miércoles, 5 de octubre de 2016

Viaje hacia la virtual Ciudad Grifalda Ediciones.


Desde hace un buen tiempo, el mundo ha dejado de ser sólido en tradiciones, costumbres y maneras. Aquello heredado ya no posee las características que por años nos costaba asimilar. Estas tenían lo creído inamovible e inalterable, lo que es capaz de perdurar y estar seguro de que lo que estuvo también estará más allá. Se intentó despojar de estas características a aquellas instituciones forjadas con taras sociales y económicas, generadoras de desigualdades para formar otras que sí poseyeran -con justicia- lo que un nuevo ser humano y sociedad merecían, sin condicionamientos capitalistas y opresores para formar otras instituciones mejores y más pétreas. Pero la historia nos ha brindado otra lección en que al quitarle dicha rigidez, no la ha reemplazado por otra mejor, sino que al arrancarla de raíz, estás se han esparcido por el espacio, las han diluido, pues la liquidez de la modernidad dominada por una economía veloz quita toda permanencia si esta no ayuda a su reproducción. Sin embargo, lo diluido, como diría Zygmunt Bauman, no ha sido reemplazado por instituciones permanentes, sino por una “modernidad fluida” que no da tiempo para seguir sus pautas porque estas ya son confusas y cambiantes. Es así que en un proceso de adaptación del que uno nunca terminará de acostumbrarse, surgen maneras que optan por una alternativa etérea y maleable, aquella que pueda sostenerse en el tiempo aun sabiendo que este quizás pueda desaparecer en una marea de cambios que aún no la vemos venir. Aferrándonos de cualquier boya sin ancla o de algo sólido a sabiendas que este próximamente “se desvanezca en el aire”, parafraseando a un libro de Marshall Berman.
Y es en ese lapso que la virtualidad nos da la ilusión de mantenernos a flote, de considerar las reglas de juego aún permanentes con la esperanza de no salirnos del tobogán que nos arroja raudamente hacia el día siguiente, y exigimos y creamos nuestras propias instituciones, efímeras de intenciones pues la realidad no le puede dar ya más asidero ante una conciencia personal cambiante (víctima de este mundo líquido). Es en esa senda en el que hallamos la razón de la existencia de la editorial virtual que aloja tres de mis libros. La actual modernidad, la que nos hace pensar que lo sólido ocupa espacio y hace crecer la ansiedad por saber qué hacer con lo material cuando deje de ser útil, nos motiva -ya en aparente libertad- el publicar en ese mundo intocable, que no vive este tiempo y sólo está ante nuestros ojos en los espasmos eléctricos de nuestro ordenador. Los poemarios virtuales publicados pretenden estar a tono con esta tendencia, ser una transición personal y no ocupar un espacio físico ni mental, no existir en un mundo sólido y dejarlo tan permanente en una dimensión digital que no interrumpa nuestra vida cambiante e inamovible. Los libros de la imagen no existen en este mundo real, la editorial tampoco, el contenido y lo que representan sí, que van más allá de lo tangible. Lo que ven sus ojos es parte de ese puente que no nos permite divisar lo que hay del otro lado pero invita a cruzarlo porque en esa travesía no hay riesgo alguno. En un formato físico quizás estos poemarios publicados el 2012, pierdan las raíces de su propia existencia, sin embargo, ahora flotan, pero virtualmente son sólidos sobre una marea que nunca los podrá hundir.
Enlaces de dichos poemarios virtuales:
Clase de Anatomía:
El Descenso de la Realidad:







