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miércoles, 5 de octubre de 2016

Viaje hacia la virtual Ciudad Grifalda Ediciones.


Desde hace un buen tiempo, el mundo ha dejado de ser sólido en tradiciones, costumbres y maneras. Aquello heredado ya no posee las características que por años nos costaba asimilar. Estas tenían lo creído inamovible e inalterable, lo que es capaz de perdurar y estar seguro de que lo que estuvo también estará más allá. Se intentó despojar de estas características a aquellas instituciones forjadas con taras sociales y económicas, generadoras de desigualdades para formar otras que sí poseyeran -con justicia- lo que un nuevo ser humano y sociedad merecían, sin condicionamientos capitalistas y opresores para formar otras instituciones mejores y más pétreas. Pero la historia nos ha brindado otra lección en que al quitarle dicha rigidez, no la ha reemplazado por otra mejor, sino que al arrancarla de raíz, estás se han esparcido por el espacio, las han diluido, pues la liquidez de la modernidad dominada por una economía veloz quita toda permanencia si esta no ayuda a su reproducción. Sin embargo, lo diluido, como diría Zygmunt Bauman, no ha sido reemplazado por instituciones permanentes, sino por una “modernidad fluida” que no da tiempo para seguir sus pautas porque estas ya son confusas y cambiantes. Es así que en un proceso de adaptación del que uno nunca terminará de acostumbrarse, surgen maneras que optan por una alternativa etérea y maleable, aquella que pueda sostenerse en el tiempo aun sabiendo que este quizás pueda desaparecer en una marea de cambios que aún no la vemos venir. Aferrándonos de cualquier boya sin ancla o de algo sólido a sabiendas que este próximamente “se desvanezca en el aire”, parafraseando a un libro de Marshall Berman.
Y es en ese lapso que la virtualidad nos da la ilusión de mantenernos a flote, de considerar las reglas de juego aún permanentes con la esperanza de no salirnos del tobogán que nos arroja raudamente hacia el día siguiente, y exigimos y creamos nuestras propias instituciones, efímeras de intenciones pues la realidad no le puede dar ya más asidero ante una conciencia personal cambiante (víctima de este mundo líquido). Es en esa senda en el que hallamos la razón de la existencia de la editorial virtual que aloja tres de mis libros. La actual modernidad, la que nos hace pensar que lo sólido ocupa espacio y hace crecer la ansiedad por saber qué hacer con lo material cuando deje de ser útil, nos motiva -ya en aparente libertad- el publicar en ese mundo intocable, que no vive este tiempo y sólo está ante nuestros ojos en los espasmos eléctricos de nuestro ordenador. Los poemarios virtuales publicados pretenden estar a tono con esta tendencia, ser una transición personal y no ocupar un espacio físico ni mental, no existir en un mundo sólido y dejarlo tan permanente en una dimensión digital que no interrumpa nuestra vida cambiante e inamovible. Los libros de la imagen no existen en este mundo real, la editorial tampoco, el contenido y lo que representan sí, que van más allá de lo tangible. Lo que ven sus ojos es parte de ese puente que no nos permite divisar lo que hay del otro lado pero invita a cruzarlo porque en esa travesía no hay riesgo alguno. En un formato físico quizás estos poemarios publicados el 2012, pierdan las raíces de su propia existencia, sin embargo, ahora flotan, pero virtualmente son sólidos sobre una marea que nunca los podrá hundir.
Enlaces de dichos poemarios virtuales:
Clase de Anatomía:
El Descenso de la Realidad:







El Mundo Inventado:

https://issuu.com/cverlaine/docs/elmundoinventado3/1


Clase de Anatomía:

https://issuu.com/cverlaine/docs/clase_de_anatom_a/1


El Descenso de la Realidad:

http://issuu.com/cverlaine/docs/el_descenso_de_la_realidad/3?e=0




Regreso a ser semilla


La expresión de la propia idea es comprometerse con uno mismo, depender de los conocimientos adquiridos para crear algo personal y si es posible, original. La universidad, definitivamente, no es un lugar para ello. Sin embargo, dentro de esta existen espacios donde se puede experimentar tales propósitos, y quizás luego de esos intentos se pueda obtener algo digno de ser compartido. Uno de los espacios hallados fue el Taller de Narrativa de la Universidad de Lima, que por ese entonces era una isla creativa emergiendo de un bloque corporativo de cemento, donde uno decía lo que quería y que con algo de suerte podría trasladarlo al papel. Es en ese lugar donde conocí al escritor Cronwell Jara que por ese entonces lo dirigía. Llegar ahí fue un descubrimiento tan grande como la primera feria del libro que visité (y no voy a negar que al entrar me emocioné hasta casi lagrimear), y digo grande porque los pocos años que había dedicado a la lectura hasta ese entonces los había hecho en soledad y en mi ignorancia no sabía la existencia de talleres de ese estilo. En esa primera sesión sólo estuvimos el profesor Cronwell y yo, así que pude hablar largamente lo que durante mucho tiempo pensé de la literatura y que no había dicho a nadie, me escuchó pacientemente y con dedicación me habló sobre autores latinoamericanos que conocía sólo nominalmente producto de una educación elemental paporretera. Así, al final de dicha reunión, me acompañó a fotocopiar unos cuentos que me dio y que serían de necesaria lectura si en algún momento  quería escribir un buen relato (aún conservo esas hojas) También fue en ese taller en el que leí mi primer cuento escrito en mi época escolar y yo, creyendo que existía la posibilidad de mejorarlo, el profesor Cronwell lo sentenció lapidariamente con un: “está bien como ejercicio”. Durante ese periodo de aprendizaje fui un oyente dedicado de aquel taller de narrativa (como en muchos otros luego de este), donde iba a escuchar de autores y libros, y sobre todo, ver cómo era la construcción de nuevas obras que unos compañeros compartían con orgullo y otros con vergüenza y recelo.  Aprendí demasiado en ese taller, comprendí con agrado y alivio que la creación literaria no era sobrehumana y más aún, que no estaba sólo en dicha labor. Y que en ese literario primer paso se marcaba el descomunal viaje hacia el encuentro con uno mismo.


Hacerle llegar mis libros al profesor que me develó con generosidad el espíritu y el organismo de la escritura ha sido una experiencia gratificante.


