lunes, 24 de abril de 2017

Reflexión sobre la ejecución extrajudicial.


Muchos se llenan la boca diciendo: "está bien que hayan matado a los terroristas" y me pregunto: ¿estas personas serían capaces de empuñar un arma y dispararle a otro individuo?; si no es así, ¿de qué estamos hablando? Es sencillo decir que maten a todos pero la cuestión es ¿quién?

Sea quien sea, es asesinato el cometer una ejecución extrajudicial, el sistema lo califica de esa forma y no hay manera de defender eso. Yo estoy en contra de la guerra en sí porque se utiliza la juventud de unos para materializar los odios ajenos. Al final, quien tiene que llevar a la almohada lo hecho (sea en cualquier circunstancia) es aquella persona que jaló el gatillo, un ser arruinado de por vida.

Por más homenajes que les hagas, eso no les quitará el hecho de haber matado a otro ser humano, intentará consolarse con muchas razones, pero si es una persona sensible, en algún momento de su vida ese acto le pasará factura. Las víctimas del terrorismo no sólo están enterradas, también andan caminando con la culpa a cuestas, mientras el resto les da palmadas en el hombro por hacer lo que nadie se atrevió.



                         White Death, francotirador finlandés (dibujo del autor)  :D


martes, 14 de febrero de 2017

Carl Sagan, la Pseudociencia y el Escepticismo



Así se crea en OVNIS uno no puede alejarse del escepticismo. Tantos años de desarrollo científico nos debe de hacer seres humanos que busquen la interpretación de estos hechos de la manera más convincente, no dejando la explicación a otros individuos que quizás sus opiniones linden con la locura. Carl Sagan, el conocido divulgador científico y casi el responsable que medio mundo tenga interés por a ciencia, siempre expresó su preocupación por las personas inteligentes que caen en la pseudociencia, ya que existe mayor información sobre las especulaciones que de la ciencia misma (a pesar de ser más fascinante que la otra), debiéndose a que el "escepticismo no vende". 

Él se refería a lo siguiente:

"La ciencia origina una sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.
En todo el mundo hay personas inteligentes, incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son “analfabetos científicos”. Es exactamente la misma fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se aplican severos castigos a quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo hay cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es extremadamente grave.
(…) Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología…”
                                                                                              (El Mundo y sus Demonios / Carl Sagan)

Esta reflexión fue motivada debido a que un chofer que lo recogía del aeropuerto para ir a una conferencia. Cuando estuvieron en el auto le dijo que si no le molestaría quería hacerle muchas preguntas sobre ciencia. Sagan acepta con gusto pero se sorprende al escuchar su inquietud sobre: “los extraterrestres congelados que languidecen en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de “canalización” (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos… que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín…)” Sagan se decía que se veía obligado a decepcionarlo con cada explicación a sus inquietudes. Veía al señor como una persona leída e informada sobre cada tema. Sin embargo, cada teoría era perfectamente explicable bajo los criterios de Sagan. Al final, el describe la atmósfera de su charla:

“Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida anterior.”


De lo que sí estoy seguro es que aun existen hechos sin explicación y que la ciencia poco puede hacer para darnos un consuelo a estas interrogantes. Aún quedan misterios con los que podemos mantener la esperanza de que nuestra realidad perceptible no lo es todo.

Sobre la Telebasura.


La telebasura es como la comida rápida y las golosinas, es usar y botar, y normalmente se la ve cuando uno no quiere pensar en nada o indignarse gratuitamente. La actualidad de la televisión peruana ofende porque es más libre que los individuos mismos, repite conceptos foráneos de entretenimiento sin entender la idiosincrasia peruana, cucufata y elitista. Es así que el individuo se deleita viendo a escondidas esta televisión pero no lo acepta. Y hay que aceptar que el culpable de que estos programas tenga tanto éxito es que la gente los ve pero no lo dice. En la red todos los critican y se llenan la boca argumentando miles de razones casi fascistoides porque aducen que si a ellos no les gusta, a nadie tampoco les debe de gustar.

