domingo, 19 de abril de 2026

Descansan bajo la arena de Edward Chauca


La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o imaginamos sobre la idea de morir se origina en la vida misma. La angustia existencial, la misma energía que nos impulsa a vivir, es la que construye la idea de la muerte. Se puede morir antes que la muerte misma.

Y es que ella se halla en cada instante: la presencia del término de nuestra vida está inoculada en la misma forma del ser orgánico. Como sabemos, el ser humano es el único animal consciente de su muerte, por lo que estamos conectados orgánica y psicológicamente a esa idea. Y el arte, en todas sus manifestaciones, no ayuda a tolerar esa idea. Por eso buscamos explicarla, imaginarla, suponerla, anticiparla o metaforizarla, siendo, a veces, una tarea ardua y dolorosa. Nos hace indagar en cada aspecto de nuestra experiencia y batallamos con el lenguaje para descifrar aquella idea angustiante.

El libro Descansan bajo la arena, de Edward Chauca, está construido sobre esas bases. Dividido en tres partes, primero nos muestra la génesis de la idea de nuestro fin trágico; luego, cuando somos conscientes de lo inevitable que es; para finalmente aprender a convivir con ella.

El título es evocador, pues ¿quién descansa bajo la arena? ¿Es aquel o aquella que se deja vencer por el peso de la existencia y cae en medio de un desierto? ¿Y el tiempo se encarga de cubrirlo como para olvidarlo con todo y sus recuerdos? ¿Es la aceptación de un hecho inevitable y se descansa para olvidar? Siendo sinceros, el autor nos prepara para comprender el universo de su poemario. Porque, desde cada episodio poetizado, declara que la muerte viene poco a poco.

Porque ella se mimetiza en la cotidianeidad. Lo declara de forma cruda en el poema El mercado: “Mi madre coge un pollo tibio con vísceras / Los rostros de la muerte terminan en los dientes de los perros”. “Allí estaban en jaulas gritando su destino a oídos sordos / ¿Ahora dónde están sus gritos?” o “La casera continúa su mañana de producción económica / envuelve cadáveres con los últimos acontecimientos políticos”. La muerte se muestra cotidiana, cruda y como mercancía.

Aunque también nos ofrece, en imágenes, la senda que nos lleva hacia ahí: la vida como un destino legado en el que estamos condicionados. Y que la libertad se encuentra delimitada, que, sin saberlo, ya conocemos dónde seremos enterrados. Así, también crea un concepto de la memoria no nostálgica, sino activa y presente. Es recordar sin terminar de asimilar qué significa aquello para la memoria. Sobre lo primero, hallamos en poemas como Las bodas de la madre y la hija: “Tu cuerpo vaga atado al destino de tu apellido”, “Te preguntas por tu apellido / el mismo de tu madre”; en La solidez de las dunas: “Cada paso que se hundía en la arena / cruzaba lotes donde un día niños se sentarían a estudiar…”; en El camino a la guerra: “A ti te escogieron para morir / para que no quedara ni tu nombre ni tu apellido”. Y, en lo segundo, leemos en La novena el recuerdo del trauma: “Por un segundo cierra los ojos / y su hermano vuelve a ahogarse bajo el cerro de Yungay”; en Regreso a Shirac se resigna a saber que el recuerdo no evoca, sino confirma la pérdida: “Los pronunciaba porque estábamos ausentes / Aún lo estamos” o “La ausencia volvía a sus ojos / llenaba su corazón de memoria”; y en El eterno retorno a la muerte se pregunta: “Será que los ríos llaman a la muerte”. Como una manera de resignificar el símbolo del río, como imagen del fluir, hacia una que evoca el fin.

En Descansan bajo la arena, el autor nos muestra otro desafío: el lenguaje, ya que lo asume como una forma no certera para abarcar lo que evoca la idea de la muerte. Este es incompleto, inseguro, porque es desbordado. El poema apenas rodea, con imágenes, el centro de la angustia total. No obstante, esa limitación motiva a Edward Chauca a construir imágenes potentes y evocadoras, siendo consciente de que escribir sobre la muerte no basta. Así que vamos a hallar en su lectura no solo lo que nombra, sino lo que deja entrever. Lo podemos apreciar en Aeropuerto: “La metáfora existe sí y solo sí aquello de lo que hablo no está allí”, para complementar: “En los versos finalmente se desaparece al sujeto”. Y lo afirma con claridad en el siguiente verso: “El poema es una forma inútil”. El lenguaje, a pesar de sus límites, nombra aquello para que no desaparezca del todo. Ya que, para el poeta, es vital el recuerdo, porque quizás sean las letras el último vestigio de la existencia. Chauca dialoga con introspección: “Qué harán con mi memoria. Qué importa. Dónde descansará mi cuerpo. Dónde dormirán mis cenizas. Qué importa. Quién limpiará la lápida. Quién prenderá una vela. Quién traerá flores. Quién limpiará la urna. Qué importa. Quién me llevará en sus oraciones. Quién me dejará en su recuerdo”. Aquí vemos la total consciencia de la nada que precede a la muerte, pero nos deja la pregunta: si no importa, ¿a quién van dirigidos estos versos? Es que también el poema es trayecto, existencia, vitalidad, parte del ser. No abarca más allá del espacio que le dan las hojas de un libro y la mano que surca las líneas en símbolos que apenas significan para el hombre.

Apreciamos en su poesía también a la vida, pero como deterioro y debilitamiento, pues pasamos por imágenes que proyectan el trabajo sacrificado, el hambre, los largos viajes y a quienes, a pesar de eso, no llegan a su destino. Es como si el fulgor de la vida se fuera apagando en una existencia calculada, de profunda resignación hacia la oscuridad silenciosa y pasiva.

La segunda parte del poemario se llama Espacios para pensar la muerte. Considero que este título condensa lo que apreciamos en la obra. Chauca batalla con el lenguaje no para decirnos su idea, sino para mostrarla, para que, al leer sus poemas, no podamos ignorar aquello que está presente desde el día en que nacemos. Sí, pensamos en la muerte, pero también la transpiramos, la vivimos y la hollamos. Nuestra muerte fluye por el organismo y nos fundimos con ella. Eso me trae a la mente una cita de Bachelard, citando a Rilke: “Nos fundimos en ese fluido del pasado. Rilke ha conocido esta intimidad de fusión. Dice esa fusión de ser en la casa perdida: ‘No he vuelto a ver nunca esta extraña morada… Tal como la encuentro en mi recuerdo infantilmente modificado no es un edificio; está toda ella rota y repartida en mí; aquí una pieza, allá una pieza y acá un extremo de pasillo que no reúne a estas dos piezas, sino que está conservado en cuanto que fragmento. Así es como todo está desparramado en mí; las habitaciones, las escaleras, jaulas estrechas subiendo en espiral, en cuya oscuridad se avanzaba como la sangre en las venas’”. La meditación en la que nos sumergen los poemas de Descansan bajo la arena no se acaba nunca; al contrario, propaga la inquietud: al leer los versos, también construimos, en la melancolía propia, aquello que nos llama la muerte.

