miércoles, 20 de junio de 2018

Lecciones del Fútbol según la FIFA



Cuando el ex defensa central de la selección argentina campeona de México 86, Oscar Ruggeri, contaba acerca de los entretelones de la campaña que los llevó a ser campeones, él contó un consejo de su director técnico Carlos Salvador Bilardo cuando ellos estaban preocupados por los víaticos que les darían por su participación en el Mundial. Bilardo le dijo que se olvidaran de esos requerimientos, que se concentraran en lo futbolístico. Que el objetivo era ganar la copa y que si lo lograban, la gente nunca lo olvidaría y más importante que el dinero era la gloria, siendo eso algo impagable por el resto de sus vidas. Ruggeri en ese momento no lo entendió del todo porque era joven y creía que para necesitar eso faltaban muchos años. Ahora que ya es una persona de 56 años, sabe que esa copa del mundo le ha permitido vivir y ser considerado de mejor forma por el pueblo argentino que otros jugadores igual o más talentosos pero que nunca levantaron la copa del mundo. ¿Qué se puede aprender de esto conociendo que ambos han sido personas que usaron el juego sucio para obtener sus objetivos? Es conocida la fama de Bilardo desde que era un pincharrata (jugador de Estudiantes de la Plata) y Ruggeri, un jugador controversial y agresivo que hasta ahora se enorgullece se intentar romperle la pierna a Chilavert cuando este último jugaba en Vélez.

Es evidente que ambos personajes pese a su juego sucio, lograron mucho éxito. La palomillada fue premiada con la gloria y el reconocimiento. En el fútbol, la placa de los más triunfadores está plagada de oportunismo, trampa y violencia. Y eso es porque cuando uno compite por una copa todos son conscientes que es una sola, por lo que podemos decir que solo uno podrá obtenerla. No hay medias tintas ni merecimientos honrosos. Aquellos que no logren ganarla serán los perdedores que pocos recordarán. Esa naturaleza competitiva de este deporte hace que las enseñanzas morales solo queden en poesía futbolera, en  que cierto dignidad puede existir pese a la derrota.  En un encuentro por la liga italiana en el año 85 entre el Udinese de Zico y el Napoli de Diego Maradona, ocurrió un hecho que ejemplifica lo manifestado líneas arriba. El encuentro estaba bien disputado y lo ganaba el Udinese, cuando en un ataque del Napoli, Maradona salta y con la mano logra empujar el balón hacia el arco contrario anotando el gol del empate. El árbitro no se dio cuenta y lo validó.  Maradona cuenta que luego de celebrar se le acerca Zico y le dice que eso no puede aceptarlo, que ha sido mano y es desleal. El jugador argentino le extiende la mano y le dice: “Soy Diego “desleal” Maradona, mucho gusto”. Y remata su anécdota diciendo que él aguantó demasiadas trampas contra él como para no aprovecharse de una.  Este hecho fue un año antes de la llamada “mano de dios” que los llevó a vencer a los ingleses en el mundial de México.

Así podemos hallar hartos ejemplos sobre cómo la viveza ha sacado ventaja en este deporte. El más trascendente para los peruanos está el partido contra Chile en Santiago para la clasificación a Francia 98. La hostilidad hacia nuestra selección fue brutal y eso minó gravemente nuestros ánimos. Es espíritu deportivo fue anulado y se usó las más arteras estrategias trayendo como consecuencia nuestra eliminación inapelable. La Fifa, siendo consciente de que esta práctica es más común de lo que el juego limpio puede aceptar, creó un premio que suena a consuelo, un reconocimiento al hecho de no dejarse tentar por la idea de que “el fin justifica los medios”. El premio “Fair Play” es de esta naturaleza. Si lo vemos con ojos criollos, diríamos que es el reconocimiento al más huevón del campeonato. No es extraño que la selección peruana lo recibiera en la Copa América de 2015 organizada en Chile, siendo quizás una de los campeonatos más sucios de los que se han organizado, y justamente ganado por la selección más tramposa de las participantes y a la vez anfitriona.