Si deseamos vivir en libertad nadie puede decirnos qué nos entretiene y qué no. Diferente es la repercusión de estos programas en la educación de quienes aún no pueden decidir, en aquellas personas que no comprenden eso que se llama libertad y que son los niños. Ante ellos hay una responsabilidad de los padres en proporcionarle lo que es bueno y valioso. No sería responsable de llenarlo de comida basura o dulces porque eso le ocasionaría daños físicos que en algunos casos son irreversibles (se sabe que si un niño tiene una mala dieta, cuando alcance la madurez recrudecerá algún mal adquirido de infante) Igual es con las formas de entretenimiento. Otorgarles saludables maneras de distraerse es responsabilidad de su entorno familiar, facilitándole acceso a la buena música, literatura, arte, a las manifestaciones audiovisuales de calidad. Sólo así el niño optará a criterio propio a no tener interés por programas que recurren al facilismo y la trivialidad.

Apagar el televisor debería ser el motivo de las marchas, a desconectarse por un tiempo de aquella influencia negativa, no hagamos caso de las intenciones elitistas de quienes nos quieren decir cómo entretenernos. Sino nos pareceríamos a esos bomberos de Fahrenheit 451, pero esta vez no entrarían a nuestras casas para quemar los libros sino para arrojar por la ventana nuestros televisores.


lunes, 13 de febrero de 2017

La Revancha (Gog / Giovanni Papini)

Revancha                                                                                                              Nueva York, 27 junio  

He sacrificado una suma inmensa y he disminuido mis rentas fijas en algunos millones, pero una de las fantasías más antiguas de mi juventud se ha convertido en un hecho visible. La ciudad ha sido abofeteada, la Naturaleza ha sido vengada.

He vivido durante muchos años en horribles habitaciones en los barrios más populosos de la ciudad más populosa, polvorienta y rumorosa del mundo. Odiaba las habitaciones, las casas, las calles, la ciudad. Y no tenía más remedio que vivir allí. Y pensaba que, cincuenta o cien años antes, en el lugar de aquellos inmundos callejones, aquellos caserones sucios y apestosos, de aquellos laberintos de asfalto y de barro, había praderas donde las flores se abrían al sol, campos donde los frutos maduraban, los pájaros cantaban, corrían las liebres y el viento pasaba libremente: la tierra franca, saturada de agua, olorosa de hierba, sana, silenciosa, hospitalaria a los vagabundos. Y soñaba que un hombre poderosísimo -rico o dictador-podría divertirse un día en devolver a la Naturaleza un pedazo, al menos, de aquella asquerosa ciudad, derribando las casas, desempedrando las calles y haciendo volver el aire límpido donde había corrupción, los marjales floridos donde corrían las cloacas, el silencio donde había el estruendo, la soledad donde millares de hombres se amontonaban en tumbas de ladrillos superpuestas. 

Este pensamiento me guió, tal vez, sin darme cuenta, cuando compré muchas casas en uno de los barrios populares de Nueva York. En vez de invertir mi dinero aquí y allá en la metrópoli, di orden a mis agentes de comprar únicamente casas en aquel barrio. Con el tiempo lo habría transformado sacando una renta tres veces mayor. Pero cuando me di cuenta de que poseía dos o tres calles, enteras, y, a excepción de algunos trozos aislados, todo el barrio, me asaltó, con extraña fuerza, el recuerdo y también la tentación de aquel sueño.

La fantasía rebasaba todos los cálculos; no pude resistir. Poco a poco conseguí comprar las pocas casas que no eran de mi propiedad y me encontré dueño absoluto de veinte acres de Nueva York, más de ochenta mil metros cuadrados. Fueron necesarios seis meses para hacer salir a todos los habitantes y diez meses para derribar todas las casas. Quedaban entre los escombros algunas vías públicas sobre las cuales no tenía derecho. Fue necesario un año de gestiones e instancias cerca del Municipio y del Estado de Nueva York para que cediesen aquellas calles para mi uso. No habiendo ya habitantes, las calles de acceso a las casas derruidas eran ahora inútiles. Tuve que hacer creer que destinaría a uso público el parque, para hacer desaparecer la última resistencia. Apenas estuvo todo en regla, obré como me pareció para llevar a cabo mis planes. 