En el presente libro, el trágico destino se muestra humano, real y cotidiano. El poeta nos confiesa su visión íntima de la mortalidad, el universo entero personal que llegará a su fin, porque, como dice también Gaston Bachelard: “Un poema con la marca de una sinceridad directa e inmediata es un germen del universo; detenta también una sabiduría, una sólida sabiduría; es una humanidad condensada”.


Carlos Luján Andrade


viernes, 16 de mayo de 2025

La palabra como campo minado: poética del colapso en Carlos E. Luján Andrade

La propuesta poética de Carlos E. Luján Andrade en Soundtrack y Miles de Misiles configura una arquitectura bifronte en el sentido más literal y simbólico del término. No se trata solamente de un libro dispuesto en dos caras físicas, sino de dos registros líricos que encarnan formas antagónicas y complementarias de abordar el desgaste del sujeto contemporáneo. Por un lado, Soundtrack articula una estética de la melancolía íntima, filtrada por referencias musicales, cinematográficas y urbanas; por otro, Miles de Misiles despliega una imaginería bélica, industrial y feroz, donde el poema es proyectil, es grito, es destrucción de la lengua domesticada. 

Ambos poemarios deben leerse como piezas que configuran una sola cosmovisión: la de un sujeto postrado frente a las ruinas del siglo XXI, buscando en el lenguaje, no la redención, sino el testimonio áspero y fragmentario de un derrumbe sin final. 

En Soundtrack, el autor elige el tono confesional, íntimo, pero despojado de sentimentalismo. En Do you realize??, poema que abre el lado A, la cita de The Flaming Lips ("Do you realize that everyone you know someday will die") es el punto de partida para una reflexión sobre la fugacidad del instante artístico, de la performance vital, que se presenta como "mi momento, este momento / extraño a la lírica que el cuerpo reclama". Este extrañamiento del yo, esta escisión entre el cuerpo y la canción, entre el lenguaje y la experiencia, es una constante a lo largo del libro. La música aquí no es solo un referente cultural, sino una banda sonora agónica de la pérdida, un ruido de fondo que acompaña la caída.

Poemas como La Vigilia o Pleasant Dreams articulan esa dialéctica del insomnio, la espera y el deseo del sueño como fuga. En La Vigilia, la metáfora del castillo conquistado y derrumbado es una imagen clara del yo poético como territorio invadido: "¿A un monarca incorruptible e imperturbable / que con castillo conquistado y derrumbado / aún borbotee en él la pasión de su imperio?". Luján Andrade pone en evidencia aquí que no queda imperio alguno, solo el eco de su caída. 

El lirismo en Soundtrack es un lirismo de la decepción, del amor derrotado y la infancia traicionada, como se evidencia en Congoja (El estante vacío), donde la imagen de los juguetes abandonados funciona como símbolo de una infancia irrecuperable: "Ellos contemplaron el obscurecimiento / de visiones iridiscentes / en almas ajenas taciturnas". 

Sin embargo, este lirismo no es lánguido ni contemplativo; es una lucha por sostener una voz que sabe de antemano la inutilidad de su canto: "¿Por qué el sueño y no la muerte? / ¿Dormir y no vivir?", se pregunta en Pleasant Dreams, enunciando la lógica paradojal que atraviesa todo el poemario. 

El lado B, Miles de Misiles, introduce un cambio radical de tono y registro. Aquí, el sujeto ya no dialoga consigo mismo, sino que lanza sus versos como misiles contra un blanco que sabe inexistente. En El desencanto de la libertad, el poema se presenta como una autopsia de la modernidad petrificada: "La pura libertad demuele con fiereza la estatua robótica viva, / una vida que no comprende". La poética se vuelve industrial, mecánica, hiriente. 

El poema Sacrificio empuja esta poética hacia el terreno de lo visceral: "Degollado sobre sangre violeta / la cabeza encalla en rocas azules". Las imágenes violentas, de cuerpos desmembrados, devorados, transforman al sujeto en despojo orgánico, en nutriente inútil para un mundo de cuervos irónicos: "Ser proteína, / Ser caloría, / Ser lágrima, / Ser humano." 

La poética de Luján Andrade en esta sección es profundamente iconoclasta, cercana al expresionismo, pero filtrada por una ironía ácida que destruye cualquier resquicio de mística revolucionaria. En Miles de Misiles, no hay victoria posible, solo la conciencia lúcida de la derrota: "Palabras temblorosas / sollozan al espacio lácteo, sin forma / lanzando miles de misiles a un blanco inexistente". 

El poemario Miles de Misiles asume el lenguaje como campo de combate estéril, mientras que Soundtrack acepta la derrota como estado permanente. Esta tensión entre el estallido y la resignación, entre la furia y la melancolía, es la fuerza vertebral del libro bifronte. Ambos registros no buscan complementarse, sino evidenciar la fractura irreparable del sujeto, tanto en su dimensión pública como íntima.

La propuesta estética de Luján Andrade, que podríamos inscribir dentro de una poética del desencanto radical, se distancia de cualquier épica contemporánea. Sus poemas no ofrecen salidas, ni siquiera en el plano simbólico. En esa renuncia a las ilusiones está, precisamente, su potencia ética y estética. 

Se trata, en suma, de una poesía que rehúye la complacencia, que apuesta por la incomodidad del lenguaje desgarrado, por la imagen como esquirla, por el poema como espacio de una violencia que ya no es exterior, sino interna, encarnada, asumida como única posibilidad de supervivencia en un mundo que ha pulverizado toda certeza. (SM)

miércoles, 14 de mayo de 2025

La primera y única vez que vi a Mario Vargas Llosa fue en 1997 ...

La primera y única vez que vi a Mario Vargas Llosa fue en 1997 cuando vino a dar una conferencia a la Universidad de Lima acompañado de su gran amigo, el escritor chileno Jorge Edwards. Se realizó en el novísimo ZUM (Zona de usos múltiples) que la universidad estrenaba. Por ese entonces, estaba a punto de cumplir veinte años. Ese día era especial porque iba a conocer a mi héroe literario. El primer libro con el que entré a la universidad ya como alumno, fue la edición de populibros de Los Cachorros. Me recuerdo manoseando y viendo una y otra vez la cubierta del ejemplar sentado en los sillones del consultorio a la espera de una revisión médica necesaria para matricularme por primera vez. Esos días iniciales como universitario, lo leí paralelamente a Los Perros Hambrientos de Ciro Alegría y el libro de difusión científica de Tomás Unger, La ventana a la ciencia.

No obstante, esa admiración no era compartida por mis compañeros de clase. Con sorpresa, me di cuenta que en los cursos de Estudios Generales, los alumnos pifeaban a los maestros que mencionaban el nombre del escritor. Solo un par de años después, me enteré que esos jóvenes eran hijos de empresarios o políticos afines al Fujimorismo. Y debo confesar que, durante toda la carrera universitaria, sobre todo en la facultad de Derecho, se podía hallar a gente defensora del dictador por todos lados. Un sinsentido.

Unos meses después, por recomendación de mi hermana, cayó en mis manos la edición de Seix Barral de La Conversación en La Catedral. Aquella que tiene una hipnótica portada en la que aparecen vasos y colillas de cigarrillos sobre una mesa. Como siempre tenía costumbre de andar con un libro en la mano, cuando debía esperar una clase o a alguien, no dejaba de ver una y otra vez la foto de la cubierta cuando por la ansiedad, me aburría de leer el contenido.

