martes, 31 de agosto de 2021
Durante muchos años, uno ha conocido e interactuado con gran cantidad de gente...
Durante muchos años, uno ha conocido e interactuado con gran cantidad de gente. Por las circunstancias de la vida, la presencia de estas personas se hizo recurrente en el día a día. Al cambiar estas condiciones, uno las ha dejado de frecuentar. Sin embargo, al pasar los años ya no los echa de menos y las olvida del todo. Pero la nostalgia siempre nos gana y a veces intentamos reconstruir esas épocas pasadas con un café o un almuerzo. No pasa mucho rato de iniciados esos encuentros cuando alguna expresión, gesto o idea despiertan las razones por las que nos alejamos de ellas.
Las redes sociales agilizan ese trámite. Y ahora mismo con las recientes elecciones, te percatas de ciertos detalles de personas que por la rutina y por la obligación de siempre tenerlas cerca, uno los obviaba. Más aún, a veces resulta revelador. He conocido personas a las que les tenía simpatía, sin embargo, siempre observaba algo que no me convencía del todo en su personalidad. Por camaradería, obviaba ciertas situaciones donde se podría dejar en evidencia tal diferencia.
Y ahora, al leer en las redes cómo ordenan sus ideas, justifican sus acciones o sustentan sus opiniones, uno ya tiene la certeza de lo que para uno era solo un detalle, es algo más serio de lo que parecía.
Como dije, no solo es revelador, sino también liberador. Uno ya no siente la culpa de haber alejado a ciertas personas del entorno cercano solo por un presentimiento.
La opinión crítica puede ser desarrollada en la universidad...
La opinión crítica puede ser desarrollada en la universidad si se dan las condiciones. El problema es cuando en las casas de estudio lo que se aprende es a repetir lo que se enseña ahí, dejando poco espacio para retar las ideas expuestas por los maestros.
Cuando estuve en la facultad de Derecho de la U. de Lima, era bien difícil encontrar algún profesor que pudiera cuestionar en parte aquello que enseñaban. La mayoría de ellos se limitaban a desarrollar técnicas para aplicar lo que los códigos legales y normas señalaban. Para ellos, el sistema estaba bien, solo fallaba cuando las normas no facilitaban que las empresas privadas obtuvieran beneficios.
¿Problemas sociales?, ni por asomo. Dirían: "No es mi tema".
Tan absurdo era el asunto que cursos como Ciencia Política, Filosofía o Sociología del Derecho eran enseñados por maestros conservadores. Prácticamente era nula su profundidad de análisis de la realidad nacional. Hasta ahora recuerdo a un profesor de Derecho Laboral afirmar que no existían países comunistas y ante mis inquietudes por los regímenes de países como China, Cuba o Corea del Norte, trató el tema con desdén y marcó mi sentencia en el aula.
El único profesor que quizás retaba todo aquello que esa universidad representaba fue Carlos Fernández Fontenoy, profesor de cursos electivos de Ciencias Políticas con la que tuve una interacción algo tensa porque era muy exigente. Lo que más valoro de sus clases fue aprender a diferenciar las verdaderas noticias políticas del ruido coyuntural. Llevé con él dos cursos: uno aprobé con holgura y el otro, raspando la olla. No duró mucho. Al ciclo siguiente salió de la universidad sin terminar el curso. Se decía que no se llevaba bien con la rectora.
No sé qué tan cierto fue aquel rumor, pero con el pasar de los años, encontré comprensible su ausencia.
Tampoco me extraña que de esas aulas hayan egresado alumnos tan conservadores. No los culpo en parte ya que en la facultad jamás cuestionaron sus prejuicios y su limitada interpretación de la realidad nacional de la que también fui testigo. No era conveniente ni políticamente correcto, sobre todo porque gente cercana al fujimorismo lideraba las cátedras. Ellos defendían un sistema al que les sacaban provecho y entrenaban a los estudiantes para cederles la posta. Al parecer, en muchos casos, lo han logrado con éxito.
