguel Ildefonso, vemos dicho ejercicio tan personal como único. La reconstrucción de un mundo que ya no vemos o que nunca lo hemos percibido, sin embargo, sufrimos las consecuencias de dicha existencia. Es entonces que el personaje, Felipe, busca los porqués. El principal, el de su miedo. Es así que el mismo nos dice que en el fondo la memoria es una lucha contra el miedo. Y es por eso que en todo este viaje literario que nos presenta el libro, nos muestra la inquietud de Felipe por escribir sobre la violencia política de nuestro país siguiendo el consejo de un onírico Bukowski en el que le dice que se combate el miedo a la muerte con la literatura.

Nos enteramos de la memoria de Felipe en sus retazos de vida. Sus experiencias intermitentemente contadas a su amigo Bernardo, nos ayuda a entender su exploración. Y que si bien nos narra hasta lo más sentimental de cada experiencia, sólo podemos tomar cada una e intentar armar un rompecabezas aun faltándonos muchas piezas. Y es que la vida de Felipe es esa figura imaginada al que solo unos rastros nos pueden dar una seña de lo que es o fue.

El origen de la identidad de nuestro personaje es producto de una desgracia. Recogido por una mujer amorosa luego del terremoto en Yungay hace que tal evento marque lo que será una vida llena de destrucciones y construcciones. Lo narrado por Felipe está repleto de sentimientos complejos e intensos, de aprendizaje y desencuentros.  El espíritu errante lo separa de todo aquello de lo que quisiera aferrarse. La relación con la enigmática e inquieta Daniela, las tertulias claustrófóbicas con Serafín o ese huir constante de cada episodio de su vida, lo hacen  colmarse de recuerdos y melancolía. Cada episodio concluye con un abrupto término, apasionado, que lo hacen abrir más la brecha entre lo que busca y lo que él es. Vive, explora, camina por tierra firme de la realidad y aquello que no puede ver, lo sueña, porque hallamos mucho de Felipe tanto en lo que nos cuenta como en lo que sueña.

Y con Serafín, sus testimonios también tienen un valor supremo para Felipe, en él espera hallar respuestas pues comprende que la realidad violenta vivida lo sobrepasa y más aún, sabe que, parafraseando a Ricoeur, citado por Elizabeth Jelin: “Nunca estamos solos” – uno no recuerda solo sino con la ayuda de los recuerdos de otros y con los códigos culturales compartidos aun cuando las memorias personales son únicas y singulares. Esos recuerdos personales están inmersos en narrativas colectivas…”

Sus raíces fueron sepultadas por un terremoto, sus primeros recuerdos son de una niña que nunca más vio haciéndolo comprender que de todo aquello que recuerda, eso es lo más cierto y que con ella empezó su vida. Y es que en el ejercicio de la memoria sentimos la inquietud por hallar una identidad ya como lo dijo Michael Pollack, también citado por Elizabeth Jelin: “La memoria es un elemento constitutivo del sentimiento de identidad, tanto individual como colectivo, en la medida en que es un factor extremadamente importante del sentimiento de continuidad y de coherencia de una persona o de grupo en su reconstrucción de sí mismo”. Felipe batalla por encadenar los recuerdos como eslabones que lo permitan sujetarse a un origen. Es en esa exploración que tanteamos la realidad y la forzamos, porque al vivir para recordar creamos otros recuerdos y si estos tienen esa carga sentimental, la tarea por hallarnos se hace más pesada y frustrante donde al final solo deseemos tirar todos los pertrechos de emociones y tragedias para andar deambulando por un desierto hasta que la sed nos desplome sobre la arena, porque como diría Ricouer: “la memoria es el presente del pasado”.