Después leí un par de novelas más, y cuando pasado un año se anunció que visitaría la universidad, me prometí ir a verlo. No obstante, por esa época del año, me prendí de una muchacha con la que apenas llevaba un curso electivo. No podía dejar de verla durante la clase, quizás consciente que solo tenía un par de horas a la semana para hacerlo. Cada clase, más que prestar atención, imaginaba formas de dirigirle la palabra. Mi timidez era absoluta con respecto a las mujeres por ese entonces, pero solo cuando realmente me agradaban. Como ella se sentaba una carpeta delante de la mía, como niño de primaria, cada vez que se caía algo de su carpeta, yo lo recogía con rapidez, sospechando que alguno otro me podría ganar. Ella sin voltear del todo, me daba las gracias con desgano. Es así que el profesor pidió que hiciéramos grupos para un trabajo. Era la oportunidad esperada. Sabiendo que me jugaba mi poco amor propio que me quedaba hasta ese entonces si me rechazaba, me acerqué y le propuse hacer el trabajo con ella. Y como el gol de Quevedo al Sao Paolo, contra todo pronóstico, aceptó. Así pasaron las semanas y estaba en la estratósfera reuniéndome con ella en la biblioteca y la cafetería. Sin embargo, notaba que era caprichosa. Le costaba reírse de mis bromas y me mandoneaba como a un perro entrenado. Pero a esa edad, uno no es consciente de nada, se dejaba llevar por sus emociones. Hasta que pensé que algo más le debía decir. Y le propuse quedar un sábado por la mañana en el campus para conversar, aprovechando que ella tenía un curso ese día. Sin embargo, la noche del viernes, el día anterior, era la presentación de Vargas Llosa. Ese día estuve sin falta y fue más que increíble la experiencia de oírlo. Durante el viaje de regreso tenía sensaciones intensas: acababa de ver y oír en vivo al master de las letras peruanas y al día siguiente vería a la muchacha que me quitaba el aliento. Aunque todo eso se desinfló al llegar a mi casa a eso de las diez y media de la noche. Mi padre me dijo que acababa de llamar una muchacha y que luego de preguntar por mí y querer saber dónde estaba, le había dicho que me comunicara que no iba a poder reunirse conmigo al día siguiente. Me quedé desilusionado. No comprendí qué había sucedido. Ya no la llamé a su casa por ser muy tarde y tampoco a primeras horas del sábado porque sabía que estaba en clases. La clase siguiente no fue, solo fue a las dos semanas y me trató con cierta frialdad para coordinar el trabajo que debíamos presentar. Nunca supe qué pasó, pero siempre sospeché que fue porque no estuve a su disposición ese día que fui a ver a Mario Vargas Llosa. Por meses no sabía si debía arrepentirme por ir a verlo. Cada vez que recuerdo esos pensamientos casi adolescentes de incertidumbre, me da nostalgia al pensar en lo que por ese tiempo era mi gran preocupación.

Para limpiar aquella impresión de la vez que vi a Vargas Llosa ese día, cuando se organizó poco tiempo después un encuentro de narradores latinoamericanos en la universidad, fui a verlo de nuevo. Aunque para mi mala suerte, ya el escritor era querido por todos. Las demenciales colas para entrar al pequeño auditorio hicieron que me quedara sin butaca y solo lo pude ver por las llamadas aulas magnas, aledañas al auditorio, y por circuito cerrado. Al menos eso me sirvió de consuelo para ya no tenerle rencor al que sería el futuro nobel por no dejar que se consumara mi idilio juvenil.


Toda opinión debe aspirar a convertirse en dogma...

Toda opinión debe aspirar a convertirse en dogma. Esto se logra dándole tanta credibilidad que sea tomada por cierta sin necesidad de verificación. Para lograr esto, en un inicio se debe fundamentar debidamente esa opinión. Hacerla impermeable a la crítica profana. Cubrir la mayoría de flancos argumentativos que pudieran desbaratar sus premisas. En el fondo, una buena opinión debe ser una torre de piedra que solo podrá vulnerar un ejército de gente de buen criterio. Pero para eso, del otro lado de la muralla, ya se tendrá una legión de individuos que desearán morir por esa idea porque estarán más convencidos que quien la generó.

Opinar sin esa ambición será un fracaso. Es mejor el silencio.

¿Qué expresaría una inteligencia artificial? ¿Soñará con ovejas eléctricas?

¿Qué expresaría una inteligencia artificial? ¿Soñará con ovejas eléctricas? La pregunta, más que un guiño literario a Philip K. Dick, apunta al corazón del problema: ¿puede haber expresión auténtica sin un sujeto que experimente? Si una IA no tiene emociones, ni conciencia, ni dolor, ni deseo, ¿puede realmente decir algo? ¿Y si no puede, importa?
La respuesta incómoda es que quizás no importe en absoluto. Como ocurre en el arte humano, la conmoción que provoca una obra no depende necesariamente de la vida interior de su autor. Un artista puede ser un canalla, un criminal o un ser vacío, y aun así crear algo hermoso, algo que nos haga temblar. En ese sentido, la IA no estaría tan lejos del ser humano: una entidad opaca, un espejo roto que sin embargo refleja con nitidez.
Cuando una IA genera un poema, una melodía, una pintura, no lo hace desde un dolor personal ni desde una pulsión creadora. Lo hace desde la estadística, el patrón, la repetición y la inferencia. Y sin embargo, a veces, logra mover algo en nosotros. ¿Qué es eso sino arte? ¿No es, acaso, el arte esa capacidad de producir una emoción a través de una forma?
El test de Turing ya no se limita al lenguaje: se extiende al terreno del arte. Ya no preguntamos si la máquina "piensa", sino si su producción nos hace sentir. Y cuando lo logra, surge un tipo nuevo de experiencia estética: la del engaño emocional consentido. Sabemos que no hay alma detrás de la obra. Sabemos que no hay intención. Pero aun así, decidimos sentir. ¿Es eso menos auténtico?
En última instancia, lo que una IA produce no es un testimonio, sino un reflejo: nos devuelve nuestras propias formas, nuestros miedos, nuestros gestos culturales más profundos. Y lo hace sin juicio, sin pudor, sin conciencia. Ahí reside su poder, y también su ambigüedad: es una voz vacía que, sin embargo, nos conmueve. No porque sienta, sino porque nosotros lo hacemos por ella.
Esta capacidad de la IA para conmovernos sin sentir abre una paradoja ética: ¿debemos atribuir valor estético -o incluso autoría- a una entidad que no sabe que está creando? Y más aún: ¿a quién pertenece la obra cuando no hay “autor” en el sentido clásico?

Viaje al infinito de Carlos Luján Andrade (*)

Por Rubén Quiroz Ávila

Pensar por sí mismo es un acto que es necesario resaltar en este libro de breves ensayos y testimoniales en su recopilación Viaje al infinito. Artículos sobre la sociedad, el ser humano, el arte y otros, 2002-2022 (Dendro, 2024) del poeta y abogado Luján. Se atreve a contar su perspectiva personal de las cosas, desde sus lecturas cotidianas hasta sus aventuras citadinas, como un registro documental y que requiere una sensibilidad atenta a los giros y provocaciones que nos ofrece la realidad. Esa visión atenta, reflexiva, desde una óptica que nos va revelando las formas que adquieren los sucesos. A la vez, muestra sus acercamientos que durante dos décadas ha ido escribiendo y que, además, indican la evolución de su propia meditación.