Los veinte acres fueron circundados de una alta muralla, sin ventanas, cancelas ni portalones -el ingreso para mí es subterráneo- y un cuartel general de botánicos, de zoólogos y de ingenieros, después de tres años de trabajo, ha realizado el milagro. 

En el lugar del asqueroso barrio habitado por obreros, pequeños empleados, pequeños tenderos, se halla ahora una especie de selva virgen con largos bosques, prados y canales, donde los pájaros cantan, donde los árboles florecen, donde apenas se oye, lejano y confuso, el rumor de la ciudad infernal. Una parte del terreno ha sido convertida en jardín zoológico; leones y panteras rugen allí donde alborotaban los chiquillos y charlaban las comadres. En la parte destinada a bosque he hecho introducir liebres, ardillas y erizos, y nadie tiene derecho a matarlos. Las plantas, traídas aquí ya adultas, y defendidas con los métodos más seguros, están ya vigorosas y se multiplican, hasta el punto de formar umbríos senderos y dédalos pintorescos: la ilusión de estar apartado centenares de millas de la más poblada ciudad de la tierra. 

Aquí no hay casas, a excepción de algunos pabellones escondidos para los jardineros y los guardianes de las fieras. Quien pasa por el exterior no ve nada, no disfruta nada; tal vez, por la noche, en las calles vecinas se oirá el rugido del tigre o el canto del ruiseñor. 

Yo solo disfruto de este pequeño paraíso terrestre reconquistado. No hago entrar a nadie, no invito a nadie. No he gastado una importante parte de mis capitales para ser admirado o para oír cumplidos, sino solamente para contentar a aquel muchacho que llevó, hace ya tantos años, mi mismo nombre y sufrió el fétido amontonamiento y la estrechez de la ciudad, y al fin se ha vengado restituyendo a la luz al menos un trozo de aquellos campos que los hombres habían escondido bajo innobles cubos celulares.

En las calles por donde todos pasaban, no paso más que yo. Donde los automóviles aullaban y apestaban, se pasean los plácidos osos. Donde el prestamista se hallaba apostado en espera de una víctima, el chacal se solaza al sol. 

Me he pagado, en el corazón de una ciudad orgullosa y colosal, el verdadero lujo, el más costoso, del hombre moderno: el aislamiento y el silencio. Los que pasan por el exterior y ven los altos muros desnudos y saben lo que hay dentro, exclaman: « ¡Capricho de un loco! 

Yo, en cambio, tengo la impresión de haberme fabricado, en el recinto de un vasto manicomio, una pequeña pero alegre celda de sabiduría.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Viaje hacia la virtual Ciudad Grifalda Ediciones.