El Mundo Inventado:

https://issuu.com/cverlaine/docs/elmundoinventado3/1


Clase de Anatomía:

https://issuu.com/cverlaine/docs/clase_de_anatom_a/1


El Descenso de la Realidad:

http://issuu.com/cverlaine/docs/el_descenso_de_la_realidad/3?e=0




Regreso a ser semilla


La expresión de la propia idea es comprometerse con uno mismo, depender de los conocimientos adquiridos para crear algo personal y si es posible, original. La universidad, definitivamente, no es un lugar para ello. Sin embargo, dentro de esta existen espacios donde se puede experimentar tales propósitos, y quizás luego de esos intentos se pueda obtener algo digno de ser compartido. Uno de los espacios hallados fue el Taller de Narrativa de la Universidad de Lima, que por ese entonces era una isla creativa emergiendo de un bloque corporativo de cemento, donde uno decía lo que quería y que con algo de suerte podría trasladarlo al papel. Es en ese lugar donde conocí al escritor Cronwell Jara que por ese entonces lo dirigía. Llegar ahí fue un descubrimiento tan grande como la primera feria del libro que visité (y no voy a negar que al entrar me emocioné hasta casi lagrimear), y digo grande porque los pocos años que había dedicado a la lectura hasta ese entonces los había hecho en soledad y en mi ignorancia no sabía la existencia de talleres de ese estilo. En esa primera sesión sólo estuvimos el profesor Cronwell y yo, así que pude hablar largamente lo que durante mucho tiempo pensé de la literatura y que no había dicho a nadie, me escuchó pacientemente y con dedicación me habló sobre autores latinoamericanos que conocía sólo nominalmente producto de una educación elemental paporretera. Así, al final de dicha reunión, me acompañó a fotocopiar unos cuentos que me dio y que serían de necesaria lectura si en algún momento  quería escribir un buen relato (aún conservo esas hojas) También fue en ese taller en el que leí mi primer cuento escrito en mi época escolar y yo, creyendo que existía la posibilidad de mejorarlo, el profesor Cronwell lo sentenció lapidariamente con un: “está bien como ejercicio”. Durante ese periodo de aprendizaje fui un oyente dedicado de aquel taller de narrativa (como en muchos otros luego de este), donde iba a escuchar de autores y libros, y sobre todo, ver cómo era la construcción de nuevas obras que unos compañeros compartían con orgullo y otros con vergüenza y recelo.  Aprendí demasiado en ese taller, comprendí con agrado y alivio que la creación literaria no era sobrehumana y más aún, que no estaba sólo en dicha labor. Y que en ese literario primer paso se marcaba el descomunal viaje hacia el encuentro con uno mismo.


Hacerle llegar mis libros al profesor que me develó con generosidad el espíritu y el organismo de la escritura ha sido una experiencia gratificante.


                                       Carlos Luján Andrade / Cronwell Jara Jiménez

lunes, 15 de agosto de 2016

El Comedio del Breñal de Carlos E. Luján Andrade por Iván Fernández-Dávila

El Comedio del Breñal 
de Carlos E. Luján Andrade



Es cierto
es cierto que este mundo en que nos falta el aire
solo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del diario.
Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el postrer instante santifica la vida.
Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.

Michel Houellebecq


Carlos Luján Andrade propone un libro extraño desde el título —que el narrador se encargará de esclarecer—, fuera de lugar, ajeno a la tendencia actual de la narración autobiográfica y sustraído también a la tendencia anterior; es decir, textos basados en los años del conflicto armado interno, aunque hay unas líneas más o menos veladas que parecen incluirse no sin cierta culpa. Es un libro en el que no sucede prácticamente otra cosa que la reflexión compulsiva del protagonista: Julián Farkas. Ese pensamiento neurótico anegado en su finitud y las vueltas y torceduras del mismo en la búsqueda de sentido a su existencia.

Luján Andrade ha creado un personaje difícil: exmillonario, con formación universitaria, taxista, barbudo, poeta. De soterrado e involuntario humor. A ratos conmovedor en su inocencia y en su angustia existencial. Repulsivo en su arrogancia y ceguera. Exagerado, conservador, atribulado, fascistoide, religioso cercano al fanatismo, perdido en una ciudad que percibe vulgar e injusta. Desearía ser un cruzado, vivir en los días de los grandes relatos, aferrarse a un sentido de existencia más grande que la vida individual, ser un guerrillero, un mártir cristiano devorado por los leones, un fanático en misión suicida, morir por algo. Incapaz de salir de sí, no sabemos si amó o fue amado. Mutismo acerca de cualquier afecto maduro; sí muy breves evocaciones a la infancia, anhelando esa «patria del hombre», así llamada por Rilke.