¿Qué podemos entender de todo esto? Que la naturaleza del fútbol no va de la mano con la ética y la moral. Y si eso lo aunamos a que es un deporte de contacto, el asunto se agrava más. Es común escuchar anécdotas deportivas en donde esa llamada “viveza” es casi catalogada como un acto de honor. La transgresión de las normas con el objetivo de obtener la gloria es moneda corriente porque el ganar un campeonato de fútbol, sea uno barrial hasta la copa del Mundo, lleva un significado único y avasallador. Ser campeón de un deporte donde la mala maña es usada para obtener la mayor ventaja posible, es considerado una gesta. Pocos son los que pueden enorgullecerse de decir que fue obtenido limpiamente ya que se encuentran tan contaminado estos campeonatos de dicha mala sangre que si alguna vez sucediera que un equipo la obtuvo siguiendo principios éticos y morales, nadie lo creería.

De esta forma debemos entender que lo deportivo tiene un significado importante, no obstante, no lo es todo si es que queremos más que participar. Uno debe asumir que el fútbol como otras prácticas competitivas contiene un lado siniestro que va más allá de la praxis sana. Es de ingenuos creer que tras una campaña de éxitos no encontremos actos injustos que lo sostienen.

Hay que asumir que salir victorioso tiene un precio alto. Que si uno anhela tener el brillo que poseen los triunfadores, se deben de romper códigos y principios. Un penal mal cobrado te puede hacer campeón del mundo así como cobrar un gol fantasma o dejarse golear para beneficiar a un equipo. Así hay más hechos que nunca se sabrán pero que de alguna forma se manifiestan cubiertos de escepticismo y duda.

Una copa del mundo de fútbol contiene demasiado valor, cambia vidas, define la suerte de individuos, selecciones, empresas y de los mismos organizadores. Hay demasiado en juego para que un gol fortuito pueda decidirlo. La pelota no puede ser un dios, un gran dado que juega con los destinos de tantos. He ahí la principal clave para descifrar que en el fútbol, mientras más alto se llegue, lo deportivo va perdiendo su importancia. Y si bien no siempre sale como se planifica, siempre se buscará la forma porque ese “azar” sea lo más manejable posible.

Cuando se le exige a un seleccionado ser campeón, debemos considerar que no solo estaremos hablando plenamente de fútbol.

Anticipación de la derrota



El día de ayer alcancé a ver los últimos veinte minutos del partido Rusia vs. Egipto en un televisor colgado de la pared de un restaurante en el Mercado Central. Estaba parado en la calle con varias personas, entre ellas vendedores ambulantes, cargadores apoyados en sus carretillas, un par de jaladores, compradores con sus paquetes en las manos y eventuales transeúntes. Como muchos sabrán, la suerte de Egipto ya estaba echada para ese entonces. El 3 -1 en contra era inapelable aunque lo egipcios intentaban reaccionar. Lo que me llamó la atención es que la gente hinchaba por Egipto. Les gritaban renegando su falta de efectividad y reaccionaban nerviosos ante los ataques rusos. Más aún, arengaban por Salah y le reclamaban por su mala suerte al perder un balón. No voy a negar que me proyecté en el futuro, que la similitud de la selección peruana con la egipcia era grande. Muchas expectativas, no van a un mundial después de varios años (el último fue Italia 90) tienen a su estrella que casi no juega por una lesión y un equipo cumplidor. Me imagino que en Egipto habrán muchos álbumes y muñequitos de Salah infestando el mercado y harta gente creyendo que podían llegar lejos, pues es así cuando perdemos a noción de la realidad al estar muy lejos de ella (hablo de un mundial de fútbol). Pensaba que esa empatía por los egipcios era porque así nos veremos si nuestra selección le va mal el día de mañana ante Francia. Que ellos veían en el rostro de impotencia de Salah, la cara desesperada de Guerrero de no poder hacer nada ante una inevitable eliminación. Al final del partido escuché varias maldiciones, se dispersaron cabizbajos a continuar con sus actividades. Por un instante también me dejé llevar por esa imagen de sentirme un perdedor resignado por anticipación.


martes, 12 de junio de 2018

Beingolea y Zandrox, un desencuentro.


