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martes, 31 de agosto de 2021

La opinión crítica puede ser desarrollada en la universidad...

La opinión crítica puede ser desarrollada en la universidad si se dan las condiciones. El problema es cuando en las casas de estudio lo que se aprende es a repetir lo que se enseña ahí, dejando poco espacio para retar las ideas expuestas por los maestros. 

Cuando estuve en la facultad de Derecho de la U. de Lima, era bien difícil encontrar algún profesor que pudiera cuestionar en parte aquello que enseñaban. La mayoría de ellos se limitaban a desarrollar técnicas para aplicar lo que los códigos legales y normas señalaban. Para ellos, el sistema estaba bien, solo fallaba cuando las normas no facilitaban que las empresas privadas obtuvieran beneficios. 

¿Problemas sociales?, ni por asomo. Dirían: "No es mi tema". Tan absurdo era el asunto que cursos como Ciencia Política, Filosofía o Sociología del Derecho eran enseñados por maestros conservadores. Prácticamente era nula su profundidad de análisis de la realidad nacional. Hasta ahora recuerdo a un profesor de Derecho Laboral afirmar que no existían países comunistas y ante mis inquietudes por los regímenes de países como China, Cuba o Corea del Norte, trató el tema con desdén y marcó mi sentencia en el aula. El único profesor que quizás retaba todo aquello que esa universidad representaba fue Carlos Fernández Fontenoy, profesor de cursos electivos de Ciencias Políticas con la que tuve una interacción algo tensa porque era muy exigente. Lo que más valoro de sus clases fue aprender a diferenciar las verdaderas noticias políticas del ruido coyuntural. Llevé con él dos cursos: uno aprobé con holgura y el otro, raspando la olla. No duró mucho. Al ciclo siguiente salió de la universidad sin terminar el curso. Se decía que no se llevaba bien con la rectora. 

No sé qué tan cierto fue aquel rumor, pero con el pasar de los años, encontré comprensible su ausencia. Tampoco me extraña que de esas aulas hayan egresado alumnos tan conservadores. No los culpo en parte ya que en la facultad jamás cuestionaron sus prejuicios y su limitada interpretación de la realidad nacional de la que también fui testigo. No era conveniente ni políticamente correcto, sobre todo porque gente cercana al fujimorismo lideraba las cátedras. Ellos defendían un sistema al que les sacaban provecho y entrenaban a los estudiantes para cederles la posta. Al parecer, en muchos casos, lo han logrado con éxito. 

Es importante que uno esté atento sobre este tema. Más aún cuando se da demasiado peso al lugar donde uno ha llevado estudios superiores. Es verdad que cada facultad es distinta, que no necesariamente toda la universidad tiene una tendencia ideológica determinada, pero es preciso que se tenga las antenas bien extendidas cuando otros quieran disfrazar intereses políticos con conocimiento teórico e información. De no ser así, la consecuencia será observar a muchas cabecitas repitiendo como loritos aquello que los maestros nos dieron como migajitas de pan durante tantos semestres.

sábado, 20 de enero de 2018

GEN Hi8. Película de Miguel Miyahira



En una escena memorable de la serie Mad Men, Donald Draper finaliza la presentación de la máquina de diapositivas de Kodak con la siguiente frase: “Nostalgia significa literalmente el dolor de una vieja herida. Este aparato no es una nave espacial, es una máquina del tiempo. Va hacia atrás, va hacia adelante. Nos lleva al lugar donde nos duele ir de nuevo. Nos permite viajar como lo hace un niño. Vuelta y vuelta y vuelta de nuevo al lugar donde sabemos que fuimos amados”. La película GEN Hi8, ópera prima del director Miguel Miyahira, es una máquina del tiempo, posee todos los elementos para que podamos catalogarla así, pues nos permite viajar a una realidad pasada con abundante carga emocional en la que no interferimos, sino solo somos fisgones que rememoran a través de una cámara Hi8 una etapa quizás olvidada para los adolescentes que fuimos a inicios de los noventas. Una época particular y violenta para los peruanos donde la incertidumbre por nuestro futuro era más que palpable.