Eso es lo interesante: su propia y personalísima opinión. Por supuesto, uno puede estar de acuerdo o no con lo que él recrea y observa, pero el hecho de que emprenda publicarlo de manera organizada, nos hace testigo de su propia marcha como escritor. El detalle del pensamiento propio es crucial en momentos actuales en los que muchos se allanan a ser meros ecos de otros pensamientos. La libertad de practicar la deliberación abierta, tolerante, plural, como un testimonio contemporáneo ya es un logro que vale la pena subrayar.

Luján, con su vocación escritural, plantea que las perspectivas adquieren valor en tanto descubren enfoques que individualizan el mundo, que no es sino una combinación de todas las variantes posibles de interpretación. De ese modo, los niveles de especulación son factibles de establecer una comunidad que dialoga justamente porque cada individuo podría trazar su propia cavilación. En su maraña de abstracciones, este autor establece una riqueza introspectiva y la declaración de un programa intelectual, razonado y problematizador, que tiene un propósito atendible y, en varios momentos, exquisito. Y, en el Perú, quien aspira, como en este caso, a opinar libremente, merece atención y reconocimiento.


(*) Artículo publicado en el Diario Uno de Lima en 2024

martes, 12 de noviembre de 2024

¿Qué se puede esperar de una sociedad donde inundan peluquerías, chifas y pollerías?...

¿Qué se puede esperar de una sociedad donde inundan peluquerías, chifas y pollerías? Donde el principal valor está en lo que se traga. Se celebra la ramplonería y la vulgaridad. La liberación de la represión sexual no se manifiesta en pinturas o literatura, sino en espectáculos de mal gusto donde abunda el doble sentido.
 
No se va poder abordar los temas serios que nos agobian si no cultivamos el intelecto y la sensibilidad. Los únicos que se educan son los tecnócratas, que con fundamento, convencen a los distraídos de que el costo-beneficio es la única alternativa para solucionar los problemas sociales.
 
Y estamos muy atrás todavía. El ministerio de Cultura es usado para darle pleitesía a un sátrapa que despreció el arte y la literatura. Un individuo que no hizo nada por estimular la apreciación artística. Al contrario, la ignoró y buscó la forma de que los ciudadanos se embrutezcan con diarios chichas, fútbol, programas sensacionalistas y cómicos ambulantes.

Es esa la generación que no tiene herramientas para salir del hoyo moral y ético en el que nos encontramos. Poco a poco, lo más bajo ha ido ascendiendo hasta llegar a controlar el poder político. Una forma de contrarrestar aquella ola de vulgaridad a la que todos los días nos enfrentamos es el estímulo del espíritu creativo. Solo con la imaginación nos liberaremos de los dogmas que nos hacen creer que el perfeccionamiento de las fórmulas aprendidas, dadas por el sistema de consumo, es la única solución. Es decir, acabar con la idea de que no somos una sociedad mejor porque no sabemos aplicar las recetas del liberalismo económico de países desarrollados, porque en el fondo, sabemos que una nación como la nuestra, no merece el destino de aquellas sociedades, y que si bien tienen un mayor PBI, son los que siempre ponen en vilo el destino del mundo.

De cuando en cuando, vuelvo a la lectura de la literatura peruana...

De cuando en cuando, vuelvo a la lectura de la literatura peruana. No importa el estilo o el género. Por alguna inexplicable razón, sus cubiertas me seducen y me hacen abrirlos. Mi hipótesis es querer volver a vivir la primera experiencia de su lectura. Sin embargo, he ahí el primer inconveniente. Por una cuestión casi de exigencia curricular, ha sido inevitable que estos libros hayan sido de Vargas Llosa, Ciro Alegría, Arguedas, J.R. Ribeyro, Bryce Echenique, Manuel Scorza y otros más. Y digo inconveniente porque esa experiencia no vuelve a aparecer.

Es descorazonador que cada vez que tomo un libro de algún "renombrado" autor peruano, su lectura sea una invitación al bostezo. Hace poco leí un libro emblemático de uno de los más importantes referentes de la literatura actual peruana, publicado hace casi veinte años, y fue desalentador. La prosa monocorde, daba demasiadas vueltas en un mismo argumento, los personajes poco trabajados y solo el final es digno de destacar. Casi lo abandono a la mitad de su lectura porque sabía que no iba a mejorar en las páginas siguientes. La prosa aburrida no era una estrategia para luego sorprender, sino una limitación del autor. Luego tomé un libro de otro escritor, este publicado hace quince años. La obra tiene más de cuatrocientas páginas y llegué a la doscientos cincuenta casi con sudor frío y agonía. No pude seguir. Qué mamotreto tan aburrido. No puedo entender cómo así es que haya tenido tanta publicidad en la prensa y hasta ahora sea considerado el mejor libro de tal autor. Sé que ambos trabajos fueron víctimas de las modas, una de las novelas negras de inicios de siglo y la otra de la autoficción. Ambos géneros casi muertos el día de hoy. Así que es complicado que en estos tiempos, temas así capturen un mediano interés. No diré los nombres de las obras porque no vale la pena.
Sin embargo, lo que sí debe mencionarse es lo que produce agrado. Como para pasar el mal sabor de boca (o de vista), por la voluntad de un buen amigo y apiadado de mi desilusión, cae en mis manos El viejo saurio se retira de Miguel Gutierrez, libro publicado en 1969. Bastan veinte páginas para aniquilar toda la prosa tediosa de estos autores peruanos contemporáneos. Y no me queda más que reflexionar sobre la involución del género de la novela peruana. La destreza de Gutierrez para describir situaciones, la introspección de los personajes, la fluidez de la prosa como la maestría al manejar los tiempos, no hace más que concluir que hemos dado un paso atrás. Poco antes, leí un libro llamado Te he seguido de Jack Martínez. Ha sido publicado este año. Si bien es un libro correcto y entretenido, sí demuestra el oficio de un escritor que aspira a contar algo bien y lo logra con creces. No obstante, mientras pasaba las hojas, no dejaba de percibir que leía un libro de hace cincuenta años. Detalle que fue corroborado por un crítico que halló alguna referencia a Enrique Congrains. Un autor de los sesentas, representante del realismo urbano.
No digo que no existan buenas novelas actuales, pero a la mayoría les falta la contundencia verbal e intelectual de nuestra literatura de hace medio siglo. Me hace recordar a una observación que hizo Leonardo Aguirre al libro de Sergio Galarza llamado La soledad de los aviones, en las que observó que lo mejor son los títulos de los cuentos, pero que esos aviones nunca alzaron vuelo. Comentario que le hizo merecedor de un golpe en la cara por parte del autor (eso cuenta la leyenda).
En algunos aspectos, la narrativa peruana ha involucionado. Sigo creyendo que en esa intención de dar el salto a lo más contemporáneo, nos hemos desbarrancado. Los escritores a los que se les quiere dar mayor relevancia, se les exige que su literatura sea internacional y es en ese intento que fracasan. Cada cierto tiempo, lo intentan con algo nuevo. Alguno halla a un autor o género popular en un país lejano y ya queremos emularlo para crear la ficción de que no estamos tan distantes de lo que se hace en el primer mundo.
Lo pertinente es mirar hacia atrás, recordar cómo escribieron los maestros peruanos de la narrativa y emularlo, no importando si lo escrito parezca hecho hace décadas. En ese volver a aprender, podremos darle una identidad propia a la literatura. Arguedas lo agradecería.