Es importante que uno esté atento sobre este tema. Más aún cuando se da demasiado peso al lugar donde uno ha llevado estudios superiores. Es verdad que cada facultad es distinta, que no necesariamente toda la universidad tiene una tendencia ideológica determinada, pero es preciso que se tenga las antenas bien extendidas cuando otros quieran disfrazar intereses políticos con conocimiento teórico e información. De no ser así, la consecuencia será observar a muchas cabecitas repitiendo como loritos aquello que los maestros nos dieron como migajitas de pan durante tantos semestres.
Existe un dicho: "Para afirmaciones extraordinarias necesitas pruebas extraordinarias"...
Existe un dicho: "Para afirmaciones extraordinarias necesitas pruebas extraordinarias". Es relevante recordarlo cuando se intente leer el futuro del país en base a lo que uno observa en el presente. Es común leer cómo se ha inventado cientos de veces el apocalipsis nacional en base a hechos que en el futuro los veremos intrascendentes, tanto que ya no los recordaremos. Es lógico creer que si colocas un ladrillo sobre otro se llegará al cielo, algo así como leemos en la Biblia sobre la creencia de Dios al ver que construían la torre de Babel.
Lo cierto es que si solo es un ladrillo, llegará el momento en que todo se venga abajo por falta de una ancha base y las inevitables leyes de la gravedad. Es así que para hacer una torre lo suficientemente alta para que pueda ser vista a kilómetros, sus bases deben ser sólidas.
De la misma forma debemos concluir en que si vamos a inventar un futuro trágico de nuestro país considerando hechos aislados, endebles y efímeros, lo más probable es que antes de que se haga realidad, se desplome y luego se olvide. Lo único que se generará con esas apresuradas ideas es el pánico y la paranoia en el presente.
La paciente observación es necesaria para comprender cada instante vivido, pues de qué sirve estar imaginando un futuro que nunca llegará si no entendemos nuestro presente y cómo así este fue posible.
En las redes sociales aparece tanta información que uno ya no sabe qué cosa pertenece a quién...
En las redes sociales aparece tanta información que uno ya no sabe qué cosa pertenece a quién. En este año y medio de pandemia he llegado a olvidar varios nombres de mis contactos y solo recuerdo sus avatares o su fotografía, pero no más. Por más que le doy vueltas, no me acuerdo de sus nombres y a veces ni de su apellido. Lo curioso es que algunos son personas a las que les he comentado sus estados en varias oportunidades. Al parecer, el cerebro selecciona la idea más no al autor.
Hace un par de días soñé que escuchaba la canción de Queen...
Hace un par de días soñé que escuchaba la canción de Queen, "Who wants to live forever". No me extraña porque admiro a este grupo desde mi adolescencia. Lo que me llamó la atención es la claridad con la que sentí la melodía, pues hace años que no la tenía presente. El contexto tampoco fue extraordinario. Estaba viendo un videoclip en un televisor antiguo en la sala de mi antigua casa. Los otros detalles del contexto son también confusos.
Lo que me he percatado es que los sueños son como el borrador de un cuento o la narración de un autor haragán. El escenario tiene un sentido y hasta la presencia del personaje principal, pero luego aparecen personas de la manera más absurda hablando argumentos ilógicos. Luego una especie de deus ex machina aparentemente soluciona el conflicto creado y le da cierto sentido al absurdo, pero en una necesidad de darle continuidad a la historia, el personaje principal aparece en otro lugar con otras personas y en una situación más disparatada que la anterior.
Asumo que es la necesidad del cerebro de seguir funcionando a pesar de no tener estímulos externos. Entonces, como la sinapsis no se detiene, toma las reservas de las imágenes retenidas en las neuronas a lo largo de nuestra vida. Toma un poco de aquí y un poco de allá, despertando una vieja vivencia, personas olvidadas que interactuan con el cantante, autor o superhéroe favorito. Es como si nuestra mente decidiera, aunque sea por un momento, ordenar en un desván todo aquello que acumulamos en nuestra vida.
Revisando unos viejos cds de música...