Dicen que luego de la eliminación de Perú en el proceso clasificatorio para el mundial de México 86, Alberto Beingolea caminaba con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos pateando latas de leche Ideal por la avenida Aviación. Cuando luego de un suspiro levantó la cara y vio un letrero donde decía: "Zandrox te hace ver el futuro". El burbujito entró y le dijo a la recepcionista que quería una cita. Esperó unos minutos y entró a una habitación adornada con pequeñas estrellas que colgaban de unos hilos sujetos al techo. Zandrox le dice que se siente y le pregunta: ¿Qué deseas saber? Beingolea junta sus labios y nervioso le dice : ¿Cuándo Perú volverá a un Mundial? El astrólogo saca unos naipes que tenían su nombre impreso, diciéndole que los puede conseguir si compra su diario Ojo todos los viernes.

Luego de unos momentos las reparte y observa con detenimiento las cartas colocadas sobre la mesa. Beingolea le ve un brillo en sus ojos, ya que estos se humedecían formándose unas lágrimas en las líneas del agua, tragó saliva y contestó sin dejar de ver hacia abajo: "es extraño, dice que será el año en que un presidente de EEUU se de la mano amistosamente con el presidente de Corea del Norte, pero eso no es lo peor, eso sucederá años después de que un presidente negro sea elegido en los Estados Unidos ¡dos veces! No lo entiendo. Además, todo eso ocurrirá luego de que seas congresista". Beingolea se paró absorto en sus pensamientos y salió de la habitación sin pagarle la consulta, dejando a Zandrox sentado que volvía a repartir las cartas mientras negaba con incredulidad la cabeza.

Pd: La verdad es que ha pasado toda una vida. Ver a Gareca en la plenitud de su vida marcando ese gol y ahora con casi sesenta años... es demasiado. Muchos cuentan su vida en base a los Mundiales o la Olimpiadas. Yo lo he hecho porque remese el entorno. Aún me veo sentado en el suelo de mi sala mirando solitariamente todos los partidos de México 86 o viendo de reojo Barcelona 92 mientras jugaba incansablemente con la i386 de monitor monocromático. Y qué decir de Japón-Corea 2002 donde dejaba mi televisor prendido toda la madrugada con el volumen alto para que me despertaran los gritos de Kanashiro (porque el desgraciado de Fleishman se agarraba los partidos que se jugaban en la noche y lo hacía madrugar al chino XD) cada vez que una selección metía un gol.

sábado, 2 de junio de 2018

Con Todo, Contra Todos de José Carlos Yrigoyen



CON TODO CONTRA TODOS
De José Carlos Yrigoyen


Por Carlos E. Luján Andrade

“Los peruanos estamos tan acostumbrados a los golpes, tan masoquistamente acostumbrados, que lo del fútbol ya no nos envenena la sangre. Forma parte del diagnóstico nacional. Qué nos importa si ganamos o perdemos con Uruguay, para empezar otra vez las intrincadas especulaciones con los puntos de local y visitante. ¡Váyanse al diablo, y métanle un gol de una vez por todas!, es el grito que repite la afición. Qué campeón, ni qué campeón, lo que queremos es no estar últimos en el panorama sudamericano.”

(La Balada del Gol Perdido / Abelardo Sánchez León)


En una clase de Historia me contaron que cansados de tener un pasado lleno de derrotas y fracasos, el estado peruano decidió que era momento de contar la historia del país con hechos gloriosos,  héroes y revoluciones como la francesa. Es así que se convocó a un concurso donde la mejor fábula basada en hechos reales sería tomada en cuenta para ser enseñada en los colegios. Con el pasar del tiempo, nos hemos percatado que tras tantos cuentos históricos, hay mucho de verdad como de mentira en esas narraciones, pero aún las aceptamos porque en el fondo sabemos que tener una memoria falsa es mejor que no tener ninguna. El libro Con Todo, contra Todos de José Carlos Yrigoyen hace un recuento de la historia futbolera nacional desde los 70s hasta nuestros días. Una revisión pormenorizada de los encuentros más relevantes de nuestra selección de fútbol a través de los diferentes partidos que hemos tenido en campeonatos internacionales. Un recuento que nos hace mirar atrás no sin antes lanzar un suspiro angustiante  porque mucho de lo narrado lo sabemos, sin embargo, gran parte de lo conocido ha sido edulcorado, distorsionado, segmentarizado por los años de trauma deportivo en el que el fútbol nos ha derivado. ¿A qué me refiero? Que mientras más años de frustración se iban acumulando, más se idealizaba ese pasado donde nuestra selección era imbatible, repleta de cracks y motivo de orgullo nacional. Sus jugadores eran casi héroes de gestas imposibles en el que sus defectos eran empequeñecidos o casi borrados del imaginario deportivo. Y es así que con timidez y con miedo de mirar hacia atrás con detenimiento y frialdad, idealizamos lo que fue el momento más glorioso de nuestro balompié. El temor a convertirnos en estatuas de sal si veíamos con honestidad hacia atrás, nos hacían ignorar las latentes tragedias e infortunios de nuestro deporte de bandera sufría en los momentos más grandes. Y es que el libro de Yrigoyen contribuye a desenmascarar justamente la ficción que año tras año nos han contado sobre nuestro fútbol.