Desde hace un buen tiempo, el mundo ha dejado de ser sólido en tradiciones, costumbres y maneras. Aquello heredado ya no posee las características que por años nos costaba asimilar. Estas tenían lo creído inamovible e inalterable, lo que es capaz de perdurar y estar seguro de que lo que estuvo también estará más allá. Se intentó despojar de estas características a aquellas instituciones forjadas con taras sociales y económicas, generadoras de desigualdades para formar otras que sí poseyeran -con justicia- lo que un nuevo ser humano y sociedad merecían, sin condicionamientos capitalistas y opresores para formar otras instituciones mejores y más pétreas. Pero la historia nos ha brindado otra lección en que al quitarle dicha rigidez, no la ha reemplazado por otra mejor, sino que al arrancarla de raíz, estás se han esparcido por el espacio, las han diluido, pues la liquidez de la modernidad dominada por una economía veloz quita toda permanencia si esta no ayuda a su reproducción. Sin embargo, lo diluido, como diría Zygmunt Bauman, no ha sido reemplazado por instituciones permanentes, sino por una “modernidad fluida” que no da tiempo para seguir sus pautas porque estas ya son confusas y cambiantes. Es así que en un proceso de adaptación del que uno nunca terminará de acostumbrarse, surgen maneras que optan por una alternativa etérea y maleable, aquella que pueda sostenerse en el tiempo aun sabiendo que este quizás pueda desaparecer en una marea de cambios que aún no la vemos venir. Aferrándonos de cualquier boya sin ancla o de algo sólido a sabiendas que este próximamente “se desvanezca en el aire”, parafraseando a un libro de Marshall Berman.
Y es en ese lapso que la virtualidad nos da la ilusión de mantenernos a flote, de considerar las reglas de juego aún permanentes con la esperanza de no salirnos del tobogán que nos arroja raudamente hacia el día siguiente, y exigimos y creamos nuestras propias instituciones, efímeras de intenciones pues la realidad no le puede dar ya más asidero ante una conciencia personal cambiante (víctima de este mundo líquido). Es en esa senda en el que hallamos la razón de la existencia de la editorial virtual que aloja tres de mis libros. La actual modernidad, la que nos hace pensar que lo sólido ocupa espacio y hace crecer la ansiedad por saber qué hacer con lo material cuando deje de ser útil, nos motiva -ya en aparente libertad- el publicar en ese mundo intocable, que no vive este tiempo y sólo está ante nuestros ojos en los espasmos eléctricos de nuestro ordenador. Los poemarios virtuales publicados pretenden estar a tono con esta tendencia, ser una transición personal y no ocupar un espacio físico ni mental, no existir en un mundo sólido y dejarlo tan permanente en una dimensión digital que no interrumpa nuestra vida cambiante e inamovible. Los libros de la imagen no existen en este mundo real, la editorial tampoco, el contenido y lo que representan sí, que van más allá de lo tangible. Lo que ven sus ojos es parte de ese puente que no nos permite divisar lo que hay del otro lado pero invita a cruzarlo porque en esa travesía no hay riesgo alguno. En un formato físico quizás estos poemarios publicados el 2012, pierdan las raíces de su propia existencia, sin embargo, ahora flotan, pero virtualmente son sólidos sobre una marea que nunca los podrá hundir.
Enlaces de dichos poemarios virtuales:
Clase de Anatomía:
El Descenso de la Realidad:







El Mundo Inventado:

https://issuu.com/cverlaine/docs/elmundoinventado3/1


Clase de Anatomía:

https://issuu.com/cverlaine/docs/clase_de_anatom_a/1


El Descenso de la Realidad:

http://issuu.com/cverlaine/docs/el_descenso_de_la_realidad/3?e=0




Regreso a ser semilla


La expresión de la propia idea es comprometerse con uno mismo, depender de los conocimientos adquiridos para crear algo personal y si es posible, original. La universidad, definitivamente, no es un lugar para ello. Sin embargo, dentro de esta existen espacios donde se puede experimentar tales propósitos, y quizás luego de esos intentos se pueda obtener algo digno de ser compartido. Uno de los espacios hallados fue el Taller de Narrativa de la Universidad de Lima, que por ese entonces era una isla creativa emergiendo de un bloque corporativo de cemento, donde uno decía lo que quería y que con algo de suerte podría trasladarlo al papel. Es en ese lugar donde conocí al escritor Cronwell Jara que por ese entonces lo dirigía. Llegar ahí fue un descubrimiento tan grande como la primera feria del libro que visité (y no voy a negar que al entrar me emocioné hasta casi lagrimear), y digo grande porque los pocos años que había dedicado a la lectura hasta ese entonces los había hecho en soledad y en mi ignorancia no sabía la existencia de talleres de ese estilo. En esa primera sesión sólo estuvimos el profesor Cronwell y yo, así que pude hablar largamente lo que durante mucho tiempo pensé de la literatura y que no había dicho a nadie, me escuchó pacientemente y con dedicación me habló sobre autores latinoamericanos que conocía sólo nominalmente producto de una educación elemental paporretera. Así, al final de dicha reunión, me acompañó a fotocopiar unos cuentos que me dio y que serían de necesaria lectura si en algún momento  quería escribir un buen relato (aún conservo esas hojas) También fue en ese taller en el que leí mi primer cuento escrito en mi época escolar y yo, creyendo que existía la posibilidad de mejorarlo, el profesor Cronwell lo sentenció lapidariamente con un: “está bien como ejercicio”. Durante ese periodo de aprendizaje fui un oyente dedicado de aquel taller de narrativa (como en muchos otros luego de este), donde iba a escuchar de autores y libros, y sobre todo, ver cómo era la construcción de nuevas obras que unos compañeros compartían con orgullo y otros con vergüenza y recelo.  Aprendí demasiado en ese taller, comprendí con agrado y alivio que la creación literaria no era sobrehumana y más aún, que no estaba sólo en dicha labor. Y que en ese literario primer paso se marcaba el descomunal viaje hacia el encuentro con uno mismo.