Revisando unos viejos cds de música, observé qué tanto fueron escuchados en su momento. El deterioro de su anverso me muestra las veces que el lector óptico pasó por encima de ellos, también el desgaste de sus cubiertas nos dan fe de eso. Fui acumulando varios discos entre originales y piratas conforme al despertar de mi curiosidad por lo que iba escuchando en la radio y en MTV. También me compré algunas revistas y libros sobre música. En ellos leí sobre cómo habían evolucionado los géneros; sin embargo, el problema surgió cuando no entendía de lo que estaban tratando, pues varios de los nombres de agrupaciones, solistas o temas mencionados aún no los había escuchado.
Varios grupos o cantantes eran parte de la cultura popular, pero me costaba identificarlos. No fue difícil encontrar sus discos porque recopilatorios de sus hits los podía encontrar en el mercado que quedaba cerca de mi casa o en una farmacia donde traían algunos discos más rebuscados aunque no por eso menos popular. El reto era ir por la música de los ochentas. No quedaba otra que ir a Galerías Brasil y sus alrededores. En el caso de principios de los noventas era más sencillo porque uno había estado ahí, así que lo mencionado en tales textos no me era ajeno. Igual uno tenía que ir a Polvos Azules para hallar los discos. Los de blues y jazz ya fue otra historia. Comprar original era más tedioso. Uno debía ser muy selectivo. No había mucha oferta y no costaba poco.
Así fui acumulando cds más por una necesidad de informarme que por coleccionar, por eso no les di demasiado cuidado en si eran originales o copias. Lo que deseaba era solo saber a qué sonaba cada género.
Para mí era normal andar a fines de los noventas con mi walkman y algunos casetes en mi mochila y luego, a inicios de 2000, cargar con varios cds y el discman a cuestas. También fui víctima de robos. Tanto fue el impacto cuando me sustrajeron mi walkman en la universidad que estuve deprimido un par de meses hasta que unos buenos amigos me regalaron uno el día de mi cumpleaños. Tiempo después, mientras bajaba del Enatru, me sacaron de la mochila mi discman con el disco de The Sundays dentro y que ni siquiera había terminado de escuchar. Discos perdidos han quedado regados por varios lugares de Lima. Mi disco doble de The Cars nunca fue devuelto en Las Tres Marías o uno de David Bowie olvidado en un bar barranquino. En cuántos lugares la música que un traía en el morral han sido colocadas en los aparatos reproductores de diferentes bares y pubs. Alguna vez hice que colocaran mi disco "Too Tough to Die" de los Ramones en un salsódromo vacío de la extinta Calle de las Pizzas o la vez que insistí hasta el delirio porque pusieran mi cd de The Clash: "Give 'Em Enough Rope" y el tema Tommy Gun en el Crypto. Obviamente no lo hicieron. El descubrir al grupo Dolores Delirio hizo que lo reprodujera hasta romper el cd de mi amigo Martin Ruiz y que también le prometí devolver uno nuevo, aunque se negó a que lo hiciera.
Así uno tiene innumerables recuerdos con respecto a los discos y esa etapa donde el interés por la música era proporcional con el de los libros. Mucho era nuevo y uno deseaba conocerlo todo. En una entrevista le escuché decir al dueño de la radio Doble Nueve, Manuel Sanguinetti, que las personas tienen una real curiosidad por la música hasta los 26 años, luego de eso es una repetición de escuchar los temas de su juventud. Quizás sea cierto, a mí eso me duró un poco más. No quiero decir que ya no la escucho, sino que ya no lo hago con ese entusiasmo del que encuentra una mina de oro en cada agrupación musical no oída. A veces uno siente que los nuevos temas toman un poco de cada década pasada, lo chocolatean bien, algo de autotune, por ahí estrenan un sintetizador nuevo y zas.
Ahora ya es más complicado descifrar los primeros rastros de nuestras preferencias musicales primarias. Lo digital le quita cierto romanticismo a la exploración musical. Salir a las calles para hallar un disco generaba un vínculo muy fuerte con este.
No olvidaré que el primer disco por el que recorrí Chorrillos, Barranco y Surco fue un recopilatorio de Nino Bravo. Era de una colección de La República. De niño me gustaban sus canciones, cuando vi la promoción no dudé en salir en su búsqueda. Tenía 16 años. La satisfacción por haberlo encontrado después de toda una mañana fue plena.