                                       Carlos Luján Andrade / Cronwell Jara Jiménez

lunes, 15 de agosto de 2016

El Comedio del Breñal de Carlos E. Luján Andrade por Iván Fernández-Dávila

El Comedio del Breñal 
de Carlos E. Luján Andrade



Es cierto
es cierto que este mundo en que nos falta el aire
solo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del diario.
Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el postrer instante santifica la vida.
Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.

Michel Houellebecq


Carlos Luján Andrade propone un libro extraño desde el título —que el narrador se encargará de esclarecer—, fuera de lugar, ajeno a la tendencia actual de la narración autobiográfica y sustraído también a la tendencia anterior; es decir, textos basados en los años del conflicto armado interno, aunque hay unas líneas más o menos veladas que parecen incluirse no sin cierta culpa. Es un libro en el que no sucede prácticamente otra cosa que la reflexión compulsiva del protagonista: Julián Farkas. Ese pensamiento neurótico anegado en su finitud y las vueltas y torceduras del mismo en la búsqueda de sentido a su existencia.

Luján Andrade ha creado un personaje difícil: exmillonario, con formación universitaria, taxista, barbudo, poeta. De soterrado e involuntario humor. A ratos conmovedor en su inocencia y en su angustia existencial. Repulsivo en su arrogancia y ceguera. Exagerado, conservador, atribulado, fascistoide, religioso cercano al fanatismo, perdido en una ciudad que percibe vulgar e injusta. Desearía ser un cruzado, vivir en los días de los grandes relatos, aferrarse a un sentido de existencia más grande que la vida individual, ser un guerrillero, un mártir cristiano devorado por los leones, un fanático en misión suicida, morir por algo. Incapaz de salir de sí, no sabemos si amó o fue amado. Mutismo acerca de cualquier afecto maduro; sí muy breves evocaciones a la infancia, anhelando esa «patria del hombre», así llamada por Rilke.

El monólogo inicial lo pincela resueltamente: un histrión, pero herido. Se acerca al narrador en una sala de espera del seguro social, quien por alguna razón no lo evade o tilda de loco de buenas a primera. Hastiado y vacío, Farkas declara haber regalado casi toda la fortuna que había logrado obtener a temprana edad y sin esfuerzo. La razón la esboza así: despertó enajenado escuchando dentro de sí el debate de cientos de espíritus discutiendo indignados su predilección por lo inservible. Gregorio Samsa esquizofrénico. Cita poemas, va de un lado a otro. Ha encontrado al espectador (el narrador) y realiza su papel esforzadamente antes de entregarle un mamotreto con sus escritos alegando que está perdiendo la memoria; luego, desaparece.

En sus textos, Farkas nos resulta familiar. Es uno de los hombres de nuestro tiempo, ese que se encuentra escindido en la concepción dualista de la existencia; que, siguiendo a Platón, piensa en términos de cuerpo y espíritu en pleno Postmodernismo. Arrojado en un mundo sin Dios, se debate entre aceptar el nihilismo que repudia y que lo tienta y el deseo desesperante por alcanzar una fe que le resulta esquiva. Ni pensar en acomodar la idea de Dios en la vida contemporánea, un Dios más accesible a la cotidianidad, como el propuesto por John Caputo con su «Dios débil». Esto es no divinizar al hombre, si no humanizar a Dios. Para alguien como Farkas es inadmisible. Imposible vivir sin el dogma férreo, sin la fidelidad a la escritura, sin la fantasía de la batalla contra los infieles. Le urge una estructura que justifique sus días y en la cual guarecerse. Necesita un amo, una promesa, un sentido para responder la pregunta existencial.

Como no lo consigue, no soporta ser; de modo que intenta ser otro, prueba nuevas máscaras, ensaya vidas distintas y fracasa irremediablemente. La primera de estas, según lo que se puede desprender de sus escritos, es la del exceso. Fue Blake quien escribió: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría». También fue él quien dejó escrito en uno de sus impresionantes grabados: «Busqué el placer y solo encontré un dolor inexpresable». 

Farkas se entrega a experiencias diversas, aparentemente vive un período de «sensation seeker»; como resultado arruina su cuerpo y empieza a pensar en su desaparición, lo que le produce miedo. «El temor a desaparecer (…) me deja en un estado de miedo constante obligándome a replantear cuestiones ideológicas o cotidianas». Es entonces que inicia su reflexión obsesiva a partir del cuerpo, siendo un dualista sin remedio. «En esta condición de “ser en el cuerpo” es que aprendemos más del espíritu».

Farkas proclama la fatuidad e injusticia del mundo del que no puede escapar. Harto de los límites del cuerpo y de la razón, acaricia la posibilidad de la desaparición voluntaria. De la mano de Heidegger y el ser para la muerte, comprende que la vida es un camino hacia la nada. Demuestra otra fisura en su supuesta condición cristiana: no tiene fe en la vida posterior, mucho menos en la resurrección, sabe que le espera el vacío. «Debería existir una filosofía del suicidio, no de la muerte», escribe, desconociendo a Cioran. Olvida también y, sobretodo, El mito de Sísifo de Camus: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio».

Farkas propone ubicarnos en «sensaciones eternas» que podemos encontrar en la literatura, la música, la religión, «para crear la abstracción mental que nos reciba luego de la autoeliminación». Volvemos a Camus: «La belleza, que ayuda a vivir, también ayuda a morir»; sin embargo, hace lo contrario a lo propuesto por el francés y se aferra a la irracionalidad, lo que el autor de La Peste denominó el «suicidio filosófico» —solo de ese suicidio será capaz Farkas—. No alcanza la dicha de Sísifo porque no le es posible aceptar el absurdo y, a pesar de esto, construir una vida con alegría. Por ello, desesperado y culposo, abandona sus reflexiones al respecto y clama: «¡Dios!, ¿quién será el ejecutor? ¿Una ley y un Estado puro tan infalibles como tú? ¿Acaso es imposible? Tortuosa tarea el imponer tu ley en manos del hombre».