Hacerle llegar mis libros al profesor que me develó con generosidad el espíritu y el organismo de la escritura ha sido una experiencia gratificante.


                                       Carlos Luján Andrade / Cronwell Jara Jiménez

lunes, 15 de agosto de 2016

El Comedio del Breñal de Carlos E. Luján Andrade por Iván Fernández-Dávila

El Comedio del Breñal 
de Carlos E. Luján Andrade



Es cierto
es cierto que este mundo en que nos falta el aire
solo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del diario.
Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el postrer instante santifica la vida.
Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.

Michel Houellebecq


Carlos Luján Andrade propone un libro extraño desde el título —que el narrador se encargará de esclarecer—, fuera de lugar, ajeno a la tendencia actual de la narración autobiográfica y sustraído también a la tendencia anterior; es decir, textos basados en los años del conflicto armado interno, aunque hay unas líneas más o menos veladas que parecen incluirse no sin cierta culpa. Es un libro en el que no sucede prácticamente otra cosa que la reflexión compulsiva del protagonista: Julián Farkas. Ese pensamiento neurótico anegado en su finitud y las vueltas y torceduras del mismo en la búsqueda de sentido a su existencia.

Luján Andrade ha creado un personaje difícil: exmillonario, con formación universitaria, taxista, barbudo, poeta. De soterrado e involuntario humor. A ratos conmovedor en su inocencia y en su angustia existencial. Repulsivo en su arrogancia y ceguera. Exagerado, conservador, atribulado, fascistoide, religioso cercano al fanatismo, perdido en una ciudad que percibe vulgar e injusta. Desearía ser un cruzado, vivir en los días de los grandes relatos, aferrarse a un sentido de existencia más grande que la vida individual, ser un guerrillero, un mártir cristiano devorado por los leones, un fanático en misión suicida, morir por algo. Incapaz de salir de sí, no sabemos si amó o fue amado. Mutismo acerca de cualquier afecto maduro; sí muy breves evocaciones a la infancia, anhelando esa «patria del hombre», así llamada por Rilke.

El monólogo inicial lo pincela resueltamente: un histrión, pero herido. Se acerca al narrador en una sala de espera del seguro social, quien por alguna razón no lo evade o tilda de loco de buenas a primera. Hastiado y vacío, Farkas declara haber regalado casi toda la fortuna que había logrado obtener a temprana edad y sin esfuerzo. La razón la esboza así: despertó enajenado escuchando dentro de sí el debate de cientos de espíritus discutiendo indignados su predilección por lo inservible. Gregorio Samsa esquizofrénico. Cita poemas, va de un lado a otro. Ha encontrado al espectador (el narrador) y realiza su papel esforzadamente antes de entregarle un mamotreto con sus escritos alegando que está perdiendo la memoria; luego, desaparece.

En sus textos, Farkas nos resulta familiar. Es uno de los hombres de nuestro tiempo, ese que se encuentra escindido en la concepción dualista de la existencia; que, siguiendo a Platón, piensa en términos de cuerpo y espíritu en pleno Postmodernismo. Arrojado en un mundo sin Dios, se debate entre aceptar el nihilismo que repudia y que lo tienta y el deseo desesperante por alcanzar una fe que le resulta esquiva. Ni pensar en acomodar la idea de Dios en la vida contemporánea, un Dios más accesible a la cotidianidad, como el propuesto por John Caputo con su «Dios débil». Esto es no divinizar al hombre, si no humanizar a Dios. Para alguien como Farkas es inadmisible. Imposible vivir sin el dogma férreo, sin la fidelidad a la escritura, sin la fantasía de la batalla contra los infieles. Le urge una estructura que justifique sus días y en la cual guarecerse. Necesita un amo, una promesa, un sentido para responder la pregunta existencial.

Como no lo consigue, no soporta ser; de modo que intenta ser otro, prueba nuevas máscaras, ensaya vidas distintas y fracasa irremediablemente. La primera de estas, según lo que se puede desprender de sus escritos, es la del exceso. Fue Blake quien escribió: «El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría». También fue él quien dejó escrito en uno de sus impresionantes grabados: «Busqué el placer y solo encontré un dolor inexpresable». 