El monólogo inicial lo pincela resueltamente: un histrión, pero herido. Se acerca al narrador en una sala de espera del seguro social, quien por alguna razón no lo evade o tilda de loco de buenas a primera. Hastiado y vacío, Farkas declara haber regalado casi toda la fortuna que había logrado obtener a temprana edad y sin esfuerzo. La razón la esboza así: despertó enajenado escuchando dentro de sí el debate de cientos de espíritus discutiendo indignados su predilección por lo inservible. Gregorio Samsa esquizofrénico. Cita poemas, va de un lado a otro. Ha encontrado al espectador (el narrador) y realiza su papel esforzadamente antes de entregarle un mamotreto con sus escritos alegando que está perdiendo la memoria; luego, desaparece.

En sus textos, Farkas nos resulta familiar. Es uno de los hombres de nuestro tiempo, ese que se encuentra escindido en la concepción dualista de la existencia; que, siguiendo a Platón, piensa en términos de cuerpo y espíritu en pleno Postmodernismo. Arrojado en un mundo sin Dios, se debate entre aceptar el nihilismo que repudia y que lo tienta y el deseo desesperante por alcanzar una fe que le resulta esquiva. Ni pensar en acomodar la idea de Dios en la vida contemporánea, un Dios más accesible a la cotidianidad, como el propuesto por John Caputo con su «Dios débil». Esto es no divinizar al hombre, si no humanizar a Dios. Para alguien como Farkas es inadmisible. Imposible vivir sin el dogma férreo, sin la fidelidad a la escritura, sin la fantasía de la batalla contra los infieles. Le urge una estructura que justifique sus días y en la cual guarecerse. Necesita un amo, una promesa, un sentido para responder la pregunta existencial.

Como no lo consigue, no soporta ser; de modo que intenta ser otro, prueba nuevas máscaras, ensaya vidas distintas y fracasa irremediablemente. La primera de estas, según lo que se puede desprender de sus escritos, es la del exceso. Fue Blake quien escribió: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría». También fue él quien dejó escrito en uno de sus impresionantes grabados: «Busqué el placer y solo encontré un dolor inexpresable». 

Farkas se entrega a experiencias diversas, aparentemente vive un período de «sensation seeker»; como resultado arruina su cuerpo y empieza a pensar en su desaparición, lo que le produce miedo. «El temor a desaparecer (…) me deja en un estado de miedo constante obligándome a replantear cuestiones ideológicas o cotidianas». Es entonces que inicia su reflexión obsesiva a partir del cuerpo, siendo un dualista sin remedio. «En esta condición de “ser en el cuerpo” es que aprendemos más del espíritu».

Farkas proclama la fatuidad e injusticia del mundo del que no puede escapar. Harto de los límites del cuerpo y de la razón, acaricia la posibilidad de la desaparición voluntaria. De la mano de Heidegger y el ser para la muerte, comprende que la vida es un camino hacia la nada. Demuestra otra fisura en su supuesta condición cristiana: no tiene fe en la vida posterior, mucho menos en la resurrección, sabe que le espera el vacío. «Debería existir una filosofía del suicidio, no de la muerte», escribe, desconociendo a Cioran. Olvida también y, sobretodo, El mito de Sísifo de Camus: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio».

Farkas propone ubicarnos en «sensaciones eternas» que podemos encontrar en la literatura, la música, la religión, «para crear la abstracción mental que nos reciba luego de la autoeliminación». Volvemos a Camus: «La belleza, que ayuda a vivir, también ayuda a morir»; sin embargo, hace lo contrario a lo propuesto por el francés y se aferra a la irracionalidad, lo que el autor de La Peste denominó el «suicidio filosófico» —solo de ese suicidio será capaz Farkas—. No alcanza la dicha de Sísifo porque no le es posible aceptar el absurdo y, a pesar de esto, construir una vida con alegría. Por ello, desesperado y culposo, abandona sus reflexiones al respecto y clama: «¡Dios!, ¿quién será el ejecutor? ¿Una ley y un Estado puro tan infalibles como tú? ¿Acaso es imposible? Tortuosa tarea el imponer tu ley en manos del hombre».