En Memoria de Felipe, Ildefonso representa un fondo real, uno que hemos visto y sentido. La dictadura de los noventas, los abusos del poder, las injusticias sociales, la pobreza y la fauna urbana que sirven de un trasfondo que se respira y que también ahoga. La destacada experiencia poética del autor hace inevitable la representación de una época violenta para el país como el sufrimiento personal del personaje principal. Es así que la estructura del libro me hizo recordar en muchos pasajes al texto confesional de Hiperión a Belarmino de Hölderlin o también a sus evocaciones a Daniela, las que lanzaba hacia Diótima casi al final de tan entrañable obra. Y es aquí donde también quisiera compartir un pasaje de este libro que en parte lo identifico con la búsqueda de Felipe, que en su recordar lo lleva más allá de lo que desea encontrar:

“¡Oh error eterno! Pensaba para mí “¿cuándo escapará el hombre de tus cadenas?”
Hablamos de nuestro corazón, de nuestros planes, como si fueran nuestros, cuando es una potencia extraña la que nos abate y nos echa a la tumba a su gusto, y de la que no sabemos ni de dónde viene ni adónde va.
Quereos crecer y extender hacia arriba nuestros troncos y ramas, pero son el suelo y la tormenta los que nos conducen en otra dirección, y cuando el rayo cae en tu copa y te hiende de arriba abajo hasta la raíz, ¡pobre árbol!,¿qué puedes hacer?
Así pensaba yo. ¿No te gusta quizás, Belarmino?
Pues tendrás aún que oír otras cosas.
¡Esto, por ejemplo, amigo mío!: lo triste es que nuestro espíritu toma tan de buen agrado la forma del corazón extraviado, conserva tan a gusto la tristeza fugaz, que el pensamiento mismo, que debía ser quien sanara los dolores, se pone él también enfermo, que el jardinero se rasga a menudo la mano en los rosales que debía plantar.”

Felipe inicia una travesía en su memoria, encalla, se hunde, se reincorpora una y otra vez. Se lanza a lo desconocido, viaja por nuestro país, en el que uno tiene que andar por lugares casi ignotos para llegar a lo conocido. Y es que su inquieto corazón lo llevaba a navegar en la oscuridad tal como lo decía su amigo Bernardo, que él vivía en un “laberinto ciego” que pugnaba por escapar, porque al igual que Hiperión, dice a su amada que todo se ha vuelto oscuro a su alrededor. En Felipe no hay una patria que nazca en un solo lugar, él sabe que esta se encuentra en todos lados y que en esas partes existe un todo inteligible, poético y real. En una marcha contra la dictadura, en la prisión y los recuerdos del presidiario, en las calles lúgubres de ciudades pisoteadas por el olvido donde solo puede reconocerse en el amor pasajero de una mujer también olvidada. Porque nuestro personaje va solo con su ímpetu y sus ansías de reconocerse a sí mismo. No lleva más que sus recuerdos y sus sueños, parafraseando a Herta Müller, todo lo que tiene, lo lleva consigo.

La patria de uno mismo está en la memoria, viviendo con la esperanza de poder hacerse una idea de qué fue aquello que generaron las cicatrices de nuestro pasado, pero el corazón de Felipe también se llega a cansar. Él renuncia a su novela, renuncia a lo que buscaba. El autor le increpa:

“Te abandonaste en esta costa, y para obtener esa libertad total de tu anarquismo, contemplabas la curvatura terrestre, la libertad a medias; en otras palabras, dejaste atrás, tú también el pasado, sepultando tu memoria. Y por eso querías ir más allá, sin detenerte, como huyendo, anotando en tu débil memoria que queda -¡o sea esto!- la ruta de un camino que ya no existía, pero tratando de ser un buen navegante justamente para perderte  (perderte de mí, perderte de todos). ¿Con qué fuerzas te movías?...”

Sin embargo, tampoco importa el destino de su travesía, en su trayecto descubrimos el escape del origen, del desastre, de su naufragio y también del olvido. El espíritu de Felipe se eleva sobre la materia, como la luz, al igual que el bien, carente de cuerpo, como lo mencionaba nuestro personaje. Y es que la historia de ese cuerpo no es trascendente. Al igual que el Hans Castorp de la Montaña Mágica: “Las aventuras de la carne y el espíritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el espíritu lo que no podrás sobrevivir con la carne”.

Lo que nos muestra Memoria de Felipe es que la historia personal es nuestra historia sentimental y confesional. Dejada en testimonios de lo que fue su existencia, y que esa existencia es para nosotros el tronco vital movido por los azares del destino y que nos enrumba hacia la desventura o hacia los placeres ignotos. Finalmente, sabemos que algo encontraremos y que no nos extraviaremos, y si bien Felipe se pierda en el olvido, “sabemos que este no es ausencia o vacío, sino es la presencia de esa ausencia” (Elizabeth Jelin). Lo extrañaremos como un buen recuerdo, pues no se perderá, ya que al igual que Hiperión, esto es imposible, y hallará el camino hacia el amor, imaginando que Felipe dirá sus mismas palabras: “recorreré los astros durante milenios, adoptaré todas las formas, todos los lenguajes de la vida, para volver a encontrarte una sola vez. Pero pienso que lo que es semejante no tarda en encontrarse”.