Y es que Farkas exige exactamente eso: una ley divina, una teología fuerte. Exige una sociedad comprometida desde un espacio-tiempo sepultado en el relativismo de un mundo salvaje en el que grandes muchedumbres humanas pugnan devorándose entre sí y la única exigencia es sobrevivir un día más. Es evidente que Farkas encontraría justificación existencial en una teocracia pero, por otro lado, no soporta a las personas, es un misántropo y no sabe cómo vivir en comunidad. Se siente abandonado, incomprendido. Piensa en Cristo, se aferra a la idea que tiene de él, la posibilidad de un amor real y grande: «En las palabras de Jesús podemos encontrar algo de verdad: la grandeza que le dio al significado del amor. Su actitud transgredió lo venerado hasta ese entonces en donde la fuerza romana y el fervor imperial validaban las leyes de los dioses». De acuerdo a su estado de ánimo, oscila entre los genocidios del Antiguo Testamento y el poner la otra mejilla del Nuevo Testamento. Vive fuera de sí, en entelequias y solo si el hombre es una abstracción, lo acepta, jamás al individuo, jamás al otro. «Sí, yo amo a la humanidad mas no a los hombres». Y no tiene el menor interés, no sabría cómo, de anular esa distancia. «No deseo comprender a los demás, fatiga al entendimiento, retiene al espíritu en una caja e impone la voluntad ajena en nuestra conciencia. Es preferible caer en la necedad libre, fresca, pura y auténtica a declinar el parecer propio ante argumentos engañosos y potencialmente erróneos». Ególatra, cree poseer la verdad a ultranza y prefiere no arriesgarse a no tenerla, descarta el diálogo y se abraza en soledad. Totalmente aislado de los hombres, mísero y meditabundo, en su profunda desolación delira: «He comprendido el orden del cosmos». Por ello, no sorprende que llegando al final de sus escritos emprenda, sin sustancias externas de por medio, un viaje interior a las profundidades de su cuerpo en el que observa pasajes del universo. Y, otra vez, al igual que no se atreve a ir al límite en sus reflexiones tampoco se deja llevar en sus alucinaciones.

Finalmente, considerando que estos viajes introspectivos lo dejan ad portas de una nueva vida, discurre por el centro de Lima «buscando la necesidad de nutrirse de sueños fértiles» y halla un texto perdido que, para cerrar el juego de espejos y máscaras, apareció en la revista El Círculo de Tiza, que el autor Carlos Luján Andrade dirigió. «Contra los impíos» es un texto vesánico en el que Farkas consigue correspondencia y alivio, allí revive su fantasía de ser un guerrero de Dios, ansioso por derramar la sangre de quienes considera impuros ante lo divino. Bastan unas líneas para observarlo: «¡Ahí vamos infieles, les espera la más sangrienta muerte! Los mensajeros de la razón nos dicen que tienen armaduras de cartón y espadas de papel, nos triplicarán en número, pero el coraje espartano está en la embriaguez del alma. ¡Porque llegaremos, sí, lo juramos ante Dios y ante la razón! ¡Ahora, serán desangrados canallas, para que nuestros sueños fluyan en sus venas!».

Inmediatamente después, asqueado, deambula por las calles de Lima, apretado en una cola del seguro social o reclamando en voz alta que le sirvan un café. Barbudo y dividido, este taxista con estudios superiores, se diluye en un mundo que le es absolutamente ajeno: «Así me alejo, entre la muchedumbre callejera vestida con trajes de lino y cólera».
A pesar de todo, después de leer y pensar en sus escritos, uno se pregunta: ¿no tendrá razón Farkas en su desprecio por el hombre? El problema es que no encuentra contrastes, no ve algo que le haga creer que la vida vale la pena ser vivida. Nada le interesa, nada le atrae. Carece de vívida experiencia humana. Su fe es débil y su religiosidad no le alcanza, porque es además equivocada. Habla de una «cristiana soledad» cuando el cristianismo verdadero implica necesariamente al prójimo, al amor y el perdón. La incapacidad de comunicarse con el resto lo hunde en su egoísmo. No tiene ni siquiera la amistad, mucho menos el amor, que hacen llevadera la existencia. Aspectos en los que podría encontrar momentos de solaz, significado y belleza. Ignora que el sentido que exige a los días no existe y que es justamente en el transcurso del tiempo que uno cree conseguirlo a través de un oficio, de un compromiso, de una vocación. Y por eso no es posible en soledad, sino en la existencia del otro que justifica la nuestra. Su concepción de la mujer, si es que la ve, es la de un entomólogo. No llega a creer en nada ni siquiera en «no creer en nada» y así, al menos, regodearse en su nihilismo. Lo único que tuvo fueron sus libros y como Peter Kien, el protagonista pergeñado por Canetti en Auto de fe, de buena gana se prendería fuego rodeado por estos si no lo frenara el pavor a desaparecer.

Al final, cabe recordar las palabras de Víctor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: «El hombre se destruye no por sufrir, sino por sufrir sin sentido». Esa es la tragedia de Farkas —y la de casi todo el mundo—: sufre en vano y está a punto de desaparecer.

Farkas, en un acto final antes de perder su memoria y su humanidad del todo, obtiene la posibilidad de una esperanza. La entrega «al otro». Se entrega. ¿Qué somos sino nuestra memoria? En el momento en que deja de autocontemplarse, de desmenuzarse cavilando, vislumbra la posibilidad de ser. No refugiándose en guerreros medievales ni en viajes en astronaves alucinadas hacia el interior de su cuerpo, sino que es un simple paciente esperando en un hospital por ser atendido. Un extraño, un cualquiera. El infierno es el otro solo cuando no hay compasión. No sabemos cuál fue el destino de Julián. Es a través de la figura del narrador y la decisión de este por publicar sus escritos que Farkas consigue el sentido que tanto persiguió. No en uno mismo, sino en los demás. En la solidaridad y en la compasión su tormento encuentra significado.



lunes, 11 de junio de 2012

Revista Poetas Inmortales Nº1

Poetas Inmortales, Revista Iberoamericana de Poesía Digital. Esta revista es consecuencia de una publicación de una página del Facebook, un perfil llamado Poetas Inmortales Colectivo, en ella se difunde la poesía, reflexiones, frases de diversos autores, así como imágenes de pinturas, fotografías etc. En dicha página soy uno de los administradores y me toco dirigir esta publicación.