Y es que Farkas exige exactamente eso: una ley divina, una teología fuerte. Exige una sociedad comprometida desde un espacio-tiempo sepultado en el relativismo de un mundo salvaje en el que grandes muchedumbres humanas pugnan devorándose entre sí y la única exigencia es sobrevivir un día más. Es evidente que Farkas encontraría justificación existencial en una teocracia pero, por otro lado, no soporta a las personas, es un misántropo y no sabe cómo vivir en comunidad. Se siente abandonado, incomprendido. Piensa en Cristo, se aferra a la idea que tiene de él, la posibilidad de un amor real y grande: «En las palabras de Jesús podemos encontrar algo de verdad: la grandeza que le dio al significado del amor. Su actitud transgredió lo venerado hasta ese entonces en donde la fuerza romana y el fervor imperial validaban las leyes de los dioses». De acuerdo a su estado de ánimo, oscila entre los genocidios del Antiguo Testamento y el poner la otra mejilla del Nuevo Testamento. Vive fuera de sí, en entelequias y solo si el hombre es una abstracción, lo acepta, jamás al individuo, jamás al otro. «Sí, yo amo a la humanidad mas no a los hombres». Y no tiene el menor interés, no sabría cómo, de anular esa distancia. «No deseo comprender a los demás, fatiga al entendimiento, retiene al espíritu en una caja e impone la voluntad ajena en nuestra conciencia. Es preferible caer en la necedad libre, fresca, pura y auténtica a declinar el parecer propio ante argumentos engañosos y potencialmente erróneos». Ególatra, cree poseer la verdad a ultranza y prefiere no arriesgarse a no tenerla, descarta el diálogo y se abraza en soledad. Totalmente aislado de los hombres, mísero y meditabundo, en su profunda desolación delira: «He comprendido el orden del cosmos». Por ello, no sorprende que llegando al final de sus escritos emprenda, sin sustancias externas de por medio, un viaje interior a las profundidades de su cuerpo en el que observa pasajes del universo. Y, otra vez, al igual que no se atreve a ir al límite en sus reflexiones tampoco se deja llevar en sus alucinaciones.

Finalmente, considerando que estos viajes introspectivos lo dejan ad portas de una nueva vida, discurre por el centro de Lima «buscando la necesidad de nutrirse de sueños fértiles» y halla un texto perdido que, para cerrar el juego de espejos y máscaras, apareció en la revista El Círculo de Tiza, que el autor Carlos Luján Andrade dirigió. «Contra los impíos» es un texto vesánico en el que Farkas consigue correspondencia y alivio, allí revive su fantasía de ser un guerrero de Dios, ansioso por derramar la sangre de quienes considera impuros ante lo divino. Bastan unas líneas para observarlo: «¡Ahí vamos infieles, les espera la más sangrienta muerte! Los mensajeros de la razón nos dicen que tienen armaduras de cartón y espadas de papel, nos triplicarán en número, pero el coraje espartano está en la embriaguez del alma. ¡Porque llegaremos, sí, lo juramos ante Dios y ante la razón! ¡Ahora, serán desangrados canallas, para que nuestros sueños fluyan en sus venas!».

Inmediatamente después, asqueado, deambula por las calles de Lima, apretado en una cola del seguro social o reclamando en voz alta que le sirvan un café. Barbudo y dividido, este taxista con estudios superiores, se diluye en un mundo que le es absolutamente ajeno: «Así me alejo, entre la muchedumbre callejera vestida con trajes de lino y cólera».
A pesar de todo, después de leer y pensar en sus escritos, uno se pregunta: ¿no tendrá razón Farkas en su desprecio por el hombre? El problema es que no encuentra contrastes, no ve algo que le haga creer que la vida vale la pena ser vivida. Nada le interesa, nada le atrae. Carece de vívida experiencia humana. Su fe es débil y su religiosidad no le alcanza, porque es además equivocada. Habla de una «cristiana soledad» cuando el cristianismo verdadero implica necesariamente al prójimo, al amor y el perdón. La incapacidad de comunicarse con el resto lo hunde en su egoísmo. No tiene ni siquiera la amistad, mucho menos el amor, que hacen llevadera la existencia. Aspectos en los que podría encontrar momentos de solaz, significado y belleza. Ignora que el sentido que exige a los días no existe y que es justamente en el transcurso del tiempo que uno cree conseguirlo a través de un oficio, de un compromiso, de una vocación. Y por eso no es posible en soledad, sino en la existencia del otro que justifica la nuestra. Su concepción de la mujer, si es que la ve, es la de un entomólogo. No llega a creer en nada ni siquiera en «no creer en nada» y así, al menos, regodearse en su nihilismo. Lo único que tuvo fueron sus libros y como Peter Kien, el protagonista pergeñado por Canetti en Auto de fe, de buena gana se prendería fuego rodeado por estos si no lo frenara el pavor a desaparecer.