Farkas se entrega a experiencias diversas, aparentemente vive un período de «sensation seeker»; como resultado arruina su cuerpo y empieza a pensar en su desaparición, lo que le produce miedo. «El temor a desaparecer (…) me deja en un estado de miedo constante obligándome a replantear cuestiones ideológicas o cotidianas». Es entonces que inicia su reflexión obsesiva a partir del cuerpo, siendo un dualista sin remedio. «En esta condición de “ser en el cuerpo” es que aprendemos más del espíritu».

Farkas proclama la fatuidad e injusticia del mundo del que no puede escapar. Harto de los límites del cuerpo y de la razón, acaricia la posibilidad de la desaparición voluntaria. De la mano de Heidegger y el ser para la muerte, comprende que la vida es un camino hacia la nada. Demuestra otra fisura en su supuesta condición cristiana: no tiene fe en la vida posterior, mucho menos en la resurrección, sabe que le espera el vacío. «Debería existir una filosofía del suicidio, no de la muerte», escribe, desconociendo a Cioran. Olvida también y, sobretodo, El mito de Sísifo de Camus: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio».

Farkas propone ubicarnos en «sensaciones eternas» que podemos encontrar en la literatura, la música, la religión, «para crear la abstracción mental que nos reciba luego de la autoeliminación». Volvemos a Camus: «La belleza, que ayuda a vivir, también ayuda a morir»; sin embargo, hace lo contrario a lo propuesto por el francés y se aferra a la irracionalidad, lo que el autor de La Peste denominó el «suicidio filosófico» —solo de ese suicidio será capaz Farkas—. No alcanza la dicha de Sísifo porque no le es posible aceptar el absurdo y, a pesar de esto, construir una vida con alegría. Por ello, desesperado y culposo, abandona sus reflexiones al respecto y clama: «¡Dios!, ¿quién será el ejecutor? ¿Una ley y un Estado puro tan infalibles como tú? ¿Acaso es imposible? Tortuosa tarea el imponer tu ley en manos del hombre».

Y es que Farkas exige exactamente eso: una ley divina, una teología fuerte. Exige una sociedad comprometida desde un espacio-tiempo sepultado en el relativismo de un mundo salvaje en el que grandes muchedumbres humanas pugnan devorándose entre sí y la única exigencia es sobrevivir un día más. Es evidente que Farkas encontraría justificación existencial en una teocracia pero, por otro lado, no soporta a las personas, es un misántropo y no sabe cómo vivir en comunidad. Se siente abandonado, incomprendido. Piensa en Cristo, se aferra a la idea que tiene de él, la posibilidad de un amor real y grande: «En las palabras de Jesús podemos encontrar algo de verdad: la grandeza que le dio al significado del amor. Su actitud transgredió lo venerado hasta ese entonces en donde la fuerza romana y el fervor imperial validaban las leyes de los dioses». De acuerdo a su estado de ánimo, oscila entre los genocidios del Antiguo Testamento y el poner la otra mejilla del Nuevo Testamento. Vive fuera de sí, en entelequias y solo si el hombre es una abstracción, lo acepta, jamás al individuo, jamás al otro. «Sí, yo amo a la humanidad mas no a los hombres». Y no tiene el menor interés, no sabría cómo, de anular esa distancia. «No deseo comprender a los demás, fatiga al entendimiento, retiene al espíritu en una caja e impone la voluntad ajena en nuestra conciencia. Es preferible caer en la necedad libre, fresca, pura y auténtica a declinar el parecer propio ante argumentos engañosos y potencialmente erróneos». Ególatra, cree poseer la verdad a ultranza y prefiere no arriesgarse a no tenerla, descarta el diálogo y se abraza en soledad. Totalmente aislado de los hombres, mísero y meditabundo, en su profunda desolación delira: «He comprendido el orden del cosmos». Por ello, no sorprende que llegando al final de sus escritos emprenda, sin sustancias externas de por medio, un viaje interior a las profundidades de su cuerpo en el que observa pasajes del universo. Y, otra vez, al igual que no se atreve a ir al límite en sus reflexiones tampoco se deja llevar en sus alucinaciones.