Desde el capítulo dedicado a México 70 hasta el de España 82, encontramos una visión desangelada de aquellos procesos que nada tienen de consecuentes y sólidos, sino al contrario, entre las actitudes erráticas de tanto el comando técnico, dirigentes, y jugadores, se conseguían triunfos meritorios pero  muy esforzados. Así podemos entender con claridad luego de pasar por sus páginas que la mejor historia del fútbol peruano podría resumirse en la frase: “Es que a pesar de todo…” Ahora, el principal mérito del libro no está en lo contado, ya que la información descrita quizás ya es conocida por un aficionado atento de este deporte, sino en cómo se ha ido hilvanando dichos datos para generar una atmósfera de incertidumbre y desconcierto. Sensación fiel a la que hemos compartido los aficionados al fútbol peruano. La frialdad de los números de los resultados de una enciclopedia futbolera no son suficientes para describir lo que este deporte emparentado con la angustia nacional nos tiene que decir de nosotros.

La descripción de los encuentros compendiados, nos recuerdan a esas revistas o diarios deportivos que en mi caso leía a finales de los ochentas y a principios de los noventa. Y que quizás en algunos casos se perciba alguna falta de emoción en las descripciones, pero en otras reflejan lo justo de dichos encuentros y en varias, los precisos hechos sin impertinentes adornos narrativos, detalle que se agradece. Una observación aparte estaría en el partido entre Perú y Brasil de México 70, considerado uno de los mejores de la historia de los mundiales, sin embargo, Yrigoyen lo muestra con cierta frialdad e indiferencia. En este caso hay sentimientos encontrados porque si bien así es visto por la prensa internacional, no deja de ser una derrota por goleada ante el mejor Brasil de todos los tiempos. Y como sabemos, el matiz del presente libro está justamente en no ennoblecer aquello que no lo merece. Es verdad que el partido ha envejecido mal. El fútbol actual hace lento cualquier muestra de este deporte de hace quince años, algo así como la labor de Yashin ante Colombia en Chile 62 que hace poner el duda ese rótulo de ser el mejor arquero de la historia. Es así que prácticamente el balón lo dominaron los brasileros y más este encuentro se destaca por la capacidad de resistencia y reacción de la selección peruana ante una máquina futbolística impresionante como lo fue el Brasil de México 70 que por una lucha de igual a igual.

¿Y por qué exigir una visión diferente con respecto a un encuentro que ya todos pueden ver por la Internet? Por la naturaleza narrativa de Con Todo, Contra Todos, pues aquí no encontramos una sucesión de acontecimientos futbolísticos, sino una concatenación de emociones, de expectativas. El libro nos permite ubicarnos y asimilar esos hechos conocidos en la estadística futbolera en un contexto en el que tanto los medios de comunicación, la coyuntura política y social tenían mucho que ver.  Ejemplos claros están en que no se puede entender en toda su plenitud el 6-0 de Argentina en el 78 o el 4-0 de Chile en el 97 sin sus circunstancias. Así hallaremos datos pero a la vez  contexto, descripción, anécdotas y reflexiones personales del autor.

De la mano vemos esa transformación de ser un deporte que rozaba el mejor prestigio a nivel sudamericano, de ser candidatos a llegar a lo más alto del fútbol mundial a hundirnos en el más devastador inframundo pelotero, como dijo Menotti (citado en este libro) al ver a la selección peruana de los noventas era “como morirse de nada”.