Al final, cabe recordar las palabras de Víctor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: «El hombre se destruye no por sufrir, sino por sufrir sin sentido». Esa es la tragedia de Farkas —y la de casi todo el mundo—: sufre en vano y está a punto de desaparecer.

Farkas, en un acto final antes de perder su memoria y su humanidad del todo, obtiene la posibilidad de una esperanza. La entrega «al otro». Se entrega. ¿Qué somos sino nuestra memoria? En el momento en que deja de autocontemplarse, de desmenuzarse cavilando, vislumbra la posibilidad de ser. No refugiándose en guerreros medievales ni en viajes en astronaves alucinadas hacia el interior de su cuerpo, sino que es un simple paciente esperando en un hospital por ser atendido. Un extraño, un cualquiera. El infierno es el otro solo cuando no hay compasión. No sabemos cuál fue el destino de Julián. Es a través de la figura del narrador y la decisión de este por publicar sus escritos que Farkas consigue el sentido que tanto persiguió. No en uno mismo, sino en los demás. En la solidaridad y en la compasión su tormento encuentra significado.



miércoles, 3 de julio de 2013

La Cultura de la Destrucción.

Una de las 12 pirámides del complejo El Paraíso fue destruida y luego incinerada el sábado pasado por un grupo de maleantes que aún no ha sido identificado por la policía. A la derecha se ve cómo pudo quedar si se hubiera reconstruido. (Fotos: Rosario Seminario / Diario El Comercio)


¿Qué se pierde cuando una pirámide de 5 mil años de antigüedad es destruida por maquinarias de construcción? El pasado, ¿y qué es el pasado?, es lo que constituye nuestra identidad, que define lo que somos pero ¿en realidad nos importa saber quién somos?  Al parecer no.  La consecuencia es llegar a ser individuos superficiales, que buscan la ganancia inmediata y el querer sobrevivir a costa del derecho de los demás. Son aquellos seres que vuelven al estado natural, pre civilizado, dándole la razón a Hobbes de que el hombre es el lobo del hombre, es un ser humano previo a Contrato Social, quizás no lo comprende  y en parte no sea sólo la culpa del incivilizado por sus actos bárbaros y que actúa en base a sus impulsos primario, sino que el Estado no se lo hizo conocer; es decir, el mensaje debió ser: “me das poder para luego darte lo que necesitas”, así se mantiene el orden necesario que hace que los pueblos no caigan en el caos y la destrucción.

Lo vivido con la destrucción de esta pirámide -ocurrido en la misma ciudad de Lima, capital de un país- motivado por simple afán de lucro ya que lo hicieron para poder construir un edificio particular, es incomprensible. Es peor que el huaqueo –excavaciones ilegales para venta  de restos arqueológicos- pues han desaparecido para siempre una de las edificaciones más importantes y antiguas de la ciudad. Aunque podíamos verlo venir si analizamos lo que ha ido sucediendo de a pocos en la capital, donde se han ido demoliendo casas representativas de la historia arquitectónica del Perú para construir edificios multifamiliares sin ningún criterio estético, atentando cada día contra el paisaje urbanístico.