Finalmente, considerando que estos viajes introspectivos lo dejan ad portas de una nueva vida, discurre por el centro de Lima «buscando la necesidad de nutrirse de sueños fértiles» y halla un texto perdido que, para cerrar el juego de espejos y máscaras, apareció en la revista El Círculo de Tiza, que el autor Carlos Luján Andrade dirigió. «Contra los impíos» es un texto vesánico en el que Farkas consigue correspondencia y alivio, allí revive su fantasía de ser un guerrero de Dios, ansioso por derramar la sangre de quienes considera impuros ante lo divino. Bastan unas líneas para observarlo: «¡Ahí vamos infieles, les espera la más sangrienta muerte! Los mensajeros de la razón nos dicen que tienen armaduras de cartón y espadas de papel, nos triplicarán en número, pero el coraje espartano está en la embriaguez del alma. ¡Porque llegaremos, sí, lo juramos ante Dios y ante la razón! ¡Ahora, serán desangrados canallas, para que nuestros sueños fluyan en sus venas!».

Inmediatamente después, asqueado, deambula por las calles de Lima, apretado en una cola del seguro social o reclamando en voz alta que le sirvan un café. Barbudo y dividido, este taxista con estudios superiores, se diluye en un mundo que le es absolutamente ajeno: «Así me alejo, entre la muchedumbre callejera vestida con trajes de lino y cólera».
A pesar de todo, después de leer y pensar en sus escritos, uno se pregunta: ¿no tendrá razón Farkas en su desprecio por el hombre? El problema es que no encuentra contrastes, no ve algo que le haga creer que la vida vale la pena ser vivida. Nada le interesa, nada le atrae. Carece de vívida experiencia humana. Su fe es débil y su religiosidad no le alcanza, porque es además equivocada. Habla de una «cristiana soledad» cuando el cristianismo verdadero implica necesariamente al prójimo, al amor y el perdón. La incapacidad de comunicarse con el resto lo hunde en su egoísmo. No tiene ni siquiera la amistad, mucho menos el amor, que hacen llevadera la existencia. Aspectos en los que podría encontrar momentos de solaz, significado y belleza. Ignora que el sentido que exige a los días no existe y que es justamente en el transcurso del tiempo que uno cree conseguirlo a través de un oficio, de un compromiso, de una vocación. Y por eso no es posible en soledad, sino en la existencia del otro que justifica la nuestra. Su concepción de la mujer, si es que la ve, es la de un entomólogo. No llega a creer en nada ni siquiera en «no creer en nada» y así, al menos, regodearse en su nihilismo. Lo único que tuvo fueron sus libros y como Peter Kien, el protagonista pergeñado por Canetti en Auto de fe, de buena gana se prendería fuego rodeado por estos si no lo frenara el pavor a desaparecer.

Al final, cabe recordar las palabras de Víctor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido: «El hombre se destruye no por sufrir, sino por sufrir sin sentido». Esa es la tragedia de Farkas —y la de casi todo el mundo—: sufre en vano y está a punto de desaparecer.

Farkas, en un acto final antes de perder su memoria y su humanidad del todo, obtiene la posibilidad de una esperanza. La entrega «al otro». Se entrega. ¿Qué somos sino nuestra memoria? En el momento en que deja de autocontemplarse, de desmenuzarse cavilando, vislumbra la posibilidad de ser. No refugiándose en guerreros medievales ni en viajes en astronaves alucinadas hacia el interior de su cuerpo, sino que es un simple paciente esperando en un hospital por ser atendido. Un extraño, un cualquiera. El infierno es el otro solo cuando no hay compasión. No sabemos cuál fue el destino de Julián. Es a través de la figura del narrador y la decisión de este por publicar sus escritos que Farkas consigue el sentido que tanto persiguió. No en uno mismo, sino en los demás. En la solidaridad y en la compasión su tormento encuentra significado.



Descansan bajo la arena de Edward Chauca

La idea de la muerte no está en ella misma. Luego de fallecer, en nosotros no queda más que la nada. Así, todo aquello que reflexionamos o i...