Ese desvanecimiento de las esperanzas, la caída lenta y dolorosa de un deporte tan popular en este país es descrita por Yrigoyen sin aspavientos. Ahí están los marcadores, los tiempos, las alineaciones, las fechas, el contexto, la cólera. No hay otra interpretación ni opción a disfrazar lo sucedido. Esta desilusión deportiva culmina quizás con la mejor descripción que se pueda hacer de lo que quebró el espíritu futbolero de generaciones que vieron la magia de un deporte en su máxima expresión desvanecerse sin poder hacer nada para evitarlo:

“Para mis padres, mis tíos, mis vecinos, la gran masa anónima, las cosas no fueron menos difíciles. Cuando el interminable carnaval multicolor que nuestros televisores transmitían cesó abruptamente, los apagamos y tuvimos frente a nosotros la pantalla oscura que reflejaban un país horrible, degradado, bañado en sangre. Empezaba, para el Perú y su selección, una larga y angustiosa decadencia moral y material en la que estaríamos muchos años.”

Poco recuerdo del último mundial al que fuimos, lo que sí sé es que mi padre compró un televisor Telefunken technicolor digital del 14 pulgadas para ver los partidos de España 82. El aparato estuvo en la sala de mi casa por años, perdiendo su brillo, con las antenas quebradas, esperando la transmisión de nuestra selección en un nuevo mundial que nunca llegó. Con el último aliento de sus viejos transistores vimos la casi clasificación a Francia 98, luego de eso, se apagó para siempre.  Entre ese desgano vinieron las eliminatorias por Italia 90, vistas en un pequeño televisor blanco y negro ante la indiferencia familiar. Porque la década de los ochentas y noventas fueron para el olvido. En Con todo, contra todos, también vemos ese naufragio futbolístico donde se buscaron fórmulas de todo tipo para salir del empantanamiento mediocre en las décadas siguientes. Aún leer los once jugadores que son enumerados en cada encuentro durante esas dos décadas me causa escalofríos. Jugadores que arañaban la gloria en un gol para luego perderlo todo en la siguiente tarde de goleada. Esos años son contados con cierta ironía en el que lo absurdo reemplazaba la rabia e indignación de tiempos pasados. El llanto ante la derrota setentera ahora eran relevadas por las sonrisas nerviosas y los berrinches de impotencia. 

En las cuatrocientas páginas vemos los recambios, los intentos desmedidos por salir de un fracaso tras otro. Un ir y venir constante plagado de frustraciones y pocas victorias. Se movieron piezas de las formas más inverosímiles, miramos el fútbol de todas las maneras posibles estrellándonos siempre con el palo. Somos testigos en estas páginas del gran foul que nos hicimos a nosotros mismos eliminatoria tras eliminatoria. José Carlos Yrigoyen disecciona la historia reciente del fútbol peruano como un hincha analítico que también busca respuestas, y es en ese proceso que logra darnos un retrospectiva cruda, como un espíritu de las eliminatorias pasadas que nos hace sentarnos en un viejo José Díaz anticipándonos el ocaso por venir. En este libro vemos aquello que comenzamos a olvidar de tanto fracaso, porque cuando el presente se hace terrible, idealizamos el pasado con la consecuencia de creer que los errores viejos fueron aciertos incuestionables.

Los nombres de la debacle futbolística aún están frescos en la memoria y ser rememorados en las páginas de un recuento que se quiere olvidar, nos hacen saber que el fracaso está como una sombra que nos sigue incansablemente. Porque aún no ha terminado esta historia. La clasificación angustiosa a un Mundial luego de 36 años no borra todo este sufrimiento futbolero.  Las variables siguen siendo las mismas.  Varios nombres que ahora son dignos de nuevas páginas de gloria deportiva, son los mismos que años atrás renegaban de la selección, que lloraban de impotencia al borde del campo con el arco lleno de goles.

En realidad, poco ha cambiado. Aún el fútbol peruano sigue luchando contra todos y contra sí mismo. No obstante, su historia puede cambiar si una serie de hechos afortunados llegan a suceder como lo fueron los que nos llevaron a Rusia 2018. Lo que nunca nos sucedió, ahora pasó. ¿Cómo?, no lo sabemos.  La historia del fútbol es un albur. Este libro es una muestra de ello. Una pelota que no entró por escasos centímetros hizo que se escribieran decenas de páginas. Y como  Jorge Barraza finalizó su artículo sobre los pronósticos del próximo campeón mundial: “Esta grabación puede autodestruirse en cinco segundos. Sólo basta que una pelota, en lugar de entrar, pegue en el palo y salga. Eso mandará este análisis al canasto.”