Algo está sucediendo en la ciudad de Lima, nos hemos vuelto unos bárbaros devoradores del pasado, despreciando aquello que es antiguo por creer que lo nuevo es más valioso por el simple hecho de serlo. La visión de que el pasado es incivilizado e inservible para los fines lucrativos que encandilan a los ciudadanos emprendedores, se impone y ya nadie considera  incorrecto tener esta visión de la realidad. Para las personas es “comprensible” vender una casa con valor histórico -para  ser destruida por su nuevo propietario- por una cantidad “razonable”, quejándose por el legado que su familia les ha dejado. Quizás pueda deberse a que quienes la heredaron jamás serán lo que fueron sus antepasados y con esto no pretendo idealizar su pasado, sino que la composición social del país era diferente a lo que es hoy. Las familias constructoras y propietarias de semejantes edificaciones eran adineradas, propietarias de tierras que ahora pertenecen al Estado o han sido ya vendidas a particulares. La búsqueda por la repartición igualitaria de las riquezas del país casi extinguió las grandes fortunas terratenientes que desde que el Perú es república tuvieron algunos pocos. Y ante ese divorcio entre lo que fuiste y lo que eres, la tradición es despreciada, rechazada pues no desean identificarse con aquello que se perdió.

Asumimos que aquello también se repite con los restos arqueológicos precolombinos, es sintomático lo sucedido con esta pirámide, edificación de seis metros de altura y 2.500 metros cuadrados de superficie -ubicada en el Complejo Arqueológico El Paraíso-, en el que quizás los perpetradores de este acto no se hayan identificados, no saben ni para qué estuvo ni porqué todavía la conservan y cómo es posible que ese montón de tierra les impida ganar unos miles de dólares. No se reconocen en ello, ese pasado no es el suyo, el legado no les pertenece y se piensa que todo lo que son es producto de su propia mano; el gesto arrogante de los hombres que creen que su existencia es y acaba en ellos. Dirán que es falta de educación y quizás sea cierto, pero es irreversible, hay muchas generaciones de individuos que no sabrán exactamente dónde está lo malo en lo sucedido, como aquél que al no saber de ortografía, no puede detectar el error en una palabra mal escrita. Lo preocupante es el formar un país con ciudadanos que desprecian su pasado, que no lo conocen y no respetan las normas y por ende al Estado, la barbarie que proviene de personas a las que se les confían derechos y deberes, que traicionan un legado que deben proteger. A veces un país se prepara para proteger su territorio del invasor pero así como dice la frase, ni el mejor guerrero está preparado cuando el ataque proviene de su propio bando.


Castigar con penas es lo más irrelevante en este caso, sino lo que debe alertarnos es qué tipos de ciudadanos estamos formando, seres traicioneros que ante la más mínima oportunidad nos darán un gran golpe, es así que la oda al lucro no nos vuelve ciudadanos sino simples mercenarios.

martes, 11 de junio de 2013

¿Por qué existe el Fujimorismo?


Una de los enigmas políticos que me ha tocado vivir ha sido la existencia del fujimorismo, aunque sería mejor referirme a su supervivencia. Como se sabe esta agrupación política que usa el apellido de un ex presidente que renunció por fax a su cargo, se ha encargado de poner en ascuas a cualquier gobierno que le ha sucedido a Alberto Fujimori; que luego de escapar de la justicia, sus hijos, extrañamente libres de polvo u paja y actuando con total impunidad a nombre de su padre, se encargaron de fortalecer su partido y de mantener la imagen mesiánica de su padre que ya  tenía cuando era presidente. Lo incomprensible es que a pesar de las pruebas evidentes del nivel de corrupción de su gobierno, en que lo asistió el no menos culpable Vladimiro Montesinos, los hijos y máximos dirigentes de su partido político, aducen su inocencia aún luego de ser dictada la sentencia que no sólo lo acusa de peculado, sino también de cometer crímenes de lesa humanidad. Los argumentos que usan para exculparlos son similares a la ley de interpretación auténtica que los fujimoristas la impulsaron desde el Congreso para que Fujimori pueda reelegirse por tercera vez, es increíble la capacidad que tienen los fujimoristas para ir en contra de toda razón, para darle vuelta a una verdad evidente, relativizando los delitos cometidos, cuestionando la misma ley y todo poder estadual que incrimine a su gobierno.