Un ministro dice que la población no acatará el paro porque "son conscientes de que el país no se puede detener"...

Un ministro dice que la población no acatará el paro porque "son conscientes de que el país no se puede detener". Preocupa que los representantes del gobierno y el Congreso tengan una pésima lectura de los problemas sociales del país. Los transportistas no acatan del todo el paro porque si no pagan el cupo, los matan. Han asesinado a un transportista por no pagar siete soles porque se le malogró su auto un día. Es decir, el gobierno y los extorsionadores andan de la mano para que la gente siga yendo a trabajar. Así de mal estamos.

No hemos aprendido nada de lo sucedido en la pandemia. Nuestro país fue uno de los que tuvo la mayor cantidad de muertos en el mundo. Eso no solo fue por nuestro pésimo sistema de salud, sino porque la gente debía salir a trabajar porque vivimos al día. En realidad, hay dinero en las calles. La gente si trabaja, obtendrá alguna ganancia, pero debido a la informalidad, esta se obtiene por ripios. Por eso pocos se dan el lujo de quedarse en sus casas.
La crisis que vivimos no es económica, a pesar de la recesión, sino institucional, que es más grave aún. La economía informal sobrevive como puede. Sin embargo, los errores de este gobierno y del Congreso poco a poco comenzarán a quebrar la economía por más paupérrima que sea. Los extorsionadores existen por eso. Hay personas que ganan dinero, pero no hay Estado que los proteja. La ecuación es bien simple. Lo que sucede es que al tener a dirigentes tan escasos de criterio, no son capaces de percatarse de la magnitud del problema. Y esa falta de inteligencia es peor que la corrupción, ya que así tengan la mejor intención de solucionar esta crisis, no van a tener la capacidad de hacerlo. Lo más trágico es que son los únicos que tienen esa responsabilidad. Para colmo, los gobernantes estarán más preocupados por el partido contra Uruguay que del próximo paro nacional.

En mi primer examen del curso de Historia de la Civilización (una materia del primer ciclo de la universidad)...

En mi primer examen del curso de Historia de la Civilización (una materia del primer ciclo de la universidad), solo se debía marcar la respuesta correcta. No había que desarrollar nada. Al terminar el examen lo revisé, pero encontré sospechoso haberlo resuelto muy rápido. Así que las volví a releer. Entonces, me vino el pánico. Recordé que en las academias pre universitarias te enseñan a desconfiar de los cuestionarios con opción múltiple. Una tara que me costó eliminar. Y por ese miedo borré muchas de las respuestas marcadas y las reemplacé por otras. Luego me paré de mi asiento y se lo entregué al profesor.

En la clase siguiente, nos entregan los resultados y me había calificado con 09. Al resolver el examen con el maestro, me percato que todas las que había cambiado eran las correctas. No podía creerlo. Los nervios me habían jugado mal. Viendo eso, decidí ir donde el profesor a explicarle la situación. Le dije que si veía bien, las opciones correctas las había marcado previamente, pero luego las había borrado. Al principio me vio con sospecha, sin embargo, le expliqué que eso de darle demasiadas vueltas a las preguntas era por culpa de las academias y por mi inexperiencia universitaria. De no haber borrado nada, mi nota sería de 16, así que se apiadó de mi y me subió a 12. Aclarando que no me colocaba todo el puntaje porque no sería justo con quienes no cometieron mi error.
No he sido muy reclamón con respecto a mis notas. Más aún, a una profesora le caí bien y me quiso ayudar a subirla, me dijo: "Señor Luján, revise bien, por ahí le podemos aumentar aunque sea medio punto". Pero muy estoico le dije que ya lo habia visto y no hay nada que hacer. Ella aceptó mi designio.

Las leyes no se pueden manipular a gusto del poder...

Las leyes no se pueden manipular a gusto del poder. Estas son producto de una serie de conceptos y principios jurídicos que van uno encima de otro. Solo la ignorancia de quienes detentan el poder pueden hacer creer que basta modificar a placer una normativa por intereses particulares para que la realidad cambie.

Si fuera así, este mundo no tendría tantas complejidades. Modificar una realidad con palabras sería lo ideal. Me pregunto sobre las personas que asesoran a los congresistas en ese empeño de debilitar al Poder Judicial, al TC y a otras entidades del Estado. ¿Son abogados? Si es así, están siendo engañados descaradamente. Estos mismos saben que tales cambios no van a poder soportar la realidad.
Es como pretender construir un puente con barro. No pasará mucho tiempo para que todo se venga abajo. El derecho tiene una hermeneútica sólida e impenetrable. Jugar con ella es irresponsable con consecuencias que se verán después. Alan lo hizo y ya sabemos cómo terminó, Fujimori también.
Las leyes tienen una razón de ser. Van de la mano de la Filosofía, la Lógica y el presente. Forzarlas es desconfigurar su institucionalidad en la que sostenemos hasta el derecho a la vida.

Cada 12 de octubre estamos con el mismo rollo...

Cada 12 de octubre estamos con el mismo rollo. Debido a la explotación del tema, se ha escrito innumerable bibliografía. Más aún, hay gente que se gana la vida con eso. Se habla de la Leyenda negra de la Conquista intentando desmentir aquello que ya está probado hasta la saciedad, buscando darle la vuelta a la Historia. Pero lo que alimenta aquello es la carga moral que le atribuyen a la explotación de España a sus colonias.

Es cierto que existió abuso y destrucción de las culturas que imperaban por ese entonces, sin embargo, así se formaba y forma la civilización. Nos pasan por encima sin darnos cuenta. El imperio incaico estaba destruyendo otras culturas para expandirse y no vemos a los herederos de los Chancas exigiendo el perdón a los Incas, pues quién es quién.
Aquellos que todavía se ofenden por lo sucedido hace centurias es porque han alimentado un resentimiento que no les pertenece, evitando así crear su propia identidad. Nos sentimos orgullosos de lo construido por las culturas pre incas o incas a pesar de que el país de hoy poco o nada tiene que ver con ello. Más somos concientes de la influencia cultural española que la heredada de los incas o preincas, tanto así que ni sabemos cómo se construyeron algunas de las edificaciones más emblemáticas del Cusco, y ni podemos descifrar los quipus.
Los españoles no tienen nada de lo que pedir perdón. Lo tendrían que hacer si actualmente mantendrían el coloniaje y su política de explotación. Al contrario, es ahora un país más desarrollado y con una influencia cultural muy fuerte en Latinoamérica.
He pasado por etapas antiespañola y hasta antichilena por haber entendido mal ciertos aspectos de la historia. El nacionalismo desmedido nos hace perder la perspectiva de lo que significa pertenecer a una civilización y más aún, que debemos proyectarnos. El pasado está solo para entenderlo y no hacer una religión de ello.