Presentación del primer número


Sostener una visión, una misión con la voz de los otros ausentes crea el artilugio de mantener presentes las emociones y reflexiones de un tiempo que ya no nos pertenece; sin embargo, hablar por ellos, expresar nuevamente sus versos y sus ideas como si aún nos lo susurraran o lo dijeran a viva voz, nos recuerda que aquellos célebres seres están ahí para demostrarnos que la humanidad nos ha legado tanto arte y poesía. El mundo que ellos dejaron ahora es el nuestro, los versos escritos son el fruto de tiempos pasados y la época actual tiene el deber de degustarlos, digerirlos y sembrar una nueva semilla. Poetas Inmortales Colectivo, contribuye a que leamos nuevamente los versos que han pasado y a los que pasarán la prueba del tiempo sin tener la necesidad, como decía Manuel Gonzales Prada, de ir a los campos santos para recordarlos, porque la poesía no está en los corazones yertos de los poetas muertos sino en lo dejado en sus páginas. Aquí les presentamos el primer número de nuestra revista virtual para contribuir aún más a la difusión de la poesía y el pensamiento poético.


Poetas Inmortales Colectivo.





viernes, 9 de septiembre de 2011

Discurso de Carlos E. Luján Andrade acerca de su poemario doble Soundtrack / Miles de Misiles



CENTRO CULTURAL LA NOCHE, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Muchas Gracias a todos por venir este día y acompañarme en la presentación de mi libro, quiero agradecer a los expositores por sus palabras y a todos aquellos que han hecho posible que este evento se realice. También deseo agradecer a las personas a las que dediqué este libro, en especial a mi padre, que sin su apoyo y sobre todo fe quizás ni siquiera hubiese podido escribir alguna línea, a mi hermana Gisela que hoy no ha podido estar conmigo por encontrarse en Paris pero que siempre ha sido buena consejera y aliada no sólo en temas literarios sino en todo aspecto, impulsándome a continuar en la actividad poética. Y a Sandra, quién me acompaño fielmente durante todo el proceso de la elaboración de este libro a pesar de los momentos difíciles que vivía. Finalmente, quiero recordar a mi madre porque ahí quizás esté la razón de la escritura de mis poemas, su ausencia física siempre me generó el deseo de conversar con ella, de manifestar mis pareceres e impresiones a alguien que ya no estaba a mi lado. Y en ese tránsito de llegar a comprender  en cómo es que se puede dialogar ante una ausencia, uno empieza a hablar a un interlocutor que sólo existe en nuestro recuerdo.  Es en ese hablar -fuera de toda necesidad de clara comprensión-  en el que se generan imágenes alucinadas y sin temporalidad, donde se crea un propio lenguaje en el que uno termina conversando consigo mismo y es ahí donde para mí tenía más sentido lo que nos enunciaba Bernard Shaw acerca de que “ Los poetas hablan consigo mismo en voz alta y el mundo los oye por casualidad ".  Es en el recuerdo de mi madre, en la necesidad de contarle cómo es el mundo tiempo después de que ella se fue, mi mundo, donde parte el origen de lo que escribo.

Qué les puedo decir acerca de este libro que en realidad son dos. El primero de ellos se llama Soundtrack (banda sonora en español) nacido del deseo lúdico de escribir algo sin pensar demasiado en lo que se dirá, motivado por las imágenes que se presentan al escuchar una melodía, con la intención de describir la sensación que emerge cuando uno enciende la radio o presiona “Play”. Y así como la sensación de cada interpretación musical es efímera y única -que se va casi en el instante en que aparece para luego ser reemplazada por otra-  también es la intención de tales poemas: volátiles, espontáneos, espasmos de emociones ya perdidas.   Pero es escritura, el resultado de ese experimento es este libro en el que contradice todo lo que expongo ahora, porque esto no es efímero, es real, más sentido hubiese sido ser como el escultor de humo, del que hablaba Giovanni Papini en su novela Gog, donde el artista frenéticamente le da forma  con una larga paleta y una vez terminada, presuroso le dice a Gog: “¡Mire! ¡De prisa! ¡Imprima la forma en su memoria! ¡Dentro de pocos segundos la estatua se desvanecerá como una melodía que acaba!”. Lástima que no se puedan escribir libros con tinta de humo. Así tendría más sentido lo que explico.

El título del poemario está inglés, quizás pueda ser porque varias de las canciones que motivaron su escritura están en ese idioma, aunque prefiero justificarlo por una anécdota que el poeta peruano Paco Bendezú alguna vez contó, en la cual el mismo Pablo Neruda le dijo que ponerle el nombre en inglés a un poema le traería buena suerte, es así que este poeta le puso Twilight a uno suyo, el resultado fue que ahora dicho trabajo  es considerado como uno de los mejores poemas amorosos peruanos.  Así que indirectamente también le hice caso a Neruda y también me trajo buena suerte. Aunque lo más probable es que no vuelva hacerle caso.

Por otro lado y al otro lado,  está el poemario Miles de Misiles, en sí la existencia de este trabajo es para darle actualidad al libro, porque Soundtrack es del 2006 y este último, del 2008.  Son dos épocas distintas, momentos también distantes y es preciso aclarar la temporalidad de lo escrito porque, sobre todo en la poesía, esta es la fotografía de una emoción, en la que de acuerdo a nuestra experiencia literaria usaremos las imágenes y palabras hasta ese entonces aprendidas y conocidas. Tal vez, en el transcurso de nuestras vidas podamos vivir experiencias similares pero no se crearán los mismos versos pues es como ver una antigua fotografía en la aparecemos jóvenes y luego regresar a ese mismo lugar, tomar otra y después compararlas. Miles de Misiles también es el nombre de un poema incluido en este poemario que se concatena con lo dicho al iniciar este discurso, porque es parte del párrafo siguiente:


“(…)
Palabras temblorosas
Sollozan al espacio lácteo, sin forma
Lanzando miles de misiles a un blanco inexistente”



El poema también es eso, es lanzar palabras sin destino donde quizás hallen algún receptor que las aprehenda, que les hiera, que los conmueva, que los desprecie o les estalle en el pecho.