Cada cierto tiempo, los fujimoristas salen con argumentos insólitos sobre la responsabilidad de Alberto Fujimori en los delitos imputados, aducen que ha sido sentenciado por el odio, resentimiento  aunque no aclaran hacia qué, porque inmediatamente uno se pregunta: ¿Por qué odiar a Fujimori?, si él “nos salvó de la hiperinflación y del terrorismo”, como repiten como disco rayado sus partidarios, y que a pesar de los años eso ha sido desmentido pues quien nos rescató de la hiperinflación fue el FMI y en Banco Mundial al que en su momento,  Fujimori prácticamente les dijo que elaboraran el plan económico para que el país recuperara su capacidad crediticia, eso llevando a vender casi la totalidad de las empresas estatales a precios ínfimos (que  según un último libro sobre la corrupción, ese dinero se gastó en mantener el sistema corrupto fujimorista por casi 10 años) y en lo del terrorismo, la captura de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso fue un trabajo de inteligencia reservado, del que nada tuvo que ver el gobierno, más bien lo que sí hicieron fue crear el grupo Colina, agrupación paramilitar en el que muchos de sus miembros han sido sentenciados por asesinato.

El Fujimorismo creó la prensa difamadora, basura, copó todos los poderes del estado, el poder judicial estaba plagado de jueces suplentes nombrados a dedo, etc. Enumerar el daño que causó su gobierno al Perú ya es historia conocida y redundar en ello es casi innecesario. Por eso sorprende que existan fujimoristas, la cantidad de información que hay sobre los delitos de su gobierno es abundante. Sin embargo, ellos dicen que no existió tal cosa, que es producto del resentimiento de los “caviares”, de los terroristas, de los que venden su conciencia, en fin. Todos los que hablan en contra de Fujimori son caracterizados como seres maléficos que hablan mal de su líder salvador.

Es justamente esto último que justifica el presente texto, el intentar explicarme la existencia del fujimorismo en nuestro país, agrupación política que no le ha traído nada bueno al PERÚ; más aún, su candidata presidencial e hija de Alberto Fujimori, en esta última elección sintetizaba su plan de gobierno en liberar a su padre, más allá de eso no propuso nada; es decir, la existencia del fujimorismo parte de liberar a su líder, eso me lleva a la idea de que sus seguidores son similares a los de las sectas religiosas, en el que defienden las incongruencias de su credo con actitudes intolerantes y violentas. Ponen las manos al fuego por su líder a pesar de las pruebas de su corrupción y engaño, algunos hasta se suicidan por él, regalan sus bienes materiales sólo porque su líder les dice que los haga. Obviamente no todos pueden ser engañados, hay muchos que se percatan del fraude y desertan o simplemente nunca les creen. Entonces, ¿cuál es el perfil del fujimorista?, hay algunos que no los son pero lo dicen ser porque les pagan, les regalan comida y ya, en realidad no les creen ni una palabra, normalmente son de las clases social más bajas, las que son trasladados en ómnibus para que llenen las plazas donde sus líderes (hijos) hablan. Ellos votan por los candidatos fujimoristas porque creen que de estar en el poder, les seguirán regalando cosas; sin embargo, existen otro grupo, quizás el más fuerte y consecuente, el que ingenuamente propaga el fujimorismo fanáticamente, como dirían los politólogos, el sector más duro, el que se mantiene con los años, este es el que como un cáncer, está metido dentro del escenario político peruano. Y a qué se puede deber ese fanatismo, es muy probable que sea por el tipo de madurez política –o inmadurez- de quienes adoptan la defensa de esa manera de hacer política, que podemos definir en la frase: “el fin justifica los medios”.  Los fujimoristas defienden a su líder sobre todas las cosas, si el Poder Judicial lo cuestiona, el problema es el Poder Judicial, si algún periodista lo critica, el problema es el periodista, etc. entonces, es obvio que son caudillistas, adoptar esta manera de ver la política es creer que todos los poderes estaduales están desacreditados, que estos por carecer de autoridad no deben ser respetados y que alguien debe de tomar la batuta ante ese desgobierno, por eso se apoyó a Alberto Fujimori al disolver el Congreso y tomar el control de todos los poderes y hasta de la prensa. Evidentemente, la coyuntura política hizo que esta actitud fuera apoyada por la mayoría de la población, lo sorprendente fue que aun cuando la vida política y económica se estaba estabilizando, la toma del Estado de forma mesiánica seguía teniendo credibilidad.