Datos:

Editorial: Debate
Año: 2018
Autor: José Carlos Yrigoyen
Nacionalidad: Peruana
Titulo: Con todo, contra todos

sábado, 20 de enero de 2018

GEN Hi8. Película de Miguel Miyahira



En una escena memorable de la serie Mad Men, Donald Draper finaliza la presentación de la máquina de diapositivas de Kodak con la siguiente frase: “Nostalgia significa literalmente el dolor de una vieja herida. Este aparato no es una nave espacial, es una máquina del tiempo. Va hacia atrás, va hacia adelante. Nos lleva al lugar donde nos duele ir de nuevo. Nos permite viajar como lo hace un niño. Vuelta y vuelta y vuelta de nuevo al lugar donde sabemos que fuimos amados”. La película GEN Hi8, ópera prima del director Miguel Miyahira, es una máquina del tiempo, posee todos los elementos para que podamos catalogarla así, pues nos permite viajar a una realidad pasada con abundante carga emocional en la que no interferimos, sino solo somos fisgones que rememoran a través de una cámara Hi8 una etapa quizás olvidada para los adolescentes que fuimos a inicios de los noventas. Una época particular y violenta para los peruanos donde la incertidumbre por nuestro futuro era más que palpable.

Diego, personaje principal, es un quinceañero que llega a un barrio miraflorino e intenta integrarse a un grupo de muchachos de edades similares a las de él. En el transcurso de la película, lo vemos interactuando con ellos, con los que trata temas afines a su edad en la que se destaca el uso de la jerga noventera, las preocupaciones de su vida social y sentimental, la competencia por poseer la vanguardia tecnológica entre otros. En sí, los temas recurrentes de toda adolescencia pero bien escenificado en el contexto de principios de la década noventera. No obstante, podemos percibir un clima enrarecido, con escenas de la información de la prensa sobre la violencia terrorista y la convulsión política y social apareciendo entrecortadamente en el transcurrir de las vivencias de estos jóvenes.  A pesar de eso, viven su propia realidad, la abundancia de tomas cerradas nos hace apreciar el mundo personal donde los pequeños dramas se transforman en inmensos. La realidad que los rodea está tan presente como las voces lejanas y distantes de los padres de estos personajes que nunca llegan a aparecer. Una escena es muy gráfica en ese sentido. Diego busca el último número de su revista deportiva Estadio, para encontrarla remueve otras revistas con portadas de fachadas de casas destruidas por la explosión de un coche bomba, la imagen de una líder terrorista, titulares que expresan el caos políticos que vivíamos en ese entonces, y al que el protagonista no les da importancia. Su padre pierde el trabajo y él solo piensa en encontrar uno para comprarse su Super Nintendo. Así, vemos a una juventud despreocupada, ensimismada, que siente que el mundo que se desploma no los va a alcanzar. Aunque el final nos hacen saber que no hay escape y que en algún momento este les llegar a tocar de la manera más brutal.

La representación de la película ayuda mucho en generar esa sensación de estar presente en una época pasada. Las referencias de la década de los noventa son abundantes, desde la forma en cómo la vemos, pues es una escena estática donde aparece un televisor de transistores de 14 pulgadas colocado en el suelo y es ahí donde transcurre toda la película. Las tomas, los efectos visuales y la edición no nos permiten ni siquiera dar un escape para volver a nuestro tiempo, no hay respiro. En sí, somos testigos de un recuerdo y a la vez de un sueño por momentos asfixiante. Todo aquello que hemos vivido pero quizás querido ser olvidado, se hace visual. Lo presentado es una vivencia adolescente descarnada, no pretende idealizar la época ni hacerla entrañable. Lo visto en estas escenas es lo que fuimos e hicimos cuando el país se desangraba. Somos el recuerdo de individuos adolescentes citadinos donde la tragedia máxima era que sucediera un apagón en medio de una paja o de una película de acción. Los contrastes con ese otro Perú, representado en la reacción de una adolescente trabajadora doméstica proveniente de una región de la sierra ante un apagón, también es muy ilustrativa.