(*) Texto leído el día de la presentación del libro.




miércoles, 5 de octubre de 2016

Viaje hacia la virtual Ciudad Grifalda Ediciones.


Desde hace un buen tiempo, el mundo ha dejado de ser sólido en tradiciones, costumbres y maneras. Aquello heredado ya no posee las características que por años nos costaba asimilar. Estas tenían lo creído inamovible e inalterable, lo que es capaz de perdurar y estar seguro de que lo que estuvo también estará más allá. Se intentó despojar de estas características a aquellas instituciones forjadas con taras sociales y económicas, generadoras de desigualdades para formar otras que sí poseyeran -con justicia- lo que un nuevo ser humano y sociedad merecían, sin condicionamientos capitalistas y opresores para formar otras instituciones mejores y más pétreas. Pero la historia nos ha brindado otra lección en que al quitarle dicha rigidez, no la ha reemplazado por otra mejor, sino que al arrancarla de raíz, estás se han esparcido por el espacio, las han diluido, pues la liquidez de la modernidad dominada por una economía veloz quita toda permanencia si esta no ayuda a su reproducción. Sin embargo, lo diluido, como diría Zygmunt Bauman, no ha sido reemplazado por instituciones permanentes, sino por una “modernidad fluida” que no da tiempo para seguir sus pautas porque estas ya son confusas y cambiantes. Es así que en un proceso de adaptación del que uno nunca terminará de acostumbrarse, surgen maneras que optan por una alternativa etérea y maleable, aquella que pueda sostenerse en el tiempo aun sabiendo que este quizás pueda desaparecer en una marea de cambios que aún no la vemos venir. Aferrándonos de cualquier boya sin ancla o de algo sólido a sabiendas que este próximamente “se desvanezca en el aire”, parafraseando a un libro de Marshall Berman.
Y es en ese lapso que la virtualidad nos da la ilusión de mantenernos a flote, de considerar las reglas de juego aún permanentes con la esperanza de no salirnos del tobogán que nos arroja raudamente hacia el día siguiente, y exigimos y creamos nuestras propias instituciones, efímeras de intenciones pues la realidad no le puede dar ya más asidero ante una conciencia personal cambiante (víctima de este mundo líquido). Es en esa senda en el que hallamos la razón de la existencia de la editorial virtual que aloja tres de mis libros. La actual modernidad, la que nos hace pensar que lo sólido ocupa espacio y hace crecer la ansiedad por saber qué hacer con lo material cuando deje de ser útil, nos motiva -ya en aparente libertad- el publicar en ese mundo intocable, que no vive este tiempo y sólo está ante nuestros ojos en los espasmos eléctricos de nuestro ordenador. Los poemarios virtuales publicados pretenden estar a tono con esta tendencia, ser una transición personal y no ocupar un espacio físico ni mental, no existir en un mundo sólido y dejarlo tan permanente en una dimensión digital que no interrumpa nuestra vida cambiante e inamovible. Los libros de la imagen no existen en este mundo real, la editorial tampoco, el contenido y lo que representan sí, que van más allá de lo tangible. Lo que ven sus ojos es parte de ese puente que no nos permite divisar lo que hay del otro lado pero invita a cruzarlo porque en esa travesía no hay riesgo alguno. En un formato físico quizás estos poemarios publicados el 2012, pierdan las raíces de su propia existencia, sin embargo, ahora flotan, pero virtualmente son sólidos sobre una marea que nunca los podrá hundir.
Enlaces de dichos poemarios virtuales:
Clase de Anatomía:
El Descenso de la Realidad:







El Mundo Inventado:

https://issuu.com/cverlaine/docs/elmundoinventado3/1


Clase de Anatomía:

https://issuu.com/cverlaine/docs/clase_de_anatom_a/1


El Descenso de la Realidad:

http://issuu.com/cverlaine/docs/el_descenso_de_la_realidad/3?e=0




Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...