En otras palabras, el gobierno se encargó de desacreditar a la clase política reiteradamente, creando la pantalla de que se vivía en democracia pero manejando los poderes a gusto suyo. Esa visión del líder todo poderoso que todo lo que sucede es por su voluntad, primó en el pensamiento fujimorista pues ellos no creen en el Estado, menos en los poderes y lo peor de todo es que asumen que los siguientes gobiernos también actúan así, por eso es entendible que un requerimiento del Poder Judicial lo crean como maquinado por el presidente de la República. Tan dañada está su consciencia política que creen que todos los presidentes actúan como actuó Fujimori. Son individuos que políticamente no han sido destetados de su líder y siguen creyendo que la política es algo de una persona, de una sola voluntad, en su imaginario le es imposible creer en los poderes del estado, aún viven en las épocas bíblicas, no entienden que los seres humanos son iguales y que aquél que nos salva de lo que creen es el caos, tiene el cielo ganado y por ende debe ser alabado y no sancionado.  El fujimorismo no es un partido político, es una secta político religiosa, no se puede argumentar con ellos, la sinrazón de sus postulados demuestran que más que política, ellos quieren una religión, una sola verdad; quizás hasta crean que si Fujimori muere en la cárcel, será considerado un mártir, una víctima, un preso político que tiene que cumplir condena por hacer lo que era lo mejor para el país. 

El deporte y la vida política


Lo que me agrada de los deportes es que para ser el mejor tienes que ganarle a los mejores, no hay otra posibilidad, con una victoria pura y clara demuestras que mereces el laurel; a veces la suerte da la mano pero no siempre pues nadie puede mantenerse en lo alto por el azar. Es muy complicado hacer que lo imposible sea posible en el deporte, no hay "interpretaciones auténticas" de las derrotas e inevitablemente me hace pensar en la política peruana donde abundan los que enturbian la pureza de una justa victoria, la mentalidad burocrática de mantenerse en un lugar que no merecen prima y es ajena al espíritu de la meritocracia. Vemos intentos desesperados por quebrar una victoria bien llevada en donde con discursos amañados, cinismo y engaños nos quieren vender vicios por valores. Entonces, he ahí un valor del deporte, sea la disciplina que sea, nos da una lección de que si deseamos vencer tenemos que prepararnos para merecer la victoria; a los políticos les vendría bien hacer deporte o quizás no lo hacen porque saben que no podrán demostrar lo que con astucia y malas artes han conseguido en su vida política.

viernes, 19 de abril de 2013

Un cantante como invitado a la Feria Internacional de Libro de Lima

En esta entrevista a Doris Moromisato, directora cultural de la Cámara Peruana del Libro, organizadora de la Feria Internacional del Libro, explica el porqué nuestras ferias no reciben a escritores de nivel internacional. Nos dice que es porque el Estado no apoya en ningún sentido para organizarlas, cosa que sí ocurre en Chile, Argentina y México. Entonces es comprensible que nuestra feria esté sometida a las leyes del mercado, evidentemente si los fondos que se usan para organizar las ferias salen del sector privado podemos entender mejor el panorama. Aparte de no existir dinero para invitar a J.M.G. Le Clézio o Coetzee y carecer la CPL de peso institucional para que acepten la invitación, se tendrá aún más que invertir en la publicidad para decirle a la gente quiénes son estos escritores; si el presupuesto es apretado es más fácil invitar a un cantante popular donde la publicidad ya está cubierta y por ende, atraer más público. El Estado debe asumir su rol de promotor cultural, el mercado no puede hacerse cargo de esto porque es de interés público. Yo comenzaría con preguntarle a los congresistas y a los ministros si conocen a estos escritores citados anteriormente o si están al tanto de la controversia creada con motivo de la organización de la Feria de Libro de este año.





Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...