Conversando con un amigo, este me dice que todas las cosas están subiendo de precio...

Conversando con un amigo, este me dice que todas las cosas están subiendo de precio. Que cada vez es más complicado ahorrar o comprar lo necesario. Me habla de la política económica y lo mal que está siendo llevada. Más aún, que hay un grupo de gente que encarece los precios para sacarle ventaja a la situación. Comprendo aquello que lo agobia, sé que es una persona noble y que no sólo habla por él, sino por la situación que muchos debemos pasar. No obstante, le digo que si bien tiene razón, cuál es la alternativa sabiendo que uno más allá de manifestar tal malestar, no puede hacer más. Si bien hay recesión, el mercado funciona con piloto automático. Así que la alternativa que le propongo es solo cobrar más en lo que ofrece. Es claro que quizás estaría entre quienes los que sacan ventaja, pero solo queda esa opción y la otra es la de quejarse.

Estirar la pita hasta ver qué tanto resiste. También existe una alternativa parecida que es irse hasta el suelo en los precios, pero trabajaría el doble. Arrasando la competencia haciendo uso de las ventajas que le ha dado la vida. Esto lo hacen muchos y les funciona. Son aquellos que desean que las cosas no se muevan demasiado. Se cambia de dirección hacia la derecha y se calma el ánimo de protesta. Va depender con qué espíritu se quiere vivir la única vida que tenemos.

Regresa Alanis Morissette, y me viene a la mente cuando vino por vez primera...

Regresa Alanis Morissette, y me viene a la mente cuando vino por vez primera, no fui a su concierto, pero por ese entonces editaba una revista de ideas con unos amigos y se nos dio por ir a pegar unos afiches mal hechos de la publicación por algunos distritos de Lima. Esa noche fuimos por la Av. Universitaria cerca de la PUCP. Como dejamos algunas revistas en dicha universidad, entonces encontrábamos lógico pegar afiches cerca de ahí. Lo que recuerdo son los grandes carteles que promocionaban la visita de esta cantante pegadas en las paredes. Los nuestros empalidecían en tamaño, calidad y estética a su lado, ni qué decir de los que anunciaban a Dina Páucar o Sonia Morales. Eran realmente inmensos y de colores chirriantes con una tipografía abrumadora. Los que los colocaban venían en camionetas, escaleras y con unas enormes varas con las que afirmaban el papel, sin mencionar la actitud hostil que tenían. Una noche anterior, nos cruzamos con ellos por la Av. Wilson y de un plumazo nos taparon los tres afiches que habíamos colocado segundos antes.

Con esa bronca por lo sucedido, después fuimos a pegar los nuestros con algo más de autoridad, al menos de mi parte. Lo hacíamos a eso de las ocho de la noche para adelante y así evitar a la policía. Es así que tal día fui con una capucha negra para que no vean mi rostro. Quería lucir más intimidante.
Hallamos una pared adecuada, pero del otro lado de la avenida, llegar hasta allá requería dar la vuelta en U y el amigo, dueño del auto, no quería hacerlo, así que se estacionó a un lado y tuvimos que cruzar la pista cargado de los carteles, pegamento y una vara. Mientras luchábamos por pegarlos, escucho que alguien grita a lo lejos, increpándonos por lo que estábamos haciendo. Veo detrás del auto de mi amigo, a una camioneta moderna y unos chicos con carteles en las manos. Lucían como estudiantes de la universidad Católica: barbones, de tez clara, ropa de marca y una actitud altanera. Con la experiencia anterior, crucé enfurecido la pista, pero al parecer, mi apariencia era intimidatoria y pensarían que los iba a atacar. Me acerqué a ellos con una postura agresiva, encapuchado y una vara en la mano. No les iba a hacer nada, obviamente, pero quería saber por qué tanto nos reclamaban. Ellos eran los que estaban pegando ese mismo día los afiches de Alanis Morissette. Creían que estábamos cubriendo sus carteles, yo les expliqué con firmeza que no era así, que solo los estábamos colocando al costado, bajaron el tono y se fueron asustados. Por ese entonces era más sensible y me sentí culpable por haberles hablado de esa forma.
Fue una experiencia interesante. Ahí me di cuenta que hasta en esto de colocar carteles en las calles tiene su propia fauna y no quedaba otra que tener una actitud agresiva si uno desea sobrevivir para lograr el cometido. Alguna vez me tocó el pito un policía o un vecino me gritó e insultó desde su ventana. Me sentía una lacra social, pero todo valía la pena por mi revista y las ideas que queríamos dar a conocer.

Luego de casi seis años vuelvo a mi alma mater...

Luego de casi seis años vuelvo a mi alma mater. Solo fue una visita corta, sin embargo, puedo decir que queda poco de la que conocí. Por fotografías que tomé allá por el 2012, aún se podía reconocer los escenarios por los que pase buenos años de juventud. Poco tiempo después de egresar, volvía de vez en cuando y me sentaba en un salón o una banca a rememorar alguna vivencia. A pesar de estar alegre por terminar mis estudios, había una incómoda nostalgia por lo ahí vivido. Podía apoyarme en la barandas del pabellón G ha pensar en las veces que aguardaba con tensión mi turno para dar el examen oral, rememorar las conversaciones con alguien agradable, sentarme en una banca conversando cuestiones banales con los compañeros o ir por unos libros a la biblioteca donde pasé muchas horas.

Ahora el pabellón entero fue demolido, las bancas retiradas y la biblioteca modernizada. Solo hay pequeños espacios que me permiten todavía distinguir que caminé por ahí en una época formativa importante para mí.
Lo que si se mantiene pétreo es el ambiente apacible del campus. La sensación de estar fuera del caos de la ciudad y la amabilidad de los trabajadores están incólumes. Un mejor lugar para estudiar no puede existir. Sigue siendo una realidad aparte la U. de Lima.
Al terminar la tarde me senté a tomar un café y leer un libro como en aquellas épocas universitarias. Claro, ya no era el recordado, sino uno del Dunkin' Donuts al que no sabía bien cómo pedir. Solo minutos antes quise hacerlo en una máquina y para mi sorpresa, ya no tenía ranuras para monedas, sino un lector de tarjetas del que no tenía la menor idea de cómo funcionaba. Estuve buenos minutos observando cómo los estudiantes lo usaban, pero preferí no arriesgarme.
Al final me fui con una fallida nostalgia. Solo quedaba poco de lo que recordaba y me sentí como de una de las últimas promociones del siglo XX. Un viejo estudiante del siglo pasado.

Rebuscando entre las innumerables cosas que tengo guardadas en cajas...