Sin embargo, el nombre original de esta obra no era así, el nombre con el que fue guardado en un cajón por tres años fue Sol de Medianoche en Groenlandia, un nombre largo, título también de otro poema que finalmente fue retirado antes de la impresión, no por una cuestión de capricho, sino por una necesidad de la imprenta.  Es así que a sugerencia de mi amigo Miguel Ramírez, tomé el nombre de otro poema para darle el título que ahora tiene. Era preciso aclararlo porque durante los años en que este poemario estuvo enclaustrado en mi escritorio, tuvo ese título que para mí significaba mucho. Como algunos sabrán, este es un fenómeno natural que se produce en los polos, donde no se oculta el Sol y a las 12 de la noche este sigue brillando. La alegoría a este nombre era porque intentaba mostrar la imagen de que en algún momento de la existencia, esa sombra que antes nos cobijaba, desaparece, como cuando nos abandona la inocencia para luego sentir por siempre la luz de la existencia sobre nuestras cabezas, quedando en nosotros el deber de dar un poco de sombra a quién todavía estén a nuestro cuidado, porque y cito la manera cómo terminaba este texto: “al parecer sin sombra, no olvidaremos el color del cielo”.  Y por qué hablar de un texto que no aparece finalmente en el libro, porque este le dio la existencia a los que sí están. Recordarlo es un homenaje al poema caído, como otros que también desaparecieron por las circunstancias y el presupuesto. Quizás Miles de Misiles sea la génesis de lo que escribo en este momento y de lo que escribiré en el futuro.

Un detalle que no quiero olvidar mencionar son las fotografías aparecidas en ambas carátulas, estas fueron tomadas hace unos años por mi hermana Gisela, el objetivo era capturar la imagen de un objeto y desprenderlo de su significado, es decir tomarle la fotografía a algo y darle la impresión de ser otra cosa menos de lo que es. Esta ambigüedad la consideré ideal para darle la imagen necesaria a lo que en realidad yo considero qué es la poesía. Al verlas ustedes le darán el significado que deseen, y de saber qué es, dirán que no necesariamente parece serlo.

Para terminar este discurso quiero mencionar que la publicación de este libro y la poesía en general me ha hecho conocer gente maravillosa, personas amantes del arte y la poesía mostrándome en su gusto por ellas el deseo de sincera libertad, porque la creación es la manifestación de no solo de ser libres sino también de querer liberar a los demás, enseñando y creando rumbos nuevos a los espíritus extraviados en los convencionalismos y las ideas pre establecidas.

Esta experiencia de publicar mi primer libro me la llevo como una lección, en la de creer en algo e ir hasta el final, siendo responsable del resultado. Una muestra de mi breve paso por la vida.


Muchas gracias.


Carlos E. Luján Andrade



Anahí Vásquez de Velasco, Gabriel Rimachi, Carlos Luján, Héctor Ñaupari, José Carlos Botto


jueves, 8 de septiembre de 2011

PALABRAS DE HÉCTOR ÑAUPARI CON OCASIÓN DE LA PRESENTACIÓN DE LOS LIBROS SOUNDTRACK Y MILES DE MISILES DE CARLOS LUJÁN ANDRADE




CENTRO CULTURAL LA NOCHE, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Si la poesía es un arma cargada de futuro, como escribió el poeta español Gabriel Celaya, preguntémonos, ¿qué es ser un poeta en la primera década del nuevo siglo?  Un esbozo de esa respuesta se encuentra en este libro bifronte, Soundtrack y Miles de Misiles, de Carlos Luján Andrade, dividido como el Dios grecorromano Jano, el de las dos caras, que miran hacia el pasado y el futuro simultáneamente, como un puente que acerca, que comunica, que se tiende entre dos tierras y hace posible que, como el Cristo Redentor, caminemos sobre las aguas, a veces fieras, o a veces mansas, del ayer y del mañana.

En ese orden de ideas, lo bueno de la dualidad es la posibilidad de construir hacia delante sin despreciar la experiencia de la historia pasada. Esa moneda, empero, tiene otra cara: lo malo de la dualidad es la incertidumbre, el no saber qué hacer ni a qué fuerzas ceder. Creo que en ese trance se encuentra la poesía peruana más reciente. Valora la tradición sin confiar plenamente en ella; se aleja de la tentación parricida pero le exige a sus padres literarios, a veces a la mala, que la dejen caminar sola; experimenta, pero sin el artificio o el compromiso de antaño, tomándose lo que escribe no tan en serio.

De allí que, en ciertas expresiones de la poesía última, como los libros objeto, o en aquellos que, como éste, son dobles, no aparezca del todo esa concepción del libro de poesía como un todo orgánico, que constituía y, todavía representa, la búsqueda de muchos de los vates de mi generación, la última que se organizó en generaciones literarias.

Creo que ni unos ni otros hemos tomado en cuenta la advertencia que hace el poeta y crítico mexicano Julián Herbert en su libro sobre la poesía de su país, Caníbal, cuando señala que hay poetas que viven de la tradición como si fuera la cuantiosa cuenta bancaria que les legó un tío lejano, y hay otros que toman posesión, con naturalidad, de una herencia que les es propia.

Con todo, me parece oportuna la pretensión de los noveles poetas, como Carlos Luján, y los libros elegantes y sugestivos, en su poder literario, que ahora comentamos. Cada autor debe buscar su propio camino, pensamos, y ésta no es la excepción.

Sí creemos que, sea cual sea su devenir creativo, y el excelente punto de partida que tiene con este libro en formato doble, se debe considerar, como sostienen diversos escritores, que la literatura no produce argumentos, sino textos poéticos o ficcionales islas de sentido destinados al goce estético.

En el sendero a seguir, sostienen, se debe tomar en cuenta que la poesía busca generar una experiencia estética haciendo uso del lenguaje más abierto e iluminador. Damos por sentado que Carlos Luján atenderá este argumento con la solvencia que le es propia.

Asimismo, concuerdo con ellos cuando se señala que es por esa búsqueda de la belleza que el hombre de letras debe vivir la condición humana como artista y como poeta. No como un maldito, revolcándose en los miasmas de su abandonada miseria. Eso es mediocre y vil, sobre todo si se quiere convertir ese patetismo en arquetipo y norma de vida. Si se quiere insistir en lo oscuro, que estos pseudo malditos tengan el valor, por ejemplo, de realizar un estudio sobre el mal en la literatura peruana, que tanta falta hace.

Georges Bataille, el escritor francés célebre por sus escritos sobre erotismo y filosofía, para quien “la poesía abre la noche al exceso del deseo” en su célebre investigación sobre este mismo tema, el mal, ya nos había advertido: “La literatura no es inocente y, siendo culpable, tenía que acabar por confesarlo.”

Hacerse poeta, estimado Carlos Luján, amigos, ya sea continuando la tradición, quebrándola o bifurcándola, supone en todos los casos reconocer que nuestra vocación es el devenir y la contingencia, generando nuevas descripciones sobre nosotros mismos y la realidad.