Otros vínculos se estarán creando entre los más jóvenes y la música que escuchan, quizás unos indescifrables para mí. Los míos son tangibles, los puedo ver, oler y tocar. Mi experiencia está aferrada a las cosas. Ella está constituida por todos los sentidos. Tener en un celular la historia de la música a uno lo hace pensar en que si bien me liberaron de llevar decenas de discos en mis hombros, también nos hace olvidar que tenemos muy cerca grandes temas e intérpretes. El portar un disco o casete en el bolsillo creaba una sensación particular que nos impedía olvidar la importancia de lo que teníamos encima. Ahora uno ya no sabe qué es. Antes veías un disco o casete y decías: "Aquí está contenido tal tema". Era un cofre musical único. Con la llegada con fuerza del formato MP3 y la maravilla del Torrent, todo aquello se lo llevó como un tsunami luego del terremoto.
Es complicado reconstruir los vínculos que uno creó con la música sin caer en el espíritu de anticuario y en la imagen de un hombre del siglo pasado.
Mis camisas siempre las he comprado en el mercado más cerca de mi casa...
Mis camisas siempre las he comprado en el mercado más cerca de mi casa o ruta, aunque cuando comencé a estudiar en la universidad iba a Saga, Ripley, Él o Adams. Nunca le he dado demasiada importancia a las marcas, mi interés está en que me sea práctico comprarla y no cueste demasiado, pero es inevitable que uno se cruce con gente que pare mirando el logo de la camisa que se use. Me van a perdonar, pero varias veces que hacían esa observación con respecto a mi ropa, los miraba de arriba hacia abajo y les decía: "Esto no es un desfile de modas" y cosas así, hasta un poco más fuertes. Recién noté esa actitud de ver la "marca" de la ropa en los universitarios. Les daban una importancia que antes no había visto. Era como si eso fuera algo vital para demostrar la imagen que debían proyectar.
Nunca comprendí esa debilidad. Sé que conforme uno asciende socialmente, los colegas o clientes ven en tu forma de vestir las decisiones que has tomado con respecto a tu vida profesional. Asumen que si vistes con trapos costosos, eres exitoso y por lo tanto, confiable. Es una tara social que uno poco puede hacer para cambiar. Se ha institucionalizado y podría ser indefendible exigir que las cosas no sean así.
Son las normas sociales y aunque vivamos en un mundo superficial, eso no implica que uno tenga que allanarse a ellas. Uno puede decidir no seguirlas siendo consciente de las consecuencias de tal actitud. Lo bueno es que te alejas de aquellos que consideran más importante la marca de una camisa que la personalidad de quien la usa.
Alguna vez quise cruzar la frontera. Decidido a ver si era tan extraordinario el sentir telas y cortes costosos sobre uno y quizás percibir la energía sobrenatural que hacía a muchos hablar siempre de estas, humildemente me compré dos camisas de más de doscientos cincuenta soles. Me fui al Jockey y fui directo hacia donde vendían esas marcas que solo te enterabas por boca de snobs y arribistas. No rebusqué demasiado. Tomé dos, me las probé y las llevé a mi casa. Me duraron dos años. No cambió mi vida, no me sentí más cómodo, no hice mejores amigos ni gané más plata. Fue lo mismo que usar mis John Holden de toda la vida pero con un exceso de precio.
Sé que hay personas que dirán que las marcas costosas hacen que la gente se vea mejor. Sin embargo, si dedicamos demasiado tiempo en pensar en eso y trabajar duro para poder comprar ropa del alta gama, nos quedará poco tiempo para enriquecer nuestro espíritu y mente. Claro, es más fácil parecer un buen sujeto si podemos comprar el disfraz. Aunque sepamos que todo eso es un engaño, muy bonito, pero engaño al fin.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Descansan bajo la arena de Edward Chauca
La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...
-
La propuesta poética de Carlos E. Luján Andrade en Soundtrack y Miles de Misiles configura una arquitectura bifronte en el sentido más liter...
-
Por Carlos Luján Andrade P aul Ricoeur , el filósofo y antropólogo francés plantea en este artículo el problema al interpretar textos ajenos...
-
La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...