Rebuscando entre las innumerables cosas que tengo guardadas en cajas, hallé un antiguo dvd de la película Silent Hill. Esta obra se inspira en muchas referencias literarias y artísticas. Entre ellas las de Bacon, Bosch, Hans Belmer, Dalí o Andrew Weith. El aspecto visual de la película es espectacular. Lo que llamó mi atención es que conforme avanzaba la trama, noté que faltaban algunas escenas. Pensé que la recordaba mal y que lo faltante en realidad era de películas posteriores. Sin embargo, lo cierto es que era una versión editada. Había olvidado que hace buenos años, películas con violencia explícita eran auto censuradas. Recuerdo haber visto otras más sangrientas en blanco y negro. Así eran vendidas las versiones piratas. No sé si duró tiempo esa característica, pero en una época, algunos vendedores te aclaraban tal detalle. Eso sí, estoy hablando de hace más de veinte años. Por cierto, es curioso que esta película haya sobrevivido tanto tiempo. La mayoría fueron a parar a la basura.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Es necesario, en cualquier circunstancia, que los conflictos no lleguen a niveles dramáticos...

Es necesario, en cualquier circunstancia, que los conflictos no lleguen a niveles dramáticos. Hace unas semanas, vi un documental sobre la intervención de Rusia en la Segunda Guerra Mundial. Esto lo hice al ver un discurso donde un desafiante Putin, le responde a Biden sobre si se acuerdan quiénes vencieron a los nazis.

Mientras observaba el actuar de los soviéticos en la guerra y el gran coraje que mostraron sumado a la obligación de morir por su país. Pensaba en la bestialidad del actuar de Stalin. El líder soviético era despiadado, mentiroso, violento y megalómano. Entonces me dije: "Solo alguien así, con ese carácter y personalidad pudo detener a Hitler".  El papelón de Chamberlain de creer en la palabra de Hitler, la diplomacia de Churchill y la estrategia diplomática de Roosevelt, cayeron en el más hondo ridículo cuando el líder nazi no cumplió con su palabra de respetar ciertos acuerdos. Peor aún, también lo hizo con Stalin. Que fue incrédulo cuando le informaron que Alemania había invadido territorio ruso a pesar de firmar un tratado de no agresión con los nazis.

Hitler ha sido y es uno de los líderes políticos más despiadados que ha conocido la humanidad este último siglo. ¿Quién podría detener a alguien así? Es evidente que fue un individuo con una visión muy particular de la existencia, una casi desconocida para quien ha sido educado con ciertos valores que media humanidad reconoce. Solo Stalin pudo entenderlo y jugar con las mismas reglas. Ambos ejércitos lucharon en una de las batallas más sangrientas y quizás la menos relevante a nivel estratégico, como fue la de Stalingrado. Luego de la derrota nazi, este ejército no fue el mismo.

EEUU también lo entendió, sabía de la amenaza soviética y la brutalidad japonesa en contra de los chinos y contra ellos en Pearl Harbor. Les lanzaron una bomba espantosa. Siendo quizás el acto más abominable realizado en medio de una guerra.

Lo que enseña es que cuando la locura se desata, un cuerdo no puede detenerla. Si la mecha de la irracionalidad se prende, solo otro orate va a poder apagarla. Al final, la paz se va a lograr porque se despertó el lado más malvado del ser humano con solo el afán de impedir que todo se destruya.

Para llegar a ese nivel de violencia, se debe ser muy indiferente a lo que sucede en el día a día. Creyendo que todo problema se solucionará cuando la pus salga de la herida. Lo de Israel con Palestina ya se ha salido de control. Nadie racional va a poder detener ese conflicto. Se gasta demasiada razón en una guerra que ha invadido la emoción y la rabia. En otros tiempos, se arrancaba el corazón del rival para desaparecer el espíritu de su rebelión. Si bien hemos tardado demasiado tiempo en entender que esto no es así, cuando la violencia nos somete volvemos a los primarios sentimientos de sobrevivencia.

viernes, 17 de noviembre de 2023

El fin de la librería Época de Lima


Los mismos lugares, diferentes tiempos. La librería Época del jirón Belén era la última que visitaba cuando iba a comprar libros al centro de Lima y a la que siempre le daba una ojeada. La que en épocas de mis prácticas pre profesionales me quedaba viendo, entre trámite y trámite, sus vitrinas mientras comía una galleta como Holly de Desayuno en Tiffany´s. Al pasar los años, una tela cubrió la parte posterior, justo la que se ubica debajo del letrero de la fotografía. En marzo del año pasado la vi descubierta y con ingenuidad pensé que quizás volvería a tener el brillo de años atrás. Le pregunté al señor que atendía por esa novedad y me dijo que la iban a cerrar y estaban vendiendo todo lo que había. Me acerqué y vi libros con gruesas capas de polvo. Novedades de antaño, estantes de relucientes tomos viejos detenidos en el tiempo. Solo me llevé uno sobre cómo obtener temas para la escritura de historias. Pedí permiso para tomar esta foto y de alguna forma despedirme del último paso de mi ruta libresca. No voy a negar que cada vez que una librería cierra uno se siente más solo.

 

Pd: ahora es un chifa que evidentemente ignora su pasado. 


El texto es de 2016. Hace buenos años que esa librería pasó a mejor vida. 

Destacable solidez. "El Romántico" de Carlos E. Luján Andrade

Por Alonso Rabí Do Carmo 

El cuento ha sido casi siempre un género en el que los experimentos formales han tenido escasa fortuna y, al menos desde que Poe firmó la casi eterna forma del cuento moderno, sus características —estilos más, estilos menos— se han mantenido intactos. Un eje dramático que privilegia el sentido de la tensión, la brevedad y un final sorpresivo, de efecto variado, especialmente irónico, continúan siendo ingredientes centrales, acaso invariables, en un relato. 

Luego de leer los relatos que componen El romántico de Carlos Luján Andrade, uno encuentra que esas lecciones han sido tomadas con provecho. Pero hay que añadir también unas depuradas maneras de afrontar el realismo, haciendo un doble movimiento: mirando hacia la tradición y construyendo un lenguaje personal. 

La mirada a la tradición en estos relatos tiene sin duda una impronta ribeyriana: un vasto catálogo de personajes atrapados en alguna obsesión, empeñados en derrotar al destino inexorable de sus vidas. La lucha es desigual e inútil; de ellas surge un conmovedor sentido heroico, de varias tonalidades, que es el que traslucen muchas de las criaturas que pueblan las páginas de este libro de Luján Andrade. 

La construcción de un lenguaje personal tiene que ver con la gama de sentimientos que van suscitando los cuentos en relación con sus escenarios y vertientes: si se trata del ámbito urbano, el relato se decanta por una expresión de descreimiento; los textos de tono cercano al fantástico, en cambio, muestran una proclividad a lo libresco y ofrecen un singular reto interpretativo; sus incursiones en el mundo rural amplifican sensaciones perturbadoras. 

El cuento inicial, titulado «La noticia», presenta algunos aspectos singulares, sin alejarse demasiado de lo dicho aquí sobre la práctica realista. Es de interés que el narrador emplee el vocativo en su relato: «No quería que se lo dijeras, era todo lo que te pedía» (p. 13), dicen las primeras líneas. En adelante, el sentido del cuento es la confrontación de un personaje y en un verdadero giro argumental. Luego de enumerar profusamente las malas acciones cometidas por el personaje, se suma el sarcasmo: este es, ni más ni menos, un sacerdote. Una variante creativa de la antigua lucha entre el ser y el parecer (la apariencia). 