Ahora bien, como los mejores creadores, yo sostengo que, además de proponerse que la belleza como fin, la literatura intenta, sin quererlo totalmente, como una consecuencia no deseada, semejante al embarazo de dos adolescentes que se amaron con la pasión de la primera vez, profundizar en el sentido de la existencia, llegar hacia el desvelamiento de lo inaprensible, hacia el deseo de la autenticidad.

Y es que, como se sostiene, la creación literaria no es otra cosa que una serie de desvíos bruscos a imitación de actos únicos de malentendidos creadores. Entonces, la pregunta a la que busca responder Carlos Luján con sus libros, es: ¿Qué somos, qué es cada uno de nosotros sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un inventario de objetos, un muestrario de estilos, donde todo puede ser continuamente mezclado y reordenado de todas las formas posibles.

En ese contexto, veamos este libro doble. A mi modo de ver, Luján es un romántico extraño. Encontramos en él los elementos subjetivos, anarquistas, gnósticos y esotéricos del romanticismo, pero pobladas con imágenes y evocaciones, ora realistas y racionales, ora medievales, ajenas por completo al goce contemplativo del romanticismo.

En primer lugar, con ese verso exacto que anticipa estos momentos que vivimos, el poeta se duele que ya no haya más amor pasión entre dos amantes, presas de ese “furioso incendio que me envuelve” como escribiera el poeta, en su texto Congoja:

¿Cuándo sucedió tanta inocencia? ¿Quién les dio su destino fatal? ¿Quién cometió el crimen capital de frivolizar al mejor corazón?

A ellas hay que decirles, como lo hace Carlos Luján en su creación, Tañido, lo siguiente:

Si nunca más escuchas silbar al viento nuestro aire jamás será más denso.

En esa rareza de romántico atávico y nihilista, Carlos Luján recrea, de manera notable, el clima de quien lo ha perdido todo y sueña que todavía lo tiene, en el poema La vigilia, que dice:

¿Qué busca en mí la invisible atmósfera del desasosiego? ¿A un monarca incorruptible e imperturbable que con castillo conquistado y derrumbado aún borbotee en él la pasión de su imperio?

Y el elemento esotérico queda patente en el buen poema Pleasent dreams, donde sostiene:

El tiempo es existencia, pero aquella le inocula la muerte por cortesía y piedad, sino sería sueño eterno sin nocturnos encantos.

Lo que constituye una sorpresa para mí es el poema del bonus track, Érebo, que asemeja una representación de ese individualismo romántico, semejante al vals Desdén.

Sólo vagabundearé por el bosque, entre la muchedumbre entre la lluvia, cubierto de fango mientras bebo mi sangre hasta que la voz y el ardiente pecho se apague.  

Y es que Desdén es el vals individualista por excelencia, y fue compuesto por Miguel Paz, de Los Trovadores del Perú, que dice:

Desdeñoso semejante a los dioses
yo seguiré luchando por mi suerte
sin escuchar las espantadas voces
de los envenenados por la muerte

Por otra parte, un tema se rescata de Soundtrack, y es la reflexión crítica sobre el devaneo de los poetas, sus absurdas disputas, sus críticas infundadas, sus odios racistas y clasistas amparados en el anonimato del post de un blog, su envidia malsana, su vocación cainita. En el excelente poema Farsa poética da cuenta de ello:

“A un poeta le da lo mismo la espina o el laurel”
dice Santos Chocano,
el alma ilesa e indestructible,
sobrevive con su lírica
en la inmortalidad.

¡Fiel engaño de poetas arrepentidos!
porque la espina penetra el corazón
y el laurel corona el orgullo,
los instantes de cálida sangre
son permanentes en las venas
de quien cura el alma de latientes pechos florecientes,
mientras el orgullo vate
sólo defiende los ideales de guerreros y reyes.
¡El orgullo merece el laurel, el corazón espinas!
los tiempos entumecen al espíritu del idilio entre el poeta y la humanidad.

Carlos Luján surge como un Amadís de Gaula de las letras recientes, enfrentando a la corrección política imperante, enfrentando a la corrección política imperante de la poesía, y se enfrenta a los “cuervos voraces de ironía” que menciona en su poema Sacrificio.

De otro lado, en una excelente alegoría del mundo perdido, que es el poema Falsarios, Luján asume la postura del caballero medieval que, como dice el poeta en otro texto, le da “la última bienvenida a la desdicha”. Dice:

¿Porqué coronar?
¿Porqué vencer?
Porque no se puede vivir en el olvido y la derrota.
¡Coge la primera piedra y tíramela en la cara para adivinar mi sentir, verdad de Perogrullo!
Saben que las doce espadas del año adivinan mis anhelos y que el sol resplandece sobre mis ojos cuando me visten de armadura de plata y hasta el emblema de mi escudo es conocido.
¡Conquisto con yelmo y estandarte ajeno!
Mis victorias no son mis victorias, mis tropas, el fiel orgullo, los corceles, el tiempo.
Amo sin castillo, general sin vasallos.
¿Es que en el llano de batalla nadie reconocerá mi rostro?

Creo que la mejor poesía de Luján aparece cuando quiere ser un bardo del Medioevo, fiel transcriptor de las leyendas artúricas. Lo vemos en el poema Britannia, que dice:

Guirnaldas doradas, blasones de oro permítanos llegar al lugar donde tus besos se posan y reír sobre vírgenes de piel tersa que benditas por celestiales estaciones nos sonreirán y esconderán sus miradas de nuestra iluminada sabiduría.

De Miles de misiles, me gusta mucho el primer poema, El desencanto de la libertad. Mi condición de libertario radical, que padece, conforme fue diagnosticado al Divino Marqués, “demencia libertina”, me hace transmutar el título al encanto de la libertad. El poema dice:

Estoy seguro de la libertad inacabada, encubierta y silenciosa, construida dentro de los pliegues de las carnes de los hombres de piedra….Y desde afuera, la libertad conclusa, va dándole su martilleo libertario para hallar la paleontología de un ser recluido en su reposo.

Para concluir, resulta pertinente señalar, como Carlos Luján descubre en sus libros, que los hombres nos destruimos en un poema lo mismo que en un amor no correspondido. O en otro que, en primera instancia recuperado, no reconocemos ya. Por eso, a diferencia de las mujeres, nosotros escribimos los boleros.