Existe mucho por descubrir en esta película. Miyahira ha escudriñado muy bien esa época de la que también fue parte. Desde las cualidades técnicas como las temáticas dan pie a una exploración interesante. Indudablemente lo visto llega profundo al espectador que estuvo presente en ese período. Una cápsula del tiempo que nos obliga a mirar más de cerca lo que quisimos olvidar. Gen Hi8 queda como una película introspectiva, la génesis de una generación que hoy tiene la responsabilidad de sobrellevar una realidad que nos fue entregada deshecha.


Datos:

Director:                           Miguel Miyahira

Asistencia
de Dirección:                    Fernando Ureta

Guión:                               Miguel Miyahira 
                                          Fernando Ureta

Edición:                             Miguel Miyahira

Postproducción Video:      Milko Villalobos

Postproducción Audio:      Ricardo Núñez


Página de Facebook:  Gen Hi8
  

lunes, 24 de abril de 2017

Reflexión sobre la ejecución extrajudicial.


Muchos se llenan la boca diciendo: "está bien que hayan matado a los terroristas" y me pregunto: ¿estas personas serían capaces de empuñar un arma y dispararle a otro individuo?; si no es así, ¿de qué estamos hablando? Es sencillo decir que maten a todos pero la cuestión es ¿quién?

Sea quien sea, es asesinato el cometer una ejecución extrajudicial, el sistema lo califica de esa forma y no hay manera de defender eso. Yo estoy en contra de la guerra en sí porque se utiliza la juventud de unos para materializar los odios ajenos. Al final, quien tiene que llevar a la almohada lo hecho (sea en cualquier circunstancia) es aquella persona que jaló el gatillo, un ser arruinado de por vida.

Por más homenajes que les hagas, eso no les quitará el hecho de haber matado a otro ser humano, intentará consolarse con muchas razones, pero si es una persona sensible, en algún momento de su vida ese acto le pasará factura. Las víctimas del terrorismo no sólo están enterradas, también andan caminando con la culpa a cuestas, mientras el resto les da palmadas en el hombro por hacer lo que nadie se atrevió.



                         White Death, francotirador finlandés (dibujo del autor)  :D


martes, 14 de febrero de 2017

Carl Sagan, la Pseudociencia y el Escepticismo



Así se crea en OVNIS uno no puede alejarse del escepticismo. Tantos años de desarrollo científico nos debe de hacer seres humanos que busquen la interpretación de estos hechos de la manera más convincente, no dejando la explicación a otros individuos que quizás sus opiniones linden con la locura. Carl Sagan, el conocido divulgador científico y casi el responsable que medio mundo tenga interés por a ciencia, siempre expresó su preocupación por las personas inteligentes que caen en la pseudociencia, ya que existe mayor información sobre las especulaciones que de la ciencia misma (a pesar de ser más fascinante que la otra), debiéndose a que el "escepticismo no vende". 

Él se refería a lo siguiente:

"La ciencia origina una sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.
En todo el mundo hay personas inteligentes, incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son “analfabetos científicos”. Es exactamente la misma fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se aplican severos castigos a quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo hay cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es extremadamente grave.
(…) Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología…”
                                                                                              (El Mundo y sus Demonios / Carl Sagan)

Esta reflexión fue motivada debido a que un chofer que lo recogía del aeropuerto para ir a una conferencia. Cuando estuvieron en el auto le dijo que si no le molestaría quería hacerle muchas preguntas sobre ciencia. Sagan acepta con gusto pero se sorprende al escuchar su inquietud sobre: “los extraterrestres congelados que languidecen en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de “canalización” (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos… que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín…)” Sagan se decía que se veía obligado a decepcionarlo con cada explicación a sus inquietudes. Veía al señor como una persona leída e informada sobre cada tema. Sin embargo, cada teoría era perfectamente explicable bajo los criterios de Sagan. Al final, el describe la atmósfera de su charla:

“Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida anterior.”


De lo que sí estoy seguro es que aun existen hechos sin explicación y que la ciencia poco puede hacer para darnos un consuelo a estas interrogantes. Aún quedan misterios con los que podemos mantener la esperanza de que nuestra realidad perceptible no lo es todo.

Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...