El cuento siguiente, «Siete moscas», se ubica en la orilla de lo extraño, de lo insólito. Combina la superstición y recuerda, como intertexto remoto, a un cuento de hadas en el que el personaje mata siete moscas de un solo golpe —«El sastrecillo valiente»—, quien gracias a esta hazaña viaja por el mundo enfrentando diversos peligros y combatiendo con seres sobrenaturales. Luján Andrade plantea este esquema, pero lo coloca en el contexto social: matar siete moscas decidirá el rumbo de una negociación entre una empresa minera y la comunidad. 

Otro cuento destacable es «Selección de personal», de trasfondo kafkiano, pues propone situaciones en las que la lógica se torna difusa, las cosas se acercan cada vez más al absurdo, y en el final brilla la ironía, considerando el trabajo, visto como práctica de dominación, como un verdadero tesoro. 

Estos tres relatos, de alguna forma, marcan el tono del libro y las posibilidades de estilo y significado descritas anteriormente. 

El libro se divide en dos partes, y en la segunda se encuentran logros tan destacables como en la primera. El cuento «¿Recuerdas el fútbol peruano?», por ejemplo, juega con un referente popular ineludible en nuestro país, pero en un relato de corte futurista: «El fútbol ha dejado de ser un deporte popular hace muchos años, y él, un hombre de noventa y cinco años, era el último sobreviviente del último título nacional del ya extinto club Alianza Lima» (p. 119).

A esa segunda parte pertenece también «El lenguaje», un relato que intenta retratar una situación primigenia: el nacimiento del lenguaje, el nacimiento de un mundo, tema que tiene, sin duda, reminiscencias borgianas (recordemos, por ejemplo, «Las ruinas circulares»). El personaje es expuesto a las fuerzas de la naturaleza y el paisaje, sus sentidos van aprehendiendo todo con rigurosa curiosidad y apetito, así descubre sonidos, formas, secretas armonías. Se trata del cuento con un lenguaje más cercano a lo poético y, por momentos, con un aliento de ensayo filosófico: «Tétricas eran las noches, ya no podía ver mucho por la escasa claridad y me consolaba con el recuerdo de lo creado y visto en el transcurso del día. Mi memoria era frágil pues no podía recordar más allá del día que había despertado sobre unas hojas secas. Era tal mi desconcierto que asumí que ese fue mi nacimiento, mi primera vez sobre la vida y lo visto no era otra cosa que una primera experiencia» (p. 109). 

El conjunto de diecinueve relatos que dan forma a El romántico es bastante parejo, aunque, por supuesto, destacan algunos cuentos sobre otros, como los que se han detallado líneas arriba. El conjunto muestra una solidez destacable y deja en los lectores la sensación de que el cuento es uno de los mejores vehículos expresivos de la experiencia humana. Sus personajes, atormentados por sus deseos, por su pasado, por su presente o marcados por un destino ante el cual se saben derrotados de antemano, forman un mosaico en el que podemos reconocer muchas de las ansiedades, los miedos, los espantos que ensombrecen la vida contemporánea. En eso radica, creo, el aporte de este libro, que considero de lectura necesaria.


Texto aparece originalmente en: https://proyecto-leer-es-vivir.blogspot.com/2023/07/

Al estudiar Derecho, nos enseñan a que en cierto momento estaremos obligados a tomar una posición determinada...

Al estudiar Derecho, nos enseñan a que en cierto momento estaremos obligados a tomar una posición determinada para defender alguna causa, sea esta justa o no. El abogado no es un superhéroe defensor de la justicia, sino que defiende los intereses de quién es su cliente. Comprendiendo la palabra interés desde una perspectiva amplia. En el proceso judicial o del que sea parte podremos determinar si es justa o no la causa perseguida. Donde más claro se nota este asunto es en el derecho penal. Yo me preguntaba en qué situación moral o ética nos podemos situar ante una clara falta o delito de quien se defiende. El derecho tiene sus reglas, uno no puede ser el que determina la culpabilidad de un individuo, sino el que lo hace es el sistema judicial. Lo que la persona piense sobre un suceso es importante a nivel subjetivo o moral, pero irrelevante para la justicia. Entonces, la solución ante eso es que sabiendo que alguien es culpable de una falta o delito, si el sistema judicial no lo puede probar, entonces es inocente. 

El derecho funciona así. No hay mundos ideales. Lo que queda es afinar las instituciones jurídicas para que los culpables no se escapen en las grietas del sistema. Es una cuestión evidente, pero cuando un acontecimiento se analiza bajo los reflectores del derecho, ya nada parece ser lo que es. Por eso es relevante conocer no únicamente los pormenores de la posición que se defiende, sino la que nos contradice. Solo interesarnos por lo que está de acuerdo con nuestro parecer, nos adentra en el dogmatismo o el fundamentalismo intelectual. 

Una idea puede ser de apariencia muy clara para nosotros, pero si la colocamos en una mesa de disección, aparecerá una serie de cuestiones que no nos daríamos cuenta si no la vemos desde una perspectiva distinta. Es interesante cómo un lugar iluminado desde una posición diferente puede parecer otro, así estemos ante el mismo que hemos presenciado durante mucho tiempo. En un programa radial escuché que un día planteaban las posturas teístas y en otro, las razones ateístas. Ambas fueron abordadas con el mismo nivel de rigurosidad y seriedad. La única conclusión que saqué de ello fue como si observara una edificación desde una ubicación distinta. Puedes ver lo mismo, pero va a depender dónde estés situado para entender el sustento de cada una de sus afirmaciones. Veremos lo mismo, pero también va a depender de lo que deseamos ver. 

Días después, oí a un periodista recomendar en que si bien dudaba de las teorías terraplanistas, sería pertinente analizar a detalle tales argumentos. No porque tengan razón, sino para averiguar cómo así una idea tan alocada pueda poseer tintes racionales o lógicos. Eso también nos despertará la necesidad de revisar los argumentos que tenemos sobre dicho tema. Existe la mala costumbre de caricaturizar las posturas contrarias a la nuestra. Eso solo hace caer en la necedad ideológica y el peligroso fundamentalismo intelectual. Caricaturizar una idea es una falacia argumentativa que solo son usadas para ganar un debate, pero no nos da alguna verdad. Cuando nos dejamos llevar por esa necesidad de burlarnos de las creencias o ideas ajenas, estamos comunicando la desesperación porque otros validen lo que pensamos. Más es una cuestión psicológica que filosófica. 

Al degenerar un debate, buscando ridiculizar en lo que no se cree, poco o nada estamos haciendo por indagar en nuestra propia ideología. Cerrando la idea con la que comencé esta reflexión, puedo decir que existen situaciones donde el punto de vista sobre algo debe ser definido. Por ejemplo, se asume que si estamos a favor del aborto o no, hubo un proceso intelectual que nos hizo llegar a tal conclusión. Lo que debemos definir es si esa posición fue producto de una reflexión responsable o el seguimiento de un dogma que nació en las entrañas. Podemos "sentir" que algo tiene o no razón, pero eso no quiere decir que en la realidad sea lo correcto. El mundo de las emociones pocas veces se cruza con el material. Si no lo tenemos en claro, terminaremos persiguiendo causas justas de imposible aplicación.

Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...