Diego, personaje principal, es un quinceañero que llega a un barrio miraflorino e intenta integrarse a un grupo de muchachos de edades similares a las de él. En el transcurso de la película, lo vemos interactuando con ellos, con los que trata temas afines a su edad en la que se destaca el uso de la jerga noventera, las preocupaciones de su vida social y sentimental, la competencia por poseer la vanguardia tecnológica entre otros. En sí, los temas recurrentes de toda adolescencia pero bien escenificado en el contexto de principios de la década noventera. No obstante, podemos percibir un clima enrarecido, con escenas de la información de la prensa sobre la violencia terrorista y la convulsión política y social apareciendo entrecortadamente en el transcurrir de las vivencias de estos jóvenes.  A pesar de eso, viven su propia realidad, la abundancia de tomas cerradas nos hace apreciar el mundo personal donde los pequeños dramas se transforman en inmensos. La realidad que los rodea está tan presente como las voces lejanas y distantes de los padres de estos personajes que nunca llegan a aparecer. Una escena es muy gráfica en ese sentido. Diego busca el último número de su revista deportiva Estadio, para encontrarla remueve otras revistas con portadas de fachadas de casas destruidas por la explosión de un coche bomba, la imagen de una líder terrorista, titulares que expresan el caos políticos que vivíamos en ese entonces, y al que el protagonista no les da importancia. Su padre pierde el trabajo y él solo piensa en encontrar uno para comprarse su Super Nintendo. Así, vemos a una juventud despreocupada, ensimismada, que siente que el mundo que se desploma no los va a alcanzar. Aunque el final nos hacen saber que no hay escape y que en algún momento este les llegar a tocar de la manera más brutal.

La representación de la película ayuda mucho en generar esa sensación de estar presente en una época pasada. Las referencias de la década de los noventa son abundantes, desde la forma en cómo la vemos, pues es una escena estática donde aparece un televisor de transistores de 14 pulgadas colocado en el suelo y es ahí donde transcurre toda la película. Las tomas, los efectos visuales y la edición no nos permiten ni siquiera dar un escape para volver a nuestro tiempo, no hay respiro. En sí, somos testigos de un recuerdo y a la vez de un sueño por momentos asfixiante. Todo aquello que hemos vivido pero quizás querido ser olvidado, se hace visual. Lo presentado es una vivencia adolescente descarnada, no pretende idealizar la época ni hacerla entrañable. Lo visto en estas escenas es lo que fuimos e hicimos cuando el país se desangraba. Somos el recuerdo de individuos adolescentes citadinos donde la tragedia máxima era que sucediera un apagón en medio de una paja o de una película de acción. Los contrastes con ese otro Perú, representado en la reacción de una adolescente trabajadora doméstica proveniente de una región de la sierra ante un apagón, también es muy ilustrativa.


Existe mucho por descubrir en esta película. Miyahira ha escudriñado muy bien esa época de la que también fue parte. Desde las cualidades técnicas como las temáticas dan pie a una exploración interesante. Indudablemente lo visto llega profundo al espectador que estuvo presente en ese período. Una cápsula del tiempo que nos obliga a mirar más de cerca lo que quisimos olvidar. Gen Hi8 queda como una película introspectiva, la génesis de una generación que hoy tiene la responsabilidad de sobrellevar una realidad que nos fue entregada deshecha.


Datos:

Director:                           Miguel Miyahira

Asistencia
de Dirección:                    Fernando Ureta

Guión:                               Miguel Miyahira 
                                          Fernando Ureta

Edición:                             Miguel Miyahira

Postproducción Video:      Milko Villalobos

Postproducción Audio:      Ricardo Núñez


Página de Facebook:  Gen Hi8
  

miércoles, 5 de octubre de 2016

Regreso a ser semilla


La expresión de la propia idea es comprometerse con uno mismo, depender de los conocimientos adquiridos para crear algo personal y si es posible, original. La universidad, definitivamente, no es un lugar para ello. Sin embargo, dentro de esta existen espacios donde se puede experimentar tales propósitos, y quizás luego de esos intentos se pueda obtener algo digno de ser compartido. Uno de los espacios hallados fue el Taller de Narrativa de la Universidad de Lima, que por ese entonces era una isla creativa emergiendo de un bloque corporativo de cemento, donde uno decía lo que quería y que con algo de suerte podría trasladarlo al papel. Es en ese lugar donde conocí al escritor Cronwell Jara que por ese entonces lo dirigía. Llegar ahí fue un descubrimiento tan grande como la primera feria del libro que visité (y no voy a negar que al entrar me emocioné hasta casi lagrimear), y digo grande porque los pocos años que había dedicado a la lectura hasta ese entonces los había hecho en soledad y en mi ignorancia no sabía la existencia de talleres de ese estilo. En esa primera sesión sólo estuvimos el profesor Cronwell y yo, así que pude hablar largamente lo que durante mucho tiempo pensé de la literatura y que no había dicho a nadie, me escuchó pacientemente y con dedicación me habló sobre autores latinoamericanos que conocía sólo nominalmente producto de una educación elemental paporretera. Así, al final de dicha reunión, me acompañó a fotocopiar unos cuentos que me dio y que serían de necesaria lectura si en algún momento  quería escribir un buen relato (aún conservo esas hojas) También fue en ese taller en el que leí mi primer cuento escrito en mi época escolar y yo, creyendo que existía la posibilidad de mejorarlo, el profesor Cronwell lo sentenció lapidariamente con un: “está bien como ejercicio”. Durante ese periodo de aprendizaje fui un oyente dedicado de aquel taller de narrativa (como en muchos otros luego de este), donde iba a escuchar de autores y libros, y sobre todo, ver cómo era la construcción de nuevas obras que unos compañeros compartían con orgullo y otros con vergüenza y recelo.  Aprendí demasiado en ese taller, comprendí con agrado y alivio que la creación literaria no era sobrehumana y más aún, que no estaba sólo en dicha labor. Y que en ese literario primer paso se marcaba el descomunal viaje hacia el encuentro con uno mismo.