De esos amores debemos despedirnos. Debemos hacerlo como un Don Juan que ha colgado los hábitos e invita a su antigua amante a la última aventura, que es la del sexo conocido, con pleno conocimiento de causa y de sus cuerpos, y ya sin culpas maritales, para ir luego, satisfechos y exhaustos, a la evocación del amor a través de la escritura o el delirio de la conversación.

Y es que, a pesar de los reproches que la condición de amante – hombre o mujer no importa, como versó Allen Ginsberg en Howl– genera en espíritus conservadores y bienintencionados, en realidad esta condición es una libertad que  se acepta, no se elige. De allí que las bien o mal casadas, o las solteras sin disimulo, no lo entiendan. Por eso, para despedirnos de ella, hay que hacerlo como lo hace el poeta Carlos Luján, en su poema Despedida, quizás el mejor de sus dos libros, que dice:

Al final descifro el significado del adiós, en la tenue frialdad dinámica de tu piel, recorriendo mundos verticales de una sola dimensión.

Encrespada superficie, reposada del hastío y el afecto inconcluso, para que la incertidumbre andrógina vaya a desdibujar el dorso de los ángulos en espejos matutinos…

Entonces, quisiera perderme igual que tú, andar descaminado libre de intermedios, cósmico hacia un horizonte marino. Aniquilar la paradoja, brotar en una onda y estallar como espuma dejando botellas brillantes con mensajes ocultos de fantasioso náufrago.

Así, para finalizar, recuerda, Carlos Luján, que la obra verdadera de un escritor no está donde éste se propone hacerla, con toda su conciencia, sino en ese otro lugar donde ensaya, borronea, practica, sueña. Que, como enseño Harold Bloom, en última instancia, no existe método de crítica o de enseñanza, ni ninguna teoría literaria, social o psicoanalítica son más perspicaces que la propia literatura. La obra, como se escribiera alguna vez, es el arte de conocer los caminos secretos que van de poema a poema. Pero ésos son los caminos que, como escribió Robert Frost, hacen toda la diferencia.


Muchas gracias. 



Carlos Luján A. y Héctor Ñaupari.



domingo, 1 de mayo de 2011

La Sinceridad Poética *

* Exposición con motivo de la presentación del libro "Poéticas", Casa Raúl Porras Barrenechea, 29 de abril de 2011.

Cuando los editores me pidieron formular algunas reflexiones sobre el libro Poéticas, me resultó inevitable evocar lo pensado cuando me invitaron a escribir un poema sobre el Arte Poética:


Para quienes escriben Poesía, resulta complicado escribir sobre lo que ésta significa, tanto así como le resultaría a un loco hablar del origen de su locura, o más aún, de lo que para él significa la Locura. Un individuo poético no conoce otro universo que no sea el que la misma poesía le otorga, escribir sobre ella es solicitarle que abarque los sentimientos que le produce el vivir, un sentir tan vasto que no puede caber en un lenguaje cuyos significados y significantes han sido creados justamente para delimitar.  La tarea de escribir sobre lo que es el arte poética no hace sino expresar justamente la imposibilidad de referirse a ella.

Entonces, qué decir  sobre una publicación que contiene más de una treintena de poemas que justamente tratan de esto.

Y eso me lleva a observar luego de su lectura una constante: la sinceridad. Estos poemas se encuentran concatenados únicamente por el deseo de ser una comunidad libre, conformadas por figuras literarias de múltiples sonidos y rostros,  donde la belleza resalta la autenticidad de lo escrito, la autenticidad del hombre que vive para el verso.  Aclarando que no debemos creer que todo aquello que se hace llamar poesía es franco y más aún, no confundir la buena poesía o mala con lo que se pretende exponer, Pessoa tiene una observación al respecto, él explica:

“Para poder juzgar el mérito de un poeta, o de cualquier artista, hay que preguntarse, sucesivamente, tres cosas: 1) ¿Qué pretende expresar? 2) ¿Expresa de verdad lo que pretende? 3) ¿Expresa solamente lo que pretende? Si estas tres circunstancias se dan en un artista, puede desde luego asegurarse  que se trata de un artista de mérito; el grado o nivel de mérito es otra cuestión, más difícil de probar o definir…”



La mala poesía puede ser auténtica, en ella puede haber sinceridad de sentimiento pero la que no tiene, posee lo que Johannes Pfeiffer llamaba “falsedad de tono”.  Refiriéndose al no hablar en serio, en donde se fabrican sentimientos desesperados o creencias no experimentadas. Ejemplificándonos la manera de diferenciar entre la fabricación literaria y una auténtica expresión esencial; en la primera existe la impura afectación, la impertinente insistencia, jactancia y arrogancia, en el segundo está la casta sinceridad, la gravedad hermosa, firme y viril. En la falsa se descubre la trivialidad de los ritmos y de las rimas, lo barato de las imágenes, en ello hay una expresión de un impostado horror y tristeza no sentida, a la vez se puede descubrir que en este tipo de poesía se utiliza a la vida como justificación de los versos del poema, un simulacro poético que nos hace cómplice de un sentir irreal, derivándonos hacia una fantasía lejana paralela a la vida real. El desvergonzado impostor fabrica, crea, finge, se burla del fervor auténtico imponiendo una “fingida desesperación”.

En los poemas presentes en esta edición de Poéticas, la autenticidad se encuentra inoculada en la misma génesis del libro, ya que como señala Raúl Allaín, su editor, la creación de la presente publicación, surge en el periodo otorgado para la elección del texto sin que el editor haya tenido injerencia en la selección. Y qué más autenticidad que la reflejada por la voluntad de cada poeta para elegir entre toda su obra, o para escribir, lo que para ellos es su poesía. En tal sentido me pregunto: ¿Algún impostor poético podrá hacerlo sin ruborizarse?

Poemas que muestran las rutas tomadas desde diferentes puertos, convirtiéndose para unos, en una aventura interestelar hacia los más lejanos infinitos, mientras que para otros resulta más bien un viaje al centro del cuerpo, con la esperanza, quizás, de encontrar dentro de ellos mismos su propia alma. Poemas que en caravanas van acompañados de las mismas motivaciones, como es el sentimiento amoroso, dispersándose en su momento con sus propios versos, intentado cada uno arribar a algún destino esperado. El sentimiento poético es el combustible de la poesía, la autenticidad de todas estas voluntades nos permite confiar en que cada uno de estos escritos nos hará llegar hacia donde sus autores nos guíen. Porque confío en que tal franqueza no nos llevará al naufragio. Pero no nos equivoquemos, esta autenticidad de la que hablo no debe confundirse con la Verdad, ya que si bien puede existir la falsa poesía, no por ello debemos considerar a la poesía verídica como su antagónica. Edgar Allan Poe, manifestaba que se ha impuesto la herejía de La Didáctica, suponiendo tácita y expresamente como objeto último de toda Poesía, la Verdad, objetando que para buscarla se necesita severidad, sencillez, precisión, laconismo, frialdad y desapasionamiento, el reverso de lo Poético. Afirmando así que la Poesía se nutre del Gusto, la que le hace la guerra al Vicio, continente de la deformidad y la desproporción que atentan contra la Belleza; porque eso es lo poético, el sentido de lo Bello. Un instinto inmortal profundamente enraizado en el espíritu del hombre, no siendo una mera apreciación de la Belleza que hay en nosotros, sino el desaforado esfuerzo por alcanzar a la que está por encima, y en ese intento es posible percibir la placentera elevación o entusiasmo del alma que se reconoce como el Sentimiento Poético. De ahí la diferencia con la Verdad, que es la satisfacción de la Razón y de la Pasión, que es la satisfacción del corazón, y de existir aquéllas deberán ser sometidas a la Belleza, atmósfera y real esencia del Poema.

¿Y qué podemos encontrar en la sinceridad poética? Si bien en la falsa poesía hallamos pre- experiencias, descripciones de emociones no vividas y la imposibilidad de conocer al mismo poeta, en la sincera percibimos al individuo real, no al fabricado, al hombre que está muy cerca de las tentaciones mundanas y a los vicios del orgullo. Y si bien la poesía destaca por ser pura, no olvidemos lo que decía el poeta cubano Virgilio Piñera: la mitad de toda pureza es impureza, lucha, espanto, tinieblas y horror. A veces tenemos la necesidad de fabricar detrás de este género un halo de excelsitud y admiración exagerada por la creencia de que algún espíritu supremo solicita nuestro verso para trasladar la inspiración proveniente de una inmaterialidad desconocida. Sin embargo, tras bambalinas, a todas estas palabras las preceden graves errores, desengaños bestiales, días pugnando con los días, fatales desenlaces, tristeza honda y quizás punitivas decisiones. La libertad poética nos desprende de la sanción terrenal, permite que nos arroguemos una demencia justificable, denunciando con versos edulcorados las más terribles emociones.

No obstante en aquélla también realzamos la vida, le damos una nueva dimensión a lo creído desolador, odiamos con encanto, creamos dioses tristes o viejos en contraste con la impuesta felicidad y juventud del poeta viviente en nuestros versos, respondemos todas las preguntas angustiantes con imágenes únicas y somos diferentes entre todo aquello que vemos igual.

Durante buen tiempo creí que la poesía contenía una tristeza innata, el peso de las emociones del hombre, el lamento de un aprisionado gigante que lucha por salir de una pequeña y oscura cueva, sin embargo, tal estremecimiento no debe ser patético porque la Belleza no lo es, más bien en ella se enaltece a la melancolía, o como hace unos días escuché decir al escritor chileno Antonio Skármeta, la poesía es encontrar la victoria en la derrota.

Los poemas agrupados en este libro me dan una lección acerca de eso, de encontrarme con la necesidad de todos ellos de salir a flote, estirando el cuello sobre la marea en busca de un respiro, así tengamos, como los icebergs, el descomunal peso de las confundidas emociones bajo el mar. En ese deseo de trascendencia, de instinto de supervivencia podemos hallar la sinceridad poética que la poesía reclama para sí misma.

Concluiré esta breve exposición con la lectura de un pequeño poema de Fernando Pessoa:

Dicen que finjo o miento
En todo lo que escribo. No.
Yo simplemente siento
Con la imaginación.
No uso el corazón.

Lo que sueño y todo lo que me pasa,
Lo que me falta o lo que finaliza,
Es como una terraza
Que da a otra cosa todavía.
Esa cosa sí es linda.
Por eso escribo en medio
De lo que está en pie,
Libre de mi atadura,
Serio de lo que no lo es,
¿Sentir? ¡Sienta quien lee!




Muchas Gracias.


Carlos Luján Andrade



POÉTICAS



El día viernes 29 de abril a las 7:00 pm (hora exacta) se presentará el poemario: POÉTICAS – Artes Poéticas por poetas contemporáneos peruanos, editado por Raúl Allain.


La presentación del libro estará a cargo de Héctor Ñaupari, Carlos Eduardo Luján Andrade, Raúl Allain e Iván Fernández-Dávila.


Se ofrecerá una lectura poéticas con textos de los poetas participantes:


JULIO ATENCIO, MERIAM BENDAYAN, THALÍA TUMES, CARLOS LUJÁN ANDRADE, CLAUDIA INCHÁUSTEGUI, ESTEFANÍA CUESTAS, JULIO CARMONA, NONATO RUFINO CHUQUIMAMANI VALER, VALERIA SEMINARIO, FRANSILES GALLARDO, SEBASTIÁN ARAGÓN, MIGUEL AGURTO SILVA, ROSINA VALCÁRCEL, JORGE CORDOVA, MOSHENGA VIII CABANILLAS PEREZ, FRANK HERNÁNDEZ, FABRIZIO ALVAREZ LOBATO, ALEX VALENZUELA ROMERO, KAREN CARBONE ROJAS, GABY ARCE MUÑOZ, HÉCTOR ÑAUPARI, PARIX CRUZADO, UMBERTO TOSO, JUAN ESTEBAN YUPANQUI, PAUL CAÑAMERO ÁLVAREZ, JAVIER CUSQUISIBÁN MOSQUERA, LIZANDRO VARGAS PACAYA, ZOILA CAPRISTÁN, ELMER ARANA, NÉSTOR MÁLAGA CARPIO, LENA LUNA, JIMMY CALLA, LENAR MAR, MARIA ALEJANDRA CASTELLANOS, LEYDY LOAYZA, DIANA LIZETH BENITEZ, PAUL TORRES.


Fotografías del evento:

Raúl Allaín, Iván Fernandez - Dávila, Hector Ñaupari, Carlos Luján A.

















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