Hacerle llegar mis libros al profesor que me develó con generosidad el espíritu y el organismo de la escritura ha sido una experiencia gratificante.


                                       Carlos Luján Andrade / Cronwell Jara Jiménez

lunes, 7 de febrero de 2011

¿Realmente es importante realizar una antología poética en el Perú?


Hace unas semanas salieron los resultados de una investigación realizada por la Universidad de Lima, en ella se consultó a un grupo de especialistas sobre lo mejor de la poesía peruana, naturalmente la selección generó controversia entre un grupo de escritores de la célebre agrupación poética llamada Hora Zero, remarcando una serie de observaciones y objeciones a la elección de esta antología. Lamentablemente, en un país que se caracteriza por el escaso reconocimiento en cualquiera de las ramas que aquí se desarrollen, sea literaria, artística o científica, estos reconocimientos editoriales generan sentimientos encontrados en aquellos que no se sienten representados. Más aún porque no son el reflejo de lo que ellos consideran digno de ser destacado.

La escasez de medios de difusión de las obras artísticas o literarias genera  -ante la aparición de una que intente ser el espejo de nuestra realidad cultural- la atención de los grupos interesados. Y este es el caso de lo sucedido con un trabajo que la universidad citada ha realizado. Luego de leer los resultados, estas son mis reflexiones expuestas a los poetas que manifestaron su oposición a la manera en que se realizó dicha investigación:

“Leí la publicación de los resultados de la "antología consultada" y como dicen ustedes es arbitraria, muchos poemarios son imposibles encontrarlos en las librerías por los que un lector de poesía no podría siquiera evaluar tal selección. Más aún debido a que es casi imposible encontrar las obras completas de cada poeta y cada tiraje en muchos casos no supera los 500 ejemplares (nadie los reedita porque no se lee o no saben leer poesía en Lima)

El darle este tono de "antología consultada" peca de altanero ya que en otras palabras se dice que es una antología que "ojo, le hemos preguntado a los que más saben" y eso puede herir susceptibilidades a los poetas que tienen una trayectoria reconocida y a los lectores que admiramos y valoramos a los que no aparecen.

Si bien es cuestionada la elección, sin embargo, es elaborada por la Universidad de Lima y ellos son libres de elegir a quien quiera y de la manera que deseen (supongo que la editarán y saldrá su logo en la carátula), pero es justo y pertinente que ustedes muestren sus discrepancias para entender cuál es la naturaleza de esta.

En la poesía y la narrativa peruana siempre ha imperado el amiguismo, se lee con buena voluntad al que es amigo y con mala voluntad al desconocido. Se halaga fácilmente con la esperanza que el halagado devuelva el favor, de ahí la necesidad de elogiar desmedidamente al cercano y no tener la necesidad de hacerlo por quién no conozco. El exceso de mezquindad literaria supera de manera abismal a la generosidad. Ya de por sí, elogiar un trabajo mediocre, dándole el certificado de buena poesía porque es mi amigo, es inducir al error al lector, una estafa. Pero no creo que sean realizadas adrede estas elecciones de lo que es mejor y lo que no lo es, ya que ese "amiguismo literario" algunos lo tienen tan inoculado en su criterio que lo involucran en los asuntos más serios como cuando se les solicita su opinión profesional. Tal vez en el fondo sí crean que ellos pertenecen a un tipo de oráculo o a un Concilio de la poesía peruana,  que tienen la potestad de considerar a aquellos que no han sido seleccionados por ellos como plebeyos envidiosos al no poder entrar al parnaso de las letras.

Lo más sensato en estas circunstancias es realizar una antología por el lado de los discrepantes, pero tampoco caer en los mismos errores de la primera: el elegir a los poetas que como personas me caen bien o los elijo porque quiero caerles bien. Quizás considerar algún poemario de Carlos López Degregori sea pertinente si realmente lo merece.

Finalmente, nadie puede decir que así se escogen los mejores o así no se hace. La poesía es libre, no está condicionada a rankings, más aún, un sincero lector de poesía se zurra en estas antologías, yo puedo tener de cabecera al poemario de un amigo que no aparece en antologías porque siento que sintoniza emocionalmente conmigo o despreciar a un consagrado porque sus versos no me convencen, la poesía no sólo les pertenece a los catedráticos.

Y pensándolo bien, creo que lo más respetuoso sería eliminar del imaginario poético estas elecciones basadas en las estadísticas. Es una falta de respeto generalizar la poesía ya que su naturaleza primigenia es personal.